Valparaisiando

Cada vez que el puerto se rehace en una caminata, recompensa con un nuevo hallazgo. Cuando la Avenida Francia deja atrás el plan y se eleva por el borde del cerro, se suceden una biblioteca flotante, una escalera claustrofóbica, una fachada de vejez honesta, una entrada ceremonial y una lúdica bienvenida de cara al sol. Compartimos otra vez Valparaíso para discutir sobre aquella cuestionable belleza que nos hace retornar una y otra vez a sus dominios.
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Porteño que no está

Desconozco mayores antecedentes de la fotografía. Decora una pared de la remozada estación de trenes de Valparaíso. Creo que pertenece a los años 30 por el tipo de automóvil que se divisa detrás de una reja ubicada al fondo. Me quedo con el protagonista de la imagen, aquel de terno oscuro y corbata. Tiene frente a sí al puerto que siempre ofrece algún tipo de espectáculo para los visitantes, desde un nuevo barco, grúas moviendo containers, gentes desplazándose en distintas direcciones, lancheros que ofrecen paseos por la bahía. Sin embargo, pese a verlo sentado en ese espacio, él está en otro lado, absorto física y mentalmente. Lo infiero por su rostro inclinado, hombros hundidos, las manos cruzadas y los pies elevados sobre el piso, como balanceándose. Tiene un aire tristón y algo agobiado, como los narradores de los relatos de Carlos León. Cada vez que lo vuelvo a ver, tiendo a solidarizar con su historia (la que sea), a hacer mío su padecimiento, a buscar la luminosidad en esos oscuros años de un puerto privado, violento, indiferente y frío.
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De piloto y porteño

Abordar la maquina en la garita -una casucha para las necesidades básicas de los pilotos-, guardar el boleto estiradito en el bolsillo del pantalón (para la colección) y asumir que semejante bullicio indicaba el inicio del viaje. Un motor semejando el choque de fierros, marca registrada Pegaso y carrocería Thomas. Sucesión de carrerones por el pasillo para ganar un asiento verdoso, entre la dureza y la esponja, rígido, de respaldo hasta el cuello. Cortes de boletos y monedas chocando dentro de la pecera. Eructos Diesel confundidos con los alegatos del borracho recogido en un paradero en declive y con la tiritona palanca de cambios empujada hacia atrás por un brazo robusto y arremangado, como pidiendo clemencia. Descender calles siempre más angostas, pedazos de plazas sin adoquines, la nariz casi dentro de las casas: perdón a los vecinos por pasar tan cerca del comedor. Recorrer a tranco lento el plan de la ciudad, mirando por ventanas cuadriculadas veredas angostas, oficinistas terneados, locales apretujados, bancos internacionales, casas de cambio, importadoras, comercio, fuentes de soda, callejones, brisa de marisco podrido. Abuelas con pesadas bolsas de malla transportadas unas cuadritas más allá, gratis y por pura piedad. En un nuevo ascenso, las luces de los postes cubriendo las calles de cerros colindantes, anuncio de anochecer y una legislación más salvaje. Volver a subir calles angostas hasta la garita de destino -por lo general, otro cerro de Viña del Mar o Valparaíso- y, tras marcar la tarjeta del reloj, comenzar el recorrido inverso, nunca uno igual a otro, siempre un detalle que extravía la mente en peores vericuetos siderales. Como soñarse piloteando una de estas máquinas. Manosear dinero de la pecera, cortar uno, dos, tres boletos con un puro movimiento de muñeca. Con la otra mano, girar el manubrio (forrado con plástico de colores o con género) para evitar el choque, el atropello o el desbarranco. Empujar hacia adelante la palanca de cambio sobre la cáscara hirviente del motor. Lucirse sentado y movedizo entre calcomanías, banderines, espejos, amuletos y colgantes. Tasar una porteña en segundos, deslizar la uña terrosa por la palma de su mano al entregarle el vuelto y recibir un bofetón de respuesta. Seguir intentando, jamás bajar la guardia, apuntar con el labio dolorido hacia la pecera rebosante de plata producto de tantas vueltas. Invitarla, convencido, a sentarse junto al vidrio del parabrisas –cuando de ofendida no le quedaba nada- y recomendarle afirmarse bien en cada curva con un cariñoso mijita. Ante la amenaza de un choro cualquiera en el camino, nunca arrugar, sino bajar de la máquina de un salto con un fierro empuñado en la mano. Morir asesinado en un turno de madrugada.    

(Imagen tomada del perfil Facebook Yo me subi a las micros Verde Mar en Valparaiso!!)



  
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Svengali

Gema rarísima, de desconcertante belleza. Svengali, película de 1931, dirigida por Archie Mayo y producida por los estudios Warnes Brothers bajo el sistema Vitaphone. Protagonizada por John Barrymore y una adolescente Marian Marsh, está basada en la novela de George du Maurier de nombre Trilby, publicada a fines del siglo XIX a modo de folletín y considerada, una vez convertida en libro, como el primer best sellers de la historia. Sin la resonancia de otros clásicos del cine de la época como Drácula o Frankenstein, la base de la historia es el mito de Pigmalión -señor maduro educa y se enamora de joven sencilla- recreado ahora en clave gótica, con elementos del impresionismo alemán (decorados deformes, luces y sombras generadoras de angustias, ángulos peculiares incitando al abismo), en los días de la bohemia parisiense. Svengali (Barrymore) es un profesor de música excéntrico, desastrado, inestable, manipulador, que se gana la vida haciendo clases, en su mayoría a mujeres solitarias, parloteando un francés con acento germano de toque malévolo. Cuando conoce a una joven de nombre Trilby (Marsh), modelo nudista tan despreciada socialmente como él, utiliza su habilidad para hipnotizarla y así manejarla a su arbitrio. La escena en que Svengali ejerce su poder a distancia sobre su víctima, con sus ojos convertidos en dos bolas luminosas, cruzando ventanas, tejados y calles, es una de las más recordadas del film. Gracias a los poderes mentales de Svengali, Trilby se convierte en una exitosa cantante lírica. Junto con ello, la vida de la muchacha se va ligando a la del músico de una manera indeleble, mientras un pintorcillo insufrible intenta impedirlo. La obra causó (y sigue causando) la molestia del gremio de los psiquiatras por darle a la hipnosis una fama ligada a los chapuceros y a las ferias de diversiones, por sobre la práctica médica dedicada al bienestar mental de los pacientes. Vi esta cinta por primera vez una madrugada de fines de los ochenta, en la señal cultural del canal del estado, tiempos en que uno podía toparse con estos programas en la televisión abierta. Vaya insomnio que me provocara.
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Chillanejo, contundente y de antaño



Los antiguos chillanejos lo conocen con el nombre de Pensión Valdés, pero su nombre oficial ahora se antecede con la palabra Restaurante. No pude corroborarlo, pero imagino que se remonta a los tiempos en que, junto a la comida, también ofrecía alojamiento. Según reza un letrero, su existencia data de mediados de los cincuenta por lo que es parte indeleble de la ciudad. No por nada fue la primera recomendación de la dependiente de un puesto en la misma estación de trenes. A unas cuadras del disgregado Mercado de Chillán -en Maipón esquina Sargento Aldea, número 897-, el lugar es una construcción de esquina, de fachada colorada y techo bajo, arrinconada por el abrazo de un supermercado y los punteos de un quiosco, una tornería y puestos callejeros. Cuenta con una entrada pequeña que conduce a una sala repleta de mesas y sillas hasta bien el fondo. La cocina y el bar en un costado, con fotos de los diferentes platos resaltando con luces desde lo alto, están dispuestos de manera de facilitar el libre tránsito de ágiles y diligentes garzones de camisa blanca y humita. Dada la concurrencia, cerca de la una de la tarde, todo se vuelve insuficiente y los más perseverantes esperan de pie, con ojo carnívoro, la primera mesa liberada, para no correr el riesgo de que sus opciones se encuentren agotadas. Con amplia variedad de comidas criollas, la Pensión Valdés reivindica secretos culinarios de antaño, simples pero contundentes. Esta vez, como acto de justicia, nos detendremos en el mejor plato de tallarines con salsa de tomates de los últimos tiempos. A diferencia de las pastas escuálidas flotando en un líquido insípido, con predilección por las camisas planchadas de oficinistas en horario de colación, el secreto acá se encuentra en una salsa revuelta, fija y cremosa, en abrazo perfecto con estos compadres blandos y delgados que le debemos a Marco Polo. Si le agregamos al plato cierto reposo de horas que linda con lo añejo, tanto mejor. A lo anterior se suma el aporte genuino de la hoja de laurel, que todo lo impregna con su toque familiar, de amigo reconocido, recibido cualquier día de semana, sin necesidad de invitación, entre medio de las labores domésticas. En este caso particular, lo acompañamos de pechuga a la plancha, pero su ductilidad le permite asociarse con el bistec, el huevo frito, la ensalada chilena (tomate y cebolla), aparejado de la marraqueta caliente y miguda (pan), choricillo y, si el estómago acompaña, una porción de papas fritas. Sin duda, un deleite que se renueva en cada enrollada del tenedor y que remonta a los días en que estos tallarines revueltos con salsa eran la alegría de mitad de semana, en cualquier lugar de Chile, cuando madres, tías y abuelas se pasaban buena parte de sus vidas en la cocina recomponiendo el mundo.
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La recién llegada

Perteneció a mi madre. Dada la ausencia de juguetes en su infancia, apenas tuvo su primer sueldo de secretaria, se obsequió a sí misma esta muñequita de belleza morenísima. Data del Valparaíso de mediados de los sesentas, de los productos exclusivos obtenidos en tiendas cercanas al puerto. Menuda como la ven, sobrevivió a cambios, traslados, costureros, cajas, cajones, roperos y bolsas plásticas. Mas no así su ropa original por lo que se le adaptaron tiritas brillantes en el cuello y en la falda que le quedaron a la perfección, como si siempre las hubiese llevado consigo. Mi condición de niño no me permitió conocerla en demasía, siempre me correteaban con palmetazos en las manos si me acercaba más de lo debido a contemplarla. De habérmelo permitido, habría recurrido a un respetuoso trato de género con mis otros juguetes. La presencia de una heroína no habría estado mal, tampoco una novia para soldados, vaqueros y astronautas. Mi hermana logró rescatarla de todo ese trajín y guardarla en su departamento. En el último fin de semana, con ojos de poco convencimiento -y los míos de pescado-, me cedió a la belleza morenísima para que ocupara un espacio en el rincón de la nostalgía. Ahí, conservando su hechura primaria, con terminaciones adelantadas a la época, se luce detrás del cristal como la recién llegada que es. 
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Rastro de demonio


Junto con La Momia, mi favorito. No alcancé a conocerlo campeón, pero mi padre me aseguró que sí lo fue. En una versión perdida de Titanes del Ring de principios de los 70. Aún más, habría derrotado al mismísimo Batman de una de las formas más humillantes inventadas en la lucha libre: el duelo de máscaras. Yo sólo pude verlo convertido en villano en las temporadas 81 y 82. Black Demon aparecía del interior de un pasadizo, con una música tenebrosa de fondo, sin que nadie le cantara canción o himno alguno. Entre columnas de plumavit, levantaba una capa púrpura a modo de un par de alas. Ese gesto bastaba para provocar un pifiadera descomunal desde las graderías de cartón piedra. Y parecía disfrutarlo. Aunque de una forma menos histriónica que La Momia, más bien para sí mismo.

Malla negra, cinturón grueso, guantes y una máscara cerrada. La cámara enfocando un rostro que alternaba la oscuridad con rayos blancos alrededor de la boca, nariz y ojos móviles. Siempre lo ponían enfrente de luchadores "buenos". Triunfadores de Perogrullo, héroes de galucha y, lo que es peor, sin máscara. Siempre, de una u otra forma, lo hacían perder. Nunca supe de dónde sacó esos cuatro o cinco puntos con que figuraba en la tabla de posiciones. Tampoco el origen de esas misteriosas “desapariciones” en algunos capítulos del programa. Echaba de menos sus estragos. Lo sabía capaz de mucho más, pero la popularidad no lo acompañaba.

Hice mías sus batallas. Ágil y acorazado, Black Demon apenas disimulaba la barriga debajo del traje ajustado. Peleaba agazapado y medio encogido. Sus guantes llevaban las letras B y D bordadas en los puños. También su cinturón. Se hacía rebotar en las cuerdas para lanzarse, con impulso, sobre su oponente -parado en el centro del cuadrilátero, despistado- con las piernas como tijera. Recurría al codazo, la patada voladora, las llaves, el ahogo y a decenas de técnicas bajo la manga. Antes que caer derrotado con los tres segundos de la plancha, se daba el lujo de zamarrear de buena forma a su oponente. Rozando el reglamento, al borde de la descalificación, levantaba los brazos declarándose ganador. Sólo yo celebraba. Solía aparecer en peleas de duplas acompañado de su socio Ángel Blanco. Fue uno de los que regresó en la versión remozada y circense de los Titanes 2000. A pesar de la poca seriedad de los productores, continuó dándole dignidad a la villanía. Hoy intento seguirle la pista pero se me vuelve dificultoso. Nunca más lo vi en homenajes y recuentos. Hablan de él con su otra identidad: Gregorio Leopoldo Berríos. Dueño, durante un tiempo, de la marca Black Demon. Experto en artes marciales formado por un misterioso maestro japonés. El último catch. Forjador de nuevas generaciones. Alguien que rescató muchachos de la calle para enseñarles, en su propio gimnasio, los secretos de la lucha libre.

Donde quiera que se encuentre, me inclino ante el demonio negro.

Imagen: https://www.rockandwrestling.com/rwentrevista.php?id=240



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Rescate



Dos pequeñas gemas de un Santiago que nos sobrevive. Una de pasado industrial, de siglo extinto y otra añejando gotitas de agua brotando de una cañería oxidada. Ambas adornando jardineras espontáneas, de estética obsoleta, rural, entrañable, que bordean tantas veredas barriales junto a cactus, madreselvas, rudas, arbustos, maceteros, improvisación y malecitas. El mapa resulta infalible: Teniente Bergmann esquina Radal, comuna de Quinta Normal. 
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Nudo ciego


El centro comercial, refugio masivo de las últimas horas de calor dominguero. Me distraigo con tu llanto mañoso, nada diferente al llanto de los otros pequeñajos paseando junto a sus padres por los pasillos del patio de comida. Ellos -jóvenes, agobiados, ojerosos, distribuyendo sus escasas fuerzas entre tú y tu hermano-, apenas levantan la vista para contemplarte sin decir nada. A lo sumo un gesto de “ya está bueno, Isidora, deja de lloriquear”, acostumbrados como están a que procedas así cuando las cosas no salen como quieres. Mientras tanto, y sin que se percaten, yo sonrío. Por tu inconformidad sin sentido. Por tus protestas recreativas. Por tu chupeteo a la paleta de helado rosado y cremoso, salpicando a padres, hermano, mesa, silla y el infaltable suelo. El contenido de mi propia bandeja -una caja de pollo apanado, aderezos y una Coca-Cola con hielo- me exige estar en armonía con el entorno. Por eso regreso hacia tu mesa en busca de más vida. Pero me encuentro con tu otrora llanto volviéndose leves quejidos que van disminuyendo en intensidad hasta cesar completamente. Tus pupilas en ascenso se pierden en cuestión de segundos en un falso infinito. Ese pequeño gesto de desorientación, que da cuenta de tu ceguera – ¿total?, ¿parcial? lo ignoro -, hace que me nazca, junto al nudo en la garganta, una compasión mayúscula e insoportable. Nacen por ti, por el sufrimiento que acumulas a cuestas, por quienes te acompañan, por la humanidad entera... Detrás de los cristales de mis lentes, sin que nadie se percate, dejó que mis ojos hagan lo que quieran.
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Domingo con d de derrota

Si su espíritu ronda durante la semana, finjo no darme cuenta y la dejo salir por la ventana. Si ando inspirado, la agarro con una mano en el aire, la aplasto contra la pared y la refriego con la palma hasta volverla una mancha negruzca, imborrable. El espejismo ejerce su efecto: me siento un triunfador por esta supuesta fuerza física, sino descomunal, al menos hábil. Por si fuera poco, como por arte de magia, mi cuerpo ya no me resulta un extraño.

Desde las primeras horas del viernes, surge como una amenaza apenas divisable en el horizonte. Es la advertencia de que la libertad ad portas jamás será para siempre. Por fuera, creyéndome un roble pre cordillerano, aparento que el asunto me importa poco y nada. Y hasta me lo creo.

Durante el sábado, la sensación ya se perfila como un malestar efectivo, pero que se puede ignorar con libros de aventura, meditación por correspondencia, juegos fantasiosos, medicina natural -y de la otra-, la mirada de una niña en bicicleta. Pero llegado el domingo, desde las primeras horas, el pecho siente la presión gradual de unas tenazas. Más abajo, las entrañas concentran una fuerza única, avasalladora y pesada. Nada sirve de paliativo. No hay desayuno, ilusión, divertimento, caricias ni miradas que valgan la pena. El día se escurre como agua por el cuello de una botella. Me es inútil tomar la forma de una tapa rosca, tapón o corcho. Mis dimensiones no alcanzan a cubrir ni un cuarto del perímetro del orificio y el chorro me arrastra consigo hasta el fondo del recipiente. Sólo queda agitarme lo menos posible para mantenerme a flote. Hasta que el sueño me venza. Si lo logro, dejaré de atormentarme por otra semana que, sí o sí, llegará con su incertidumbre acostumbrada: clases, campanas, maestros y deberes. Quizá no me salve de morir ahogado.

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