Santa Inés

Y así, sin rumbo fijo, echarse a andar porque sí. Callejones, pasajes, avenidas, maceteros, arbustos salvajes en plan promiscuo con plantas domésticas, suspiros atragantados y, por cierto, miradores espontáneos directos a la bahía. Arquitectura irregular, en un declive reconocido, cada quien con lo suyo, pero sin desencajar demasiado. Habitáculo de antiguos marinos (como mi abuelo) y sus familias, de profesores, empleados públicos, dueños de microbuses y obreros de fábricas de 15 Norte rastrilladas por la modernidad. Fachadas multiformes, antejardines aleatorios y maderas sumamente coloridas. Un brinco para el pastelón salido de su medianía, otro para esquivar el recuerdo del quiltro vigilante de la laguna Sausalito (orgullosa y ondulante, se me figura una señora de todo tiempo pasado fue mejor, que aun mantiene un guardaespaldas ad honorem que le apodan “el cuero”). Un cementerio para mis abuelos y el mausoleo donde el Chicho Allende fuese albergado por la familia Grove, perímetro espiritista, sospechoso de reojo y de cierta subversión debutante, limitada, como mucho, a una velita encendida. Cuadra tras cuadra, se suceden las sedes de clubes deportivos con los que se conforma su propia liga de fútbol local (en su mejor momento, con quince inscritos, y cinco más en lista de espera). Cuadra tras cuadra, sucediéndose el aroma a empanada frita, asado abastero, manzanas confitadas, hornos de panadería, leche caliente con azúcar, brasero a carbón y ramas de eucaliptus. Cuadra tras cuadra, un desgarbado pajarón reconociendo la ropa interior flameando desde un balcón, propiedad de la quinceañera vuelta hoy señora (de todo tiempo pasado fue mejor y guardián ad honorem), sin atreverse a preguntarle por la recepción de cartas y regalos con tanto primo intermediario, coimeado y poco comprometido. 

Por nuestro soberano arbitrio, Santa Inés, el más porteño de los cerros viñamarinos y nada que hacer.
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La vida vuelta trámite

Desconocidos, por entonces, los dos. Divisada subiendo en el paradero 18 y medio -arco metálico oxidado, apenas techado, límite del conjunto de casas malpareadas, sin una banca donde posar el contenido de su bluyín clorado, bañado de polvo en suspensión de la periferia, entre lavado y lavado que se va gastando- con su tarjeta de transporte sin saldo, la luz roja alardeando la infracción, usted clamando un permiso lastimero y el chofer levantando los hombros, más que por amabilidad, por hallarnos en tierra de nadie, donde cada quien se salva como puede. Tampoco tendría un descanso dentro de esta cápsula enlatada, de fuelle, compartimentos, asientos hundidos y elevados -todos con ocupantes-, cristales temblorosos, escotillas clausuradas, así que a seguir sosteniendo entre sus brazos, toda incómoda, a la cría sonrosada, calurosa, de llanto pulmonar, muy irritable. Resignada usted, sí, pero con esperanza y fortalecida, a pesar del sol de pobres en plena cara, sin mediar subsidio, ayuda externa, oxigeno de reserva, rumbo a un trajinar revuelto con trámites y resoplidos (por entonces, visitar a su hermana, se volvía trámite; motivar al marido a que la follase, se volvía trámite; la vida entera se nos volvía trámite, angustiándonos de tanto papel encima del otro, de tanta buena razón encima de la otra, sin dejar nuestro desorden en paz y tal vez por eso, volviéndonos una alianza irreductible) para quedarse detenida en mitad de pasillo, afirmada del (otro) fierro, a medio del metro mío y más lejos de muchos otros, aprovechándose del frenazo y la acelerada, la cría colgando en su regazo, ese domingo pasadas las doce, conmigo ya presente, habiendo abordado en el centro, lejos de casa, tras un trasnoche de vagancia, bar de Matucana, topless de Bandera, fuente de soda de San Antonio, paternidad de soltero desempleado, llanto y ahogo silencioso, mercado persa de Franklin de consuelo, tesoros –falsificados y de los otros- a reducir y hacerme unos pesos.

No inventamos la pólvora por quedarnos con las miradas pegadas a ver cuál de los dos se rendía primero y enfocaba hacia el suelo. O tal vez fue el derecho natural por un poco de celo, motejado por décadas a la inanidad y que decidió poner en práctica en un recorrido de acercamiento al tren metropolitano -según deduje más tarde en medio de gemidos-, algo sobre el derecho a calentarse con un ejemplar de jovenzuelo en declive, tez negra, mofletes aindiados, bañado en sudor, pero de verga lubricada y cumplidora, según lo tasado, méritos sólo de la edad, con el pasillo atetado, apenas un roce, luego otro más atrevido, y un tercero de topetón, dejó que siguiera avanzando siempre un poco más, hasta envalentonarme y bajarme tras usted en la siguiente parada. Seguirla para hablarle de medio lado, a la orilla del camino, con usted nerviosa por los balbuceos del crío -un caballero y la mamá-, hacia la casa de su hermana, vacía en ese momento, cuidándosela usted ante tanta delincuencia, intento de soborno de dulces y dinero para neutralizar al soplón, algo tenía en los bolsillos, espéreme un ratito que tengo que conversar con el tío. Llegada que se deshizo, se congeló, saqueó límites, tibieza. Se desprendió de mi descenso madrugado, neurótico, untado en somnolencia. El reencuentro se volvió mágico por su aviso, cuidado, ni te atrevas. A mi búsqueda del acalorado eróticamente necesario con que alimentaba días, distancias, certezas, valles, resortes y una que otra noche de sofoco. Para que nos fuéramos entendiendo mientras cerrábamos los pulmonesLiberación de un solo instante, multiplicado por rezos, suyos y míosManga de incrédulos encomendados al grito placentero del derrumbe. Puertas cerradas al orgasmo único de dos amorosos habitantes. Perdiéndonos entre cariciadas manos, palmas sin decencia que descienda. Después del permiso, ya puedes, ahora sí, que te siento cerca. Invitación a un menú de mil 500 pesos, incluyendo un vaso de jugo, postre o café, un plato de papas fritas para la tranquilidad del crío, cuenta y propina a bajo precio pensando en el agradecimiento y el ego a nivel de las estrellas, aunque después lo haya negado mirando al cielo, con tal de librarse del cochero de las culpas, de la multa policíaca, de la fuerza del estado, de la copucha subsidiaria que le ralentiza el pensamiento, más que la pasta base, el vaso de combinado, el aliento escabeche del marido creyéndose su dueño, si supiera.
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Carrascal boca abajo (adelanto de la novela de Claudio Rodríguez Morales)



Julio Müller Schmidt
        Aunque a los maquilladores de la funeraria les resultó imposible borrar el último gesto de dolor del periodista, el trabajo de recomposición me pareció bastante correcto. Al contemplar su rostro a través del vidrio del cajón mortuorio, no quedaban rastros de tanto golpe recibido ni del abandono de varias horas en una acequia al norte de Santiago. Sólo unos pocos pudimos acercarnos hasta el ataúd habilitado en el hall del diario La Nación –homenaje póstumo a su condición de ex redactor, editor de provincias y colega caído en servicio- para darle el último adiós al Cíclope y hacer nuestro aporte al jardín de coronas y arreglos florales que cubrían toda la sala.
         Coincidí con Jorge Délano en lo extraño que resultó asociar a la persona de Luis Mesa Bell aquel estilo agresivo, proselitista, parcial y exagerado que lograra imprimirle a Wikén como su director responsable. De principio, pensábamos que de esos dedos largos, prolongaciones de un cuerpo más delgado de lo normal, sólo podían salir poesías amorosas y cuentos con paisajes bucólicos.
Lejos de la imagen de una fina pluma deslizándose suavemente sobre unas cuartillas tan blancas como su rostro, cuando se encontraba frente a su Underwood, el incesante golpeteo de las teclas se asemejaba a una ráfaga de ametralladora que estremecía toda la vieja casona de Amunátegui 85 y las restantes de la cuadra. Leer su trabajo periodístico era como recibir un baño de plomo, sobre todo para quienes no compartíamos su ideología, como ocurría con Délano y conmigo, varias veces sorprendidos por sus disparos.
Sin embargo, este detalle no fue impedimento para que ambos lográramos, curiosamente, el mayor acercamiento que permitía la reservada personalidad del periodista, incluso más que sus supuestos compañeros de causa, quienes no le dieron un recibimiento demasiado cálido a su llegada a Wikén.
Contemplando la obra de los anónimos carniceros, matizada por la luminosidad de los cirios alrededor del ataúd, recordé esa primera aparición de Luis Mesa Bell en la revista. Sus gafas ahumadas le cubrían la mitad de la cara para mantener en reserva su problema ocular, mientras Roque Blaya lo guiaba con una mano sobre la espalda hasta el rincón donde estaban apilados los escritorios. Dado que la casona de Amunátegui se encontraba en permanente reparación, en cualquier momento podía caernos un pedazo de yeso sobre la cabeza, como le había ocurrido a Joaquín Edwards Bello poco tiempo antes, razón para ausentarse de Wikén durante una semana. Para evitar que la ley de la gravedad terminara por arrebatarle al personal de su revista, Roque Blaya nos mandó a refugiarnos en un rincón de la sala de redacción donde estaríamos protegidos del desmoronamiento de tejas y adobe.
Convencí a Jorge Délano de subir al segundo piso de La Nación para tomar un café antes de iniciar el tortuoso peregrinar al cementerio. Allí nos encontramos con varios amigos y colegas que habían tenido la misma idea que nosotros: Jenaro Prieto, Domingo Melfi, Mario Torrealba, Pedro Sienna, Godofredo Christophersen, Renato Ramos, Federico Frederieksen, Bismarck López, Eulalio Serradilla y Pan Van Loc. En cierto momento, me aparté de la conversación y contemplé con asombro desde los ventanales las columnas humanas que se iban sumando al cortejo por las calles de Santiago.
-¡Sorprende! –comentó Délano a mis espaldas-. Parecen hormiguitas.
Había sin duda un toque de sarcasmo en su comentario. Aunque se divisaban personas decentes, predominaban obreros, comunistas, vagabundos y su abultada descendencia. Como ciudadanos amantes del orden, deseábamos que por respeto al difunto se mantuviera la compostura durante la jornada, pese a que en vida el mismo contribuyera al surgimiento de esta violencia política. De las pupilas de los caminantes, brotaba un resplandor de odio que los asemejaba peligrosamente más a lobos hambrientos que a laboriosas hormiguitas.
Abajo, en las escalinatas del edificio, la aglomeración no concedía ni un centímetro para el libre desplazamiento, extendiéndose más allá de la vereda contraria, repletando el frontis de la Casa de Gobierno. Resultaba imposible que el cortejo avanzara por Agustinas, como instruía el volante que un activista pusiera entre mis manos sin que alcanzara a rechazarlo.
Nos abrimos paso con Jorge Délano entre el gentío hasta alcanzar mi automóvil, estacionado a unos metros de La Nación. Quedamos atrapados dentro del vehículo rodeados de brazos, piernas y sombreros anónimos que empujaban la carrocería de un lado a otro, provocándonos la sensación de estar dentro de un bote. Después de media hora, le indiqué a la detective que encendiera el motor, llamándola por error Willy.
-Discúlpeme, ése era el nombre de mi otro muchacho. Fue una mala jugada del inconsciente –dije-. Creo haberle contado su historia. ¿Cómo tengo que llamarla, detective?
-Silvina estará bien, señor Müller.
-Silvita, entonces. No pretendo faltarle al respeto, pero aparte de buenamoza es usted muy joven, hasta podría ser la hija que no tengo.
A ritmo cansino, dejamos atrás el asfalto de Morandé, los jardines de La Moneda y la sombría vereda de Amunátegui donde los restos de Luis Mesa Bell desfilaron por última vez frente a las oficinas que albergaron su fugaz y bullicioso paso por Wikén, acompañado de cientos de pañuelos blancos. De regreso en Agustinas, se sumaron otras columnas humanas provenientes de la Alameda para continuar, luego, la ruta por Ahumada hacia el norte, con dirección al cementerio. La carroza -tirada por un corcel negro con una gota blanca sobre la nariz y conducida por un cochero con sombrero de copa, frac y levita- transportaba, además del ataúd, a la madre y hermanos menores del difunto. Me sentí parte de un ciempiés gigantesco que extendía sus extremidades por las cuadras de la ciudad y cuya cabeza visible correspondía a la carroza de los Mesa Bell.
Durante la víspera, no había necesitado insistirle demasiado a Jorge Délano en lo conveniente de resguardarnos de los probables desbordes que causaría esa muchedumbre, la misma que desde hacía unos años venía poniendo en jaque a las fuerzas del orden. Todo indicaba que dentro del cementerio la ayuda de Silvita resultaría fundamental.
Al pasar el cortejo frente a la carpa de un circo en el barrio Mapocho, nos detuvimos unos minutos para que su bandita ejecutara, vestida con traje de gala, la marcha fúnebre. Fue un homenaje sobrio y de buen gusto que en nada alteró el ánimo colectivo. La columna se engrosó aún más al recorrer la calle Puente, la avenida La Paz y rodear la plaza del Cementerio General, ahora con floristas y cirqueros sumados a hombres de overall, sus mujeres y sus hijos creciendo como callampas desde varias cuadras al sur.
Nunca sospeché un destino como éste para aquel muchacho tímido y silencioso al que las circunstancias obligaron a convertirse en una nueva víctima de las incómodas bromas de Pedro Sienna. En un primer momento, Sienna se mostró demasiado preocupado por su próximo artículo como para distraerse con “un muchachito que parecía volarse con el viento”. Ni siquiera detuvo el golpeteo de su máquina de escribir -un canto de ángeles si se le compara con el estilo del futuro director de la revista- cuando Roque Blaya batió sus palmas como si fuese a anunciar un espectáculo artístico.
-Señores, les presento a Luis Mesa Bell –dijo ceremonioso-. Desde ahora, será nuestro colaborador número uno. Así como ven a este pibe, tiene calle, dedos rápidos y una consciencia insobornable y revolucionaria, justamente lo que necesitamos para los tiempos que se avecinan.
El dueño de Wikén había hecho suya aquella manera de expresarse después de su adhesión a la causa del aviador Marmaduke Grove, desterrado temporalmente en Isla de Pascua al abortarse la revolución socialista que pretendía llevar adelante desde La Moneda junto a sus secuaces Eugenio Matte, Arturo Puga, Wilfredo Ruiz Tagle y Carlos Dávila. En todo caso, el destierro no aseguraba que sus locuras estuviesen bajo control, menos aún si eran azuzadas por publicaciones como Wikén. En semejante clima de belicosidad, yo tenía la certeza de que la amenaza roja brotaría de cualquier lado, más aún en un entierro tan concurrido como el que participaba en esos instantes y que me trajo a la memoria las primeras palabras que le dirigí a Luis Mesa Bell a su llegada a la casona de Amunátegui:
-Bienvenido, estimado amigo.
Mi intención era romper el silencio que ya se estaba volviendo demasiado incómodo para los presentes, salvo para Pedro Sienna que seguía trabajando en su escrito como si nada pasara.
-Como verá, las comodidades no son muchas –agregué-, pero en entusiasmo no nos quedamos.
Con la mano extendida, me limité a mostrar los escritorios apilados en un rincón y distanciados a sólo milímetros unos de otros, con las máquinas de escribir y las hojas desparramadas por diferentes lados, incluidas las sillas, lo que daba una panorámica de la forma de trabajo de la revista Wikén.
-Vos te habrás dado cuenta, Luchito, de lo buenazos que son estos chicos para quejarse –dijo Blaya sin abandonar el semblante de anfitrión-. Pero no te preocupés, que son rebuena gente. Ocupá el escritorio de Edwards que pasa vacío o el que esté disponible. Mirá, acá las cosas funcionan por orden de llegada. Los primeros siempre tendrán una underguó con tinta nuevita, cuartillas blancas y el sueldito al día.
-Perdón, mi estimado Roque –objetó Jorge Délano desde su atril-, pero eso que dices sólo es una verdad a medias. Acuérdate que Topaze ha sido un verdadero salvavidas para varios números de tu revistita. En la imprenta aceptaron trabajar con Wikén porque les dijimos que era un subproducto de nuestra empresa. ¿Se te olvida el espaldarazo que debimos darle? Convéncete de una vez que el socialismo no es tan rentable como pensabas.
-¿Qué decís, che? –intervino sorprendido Blaya.
-Nuestro amigo periodista debe saber en qué lugar se está metiendo –contestó Délano.
Ninguno en la sala de redacción imaginó que este altercado era el comienzo del distanciamiento sin retorno entre los dos empresarios periodísticos, unidos hacía sólo unos meses por una sincera amistad. En aquel momento, Délano se encontraba confeccionando sus últimas caricaturas para nosotros antes de consagrarse a tiempo completo a Topaze, su propia revista satírica, la misma que sirviera de aval a Wikén para aparecer en los kioscos durante los tiempos difíciles. La línea editorial adoptada por Roque Blaya en los últimos números acabó por alejar definitivamente al dibujante de nuestro equipo.
En lo personal, después de la elección de 1920, me había resignado a esperar la recuperación de la democracia por parte de los hombres racionales para alejarla de caudillos demagogos, como el Lobo del Puerto, que tanta popularidad habían adquirido entre el vulgo en los últimos años. Pese a que la convulsión social se extendía por el territorio, mi rol en la revista sólo se alteró parcialmente a medida que Roque Blaya fue dejando en mis manos aquello que al ideario socialista le tenía sin cuidado, como la página literaria, los espectáculos y, una vez emigrado Délano, el cine. Esta modesta colaboración periodística me permitía desahogar mi espíritu de escritor y recibir, además, una pequeña paga por ella, aunque se tratara de algo más bien simbólico, ya que mis ingresos siempre dependieron de los casos que atendía en mi bufete relacionados con la especulación bursátil. Por eso, a pesar del fanatismo ideológico de Roque Blaya, continúo sintiéndome en deuda con él por haberme dejado hacer mis locuras sobre una cuartilla en blanco y una “underguó” de cinta desteñida.
A medida que avanzaba el coche detrás de la carroza, fui constatando con la vista y el olfato la contundente digestión del caballo de la funeraria, detalle del que no alcanzaba a percatarse Jorge Délano. La maraña de pelos en que se habían convertido sus cejas daba cuenta de su intento por buscarle algún sentido a tanta tragedia acumulada en el último tiempo. Para mí la explicación estaba en el cambio en la línea editorial de Wikén, donde los artículos de variedades escritos por Jorge Sanhueza, Carlos Cariola o por su servidor fueron reemplazados por los panfletos políticos de Luis Mesa Bell y de Renato Ramos. A partir de entonces, la revista comenzó a lanzar ataques de artillería pesada a quienes intentaran frenar la materialización del anhelo socialista y a recibir, a modo de respuesta, una avalancha de querellas en los Tribunales de Justicia.    
Pero no todos los afectados por los dardos de la revista reaccionaron de una manera tan civilizada. Luis Mesa Bell, maquillado, rígido y movilizándose en posición horizontal unos pocos metros más adelante, estaba allí para recordárnoslo en cada momento. Ni siquiera el delirante Roque Blaya se lo imaginó en estas condiciones al dar por concluidas las presentaciones de rigor ese nublado día de julio o agosto.
-Bueno, basta de palabras que tenemos mucho qué hacer. Para qué decir el señor Sienna que está más inspirado que nunca. Luchito, –dirigiéndose a Mesa Bell-: ponéte cómodo que estás en tu casa. No tengo para qué recordar el laburo, si vos lo sabés mejor que nadie.
Roque Blaya dio media vuelta y se dirigió a su oficina, tiempo aprovechado por Luis Mesa Bell para obedecer a sus instrucciones en forma diligente. Las tablas del piso crujieron más de lo acostumbrado con las suelas de sus alargados zapatos. Se desprendió de la chaqueta y del sombrero y los ubicó en la parte más alta del colgador, la única que se encontraba desocupada de nuestras respectivas prendas de vestir. Regresó hacia los escritorios y se detuvo junto a Pedro Sienna, sin que éste le hiciera caso alguno, persistiendo en escribir su artículo. Cuando Luis Mesa Bell intentó decirle algo, su voz se perdió por completo detrás del sonido metálico de la Underwood. Tras unos minutos de buscar inútilmente algún contacto verbal, se atrevió a tocar la manga de la camisa del escribiente quien, junto con detener su tecleo, dio un brinco de su silla y cayó con los pies abiertos en actitud de sorpresa.
-¿Quién osa interrumpir al creador más importante de esta revista? -preguntó Sienna con los ojos desorbitados-. ¿Acaso has sido tú, Coke, ilustrador de la miseria humana? ¿O tú, Julito, escritorcillo regalón de las señoritas casaderas? –agregó con sus ojos clavados en mí-. ¿O algún otro reporterillo de esta gaceta que sobrevive a duras penas?
-Disculpe, fui yo –dijo Mesa Bell con angustia-. Sólo le quería pedir permiso para sentarme en el escritorio del fondo.
-¿Pero quién me está hablando que no veo a nadie? –dijo Sienna con los ojos desorbitados-. ¿A quién asociar semejante voz de ultratumba? ¿Acaso será un ánima que se escapó del cementerio y que de pura despistada nos anda penando a estas horas de la mañana?
La mayoría de los presentes festejó la última bufonada de quien era más reconocido por su papel protagónico en la película “El Húsar de la Muerte” que por sus dotes de cronista. Sólo Jorge Délano y yo nos abstuvimos de sumarnos al jolgorio. Lo único que parecía divertir a mi amigo dibujante eran las bromas publicadas en Topaze, sus experimentos cinematográficos, sus sesiones de hipnosis o las visitas a la casa de Marina Villarroel o María Elisa. Yo, por mi parte, sentí lástima del joven colaborador de gafas ahumadas a quien comparé con una avecilla recién salida del cascarón, imagen distante del periodista experimentado que era en realidad, al atribuir las palabras de presentación de Roque Blaya sólo a un cumplido.
-No se preocupe, mi amigo –dijo Délano a Mesa Bell-. A falta de público, le ha dado a nuestro Húsar por hacernos estas representaciones para que nosotros le ayudemos con lo que sea nuestra voluntad.
El dibujante salió de su atril y se acercó a Pedro Sienna que permanecía en actitud expectante, sin imaginar lo que su colega tramaba dentro de su cerebro. Délano introdujo su mano al bolsillo del pantalón y extrajo unas monedas que ofreció al actor y cronista.
-Tome, buen hombre, aquí tiene unos centavos –dijo-. Más de eso no puedo darle. Ahora quítese del paso del amigo periodista. A fin de cuentas, él no está obligado a prestarle atención a sus delirios de grandeza.
Con los ojos hirviendo de rabia, Sienna le arrebató las monedas y las arrojó lo más lejos que pudo, sin percatarse que uno de los ventanales de la casona se encontraba en el curso de su trayectoria. La fuerza del proyectil trizó el cristal y lo transformó en una enorme tela de araña que nos dejó boquiabiertos. Poco a poco, los pedacitos comenzaron a desplomarse en el piso de la oficina y otros descendieron hacia la calle. Con el estruendo, hasta Roque Blaya salió de su oficina alarmado.
-¿Pero qué pasó acá, chicos? –preguntó.
No era necesario indagar en detalles. El daño resaltaba evidente ante nuestros ojos. Mientras Délano y Sienna continuaban frente a frente en la mitad del pasillo, como en una suerte de duelo, Mesa Bell intentaba apoyarse en la pared sumido en el desconcierto.
-Es el costo de una representación de nuestra estrella –dijo Délano conteniendo la risa-. Su arte nos hará, de ahora en adelante, morirnos de frío.
La personalidad de Blaya no era capaz de exigir a él o los responsables el pago de un vidrio nuevo ni de descontar de los sueldos el costo de la reposición. Por eso recurrió a un trozo de polietileno y de tela adhesiva para cubrir el marco en espera de una solución “mágica”. Nada de eso cambiaría después del crimen: en una suerte de homenaje póstumo, la dueña de la propiedad le exigiría al argentino no reponer el cristal como condición para continuar arrendándole la casa, compromiso fácil de respetar por la costumbre nuestra de llamar tradición al simple deterioro.
Confirmé lo relatado en voz de la propia viuda Von Diermissen luego de verla materializarse -espléndida como siempre y de luto riguroso- por uno de los costados del mausoleo de la familia Díaz Mesa. Con un clavel rojo apretado en su mano enguantada, se detuvo a mi lado para confesarme su anhelo post mortem:
-Quiero que las cosas sigan igual que cuando él estaba con nosotros.
Sin mirar a nadie, pero con decenas de ojos puestos sobre ella, lanzó el clavel dentro del orificio de la sepultura con una mano apoyada en el pecho. Decidí invocar lo que quedaba de nuestro nexo de antaño –quizá un poco deteriorado pero aún existente-, a ver si me ayudaba a descifrar este trágico enigma.
-¿Puedo decirte algo? –dije-. ¿Sabías que andan diciendo que tú y Luis tuvieron….? -como siempre ocurre, mi capacidad de decisión se fue atenuando a medida que hablaba.
-No me digas –me interrumpió-. Apuesto a que dicen que fuimos amantes ¿Eso dicen, no es cierto?
-Sí –contesté-. Al menos se desprende de…
-¿Y tú qué crees?
Antes que yo esbozara una respuesta, zanjó el destino de la conversación:
-Quédate tranquilo. A pesar de que soy una loca, con mi marido sólo nos separó la política, nada más.  

Carrascal boca abajo / Claudio Rodríguez Morales
Das Kapital ®, julio de 2016

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Padrinote

Lo reencontré en un par de fotografías antiguas. De distintas épocas. En todas mantiene su esencia triple PPP: porteño, pillo y portuario. Además, wanderino. Lo recuerdo preguntándome “¿cómo están las rucias?” y yo contestándole con una sonrisa avergonzada, con infantil sonrojo y balbuceos “ahueonaos”. “¡Puta, ahijao, que la caga!”, exclamaba siempre, simulando contrariedad y dándome, luego, un beso y abrazo de oso. La excesiva caballerosidad y los modales de señorito valían menos que una chaucha en su caserón de tres pisos del cerro Los Placeres. Tardé lo justo y necesario en comprenderlo. Para todos los efectos, era mi padrino. Si no, con gusto le habría llamado abuelo. Aunque en cierta forma, también lo fue. Acogió a un huérfano desconocido, pobretón y más encima viñamarino para que pudiera terminar sus estudios. Le dio techo y abrigo. Y una familia porteña, afectuosa y bullanguera. Hoy, una mata gigante de tíos y primos que diseminan el apellido Arancibia desde Valparaíso al resto del mundo. Salud por todos ellos.

Él avivó como nadie el espíritu de desbande. La chacota y la celebración. Una suerte de mareo gustoso como los goles caturros que alcanzamos a gritar en el estadio Playa Ancha (en realidad fue sólo uno, del argentino Juan Andrés Sarulyte, de rebote, jugando como el ajo, en contra del eterno verdugo Audax Italiano y que yo multiplico, como una forma de traer de regreso su sombra rechonchita) o los vítores por el triunfo de su caballo favorito en el Sporting Club. De buena gana me habría invitado un vasito de vino con duraznos, apenas se me asomara el bigote de pelusilla adolescente. También a escuchar el taconeo de las “rucias” por callejones porteños. O a recibir el amanecer en caminata de machotes o sorbiendo un caldo enjundioso en pleno barrio chino. Si hubiese sabido que en sus fiestas de año nuevo, cuando nadie me veía, me comía los restos de fruta que quedaban en los vasos, habría soltado una carcajada sin aire, gozosa y de ojos cerrados. Eran horas de algarabía permanente, de generosidad sin medida. Apenas oía el timbre de campanilla, corría lleno de agilidad hacia la puerta para tirar de un cordelito adherido a la pared. Había un par de requisito previos para el ingreso: dejar el fruncimiento afuera, subir una empinada escalera, saludar con un abrazo palmoteado y sentirse lo más cómodo que hay. Durante esas horas, como una suerte de decreto imaginario, reinaba la amnistía general. Mis padres, sumergidos en el sopor, ponían la disciplina en remojo. Ya aclararíamos las cosas en Santiago, habrán pensado. El mundo, de momento, disponible para hacer lo que se viniera en ganas. Vagar por el monolito de Diego Portales. Recorrer piezas vacías del caserón, cruzarse con gatos remolones y encontrar viejas revistas picantes. Comer canapés de unas bandejas infinitas. Gritar piropos y groserías desde un segundo piso hacia la avenida San Luis. Tragarse la pasta de dientes del baño. Recoger colillas de cigarros aplastadas en el lavamanos. Recibir el año nuevo arriba del techo mirando las explosiones coloridas de la bahía, con decenas de tíos, amigos y niños compartiendo toda clase de deseos. Que Pinochet estirara la pata. Que llegaran de verdad las “rucias” por las que él me preguntaba. Que nos mudásemos a Valparaíso mañana mismo. Que se terminara el colegio para siempre. Que la celebración no tuviese fin. Tampoco el bailoteo, el guitarreo subversivo, las vecinas en minifalda, el abrazo del oso... “Puta, ahijao, no me quiere recibir ni un plato de comida”, reclamó la última vez que lo vi, en una visita relámpago, en un paso casual por el puerto. A los pocos meses se fue. Dicen que de pura pena y soledad. Yo creo que todos, hasta los alegrones como él, tienen que despedirse y apagar alguna vez la luz.
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Fatal persiste

Fatal, sí. Fatalista y fatalísima, también. Renovada, ni qué decir. En Tecnicolor, por lo bajo. Ya no requiere arma, puñal, vaso decorado con rouge y uña esmaltada dispuesta al arañazo (¿real o figurado? dependerá de la escena en cuestión). Tampoco vestido ceñido, hombros desnudos, lunar huérfano, taco alto, maquillaje de nena de callejón. Menos el mundo en perspectiva, en blanco y negro. Ni luz, sombras y matices. Adiós al detective privado, al caza recompensa, al policía corrupto, al ladrón piadoso, al dato escondido, al cigarro a mitad de su muerte, al café tibio y al testigo despistado. Se viene el turno de un escritorcillo sorprendido con la cuartilla sin terminar, en ejercicio de su medianía, de su filosofía de retrete, de talento cercenado, de miedo a sucumbir en la nada. También de aquello que carga consigo, aun sin saberlo, más allá del teclado, las ideas, la hoja arrugada, la frustración y el bolígrafo. Tal vez se trate de mi propia incoherencia, estupidez y bestialidad, propiedades que, de vez en cuando, me lanza a la cara (pantalla) despreciativa, soberbia, iracunda, frustrada, jamás resignada. No recurre a ningún aspavientos en su actuar, aunque en momentos puede desatar marejadas, tormentas solares, diluvios ruidosos y decenas de mutilados a orilla del camino. Suman y siguen los cargos que tiene en mi contra: palmoteo infantil entre pares, sobreproducción de semen, promesas incumplidas, vida regalada -sin merecerla o mereciéndola menos que ella-, códigos de gorila, sensibilidad cero.

Pervive, sí, contenida dentro de un envase pequeño. Más bien el justo, preciso. Hueso, fibras, nervio, saliva, piel cobriza, afiebrada, brillosa, motivante. Unas pupilas cegatonas, pestañosas, a veces ennegrecidas, casi siempre cerradas, le advierten, a pesar de este detalle, la marcha de eventuales presas que arrinconar. Femenina a su modo, la gula pantagruélica no le va. Más bien prefiere picotear, mordisquear y ronronear. Tomar una copa, besarla apenas y salir al mundo, nalguitas moldeadas, lo preciso para mantener vigente su mito. Regresa sobre sus pasos, sonriendo leve, para ocuparse de ella y de lo que considera más que suficiente en medio de lo vacuo. La voluptuosidad de su especie no deja de remecerla. Se ríe, estimula y colecciona. La cuida más que este mástil dolorosamente erguido, en soledad, que me provoca insomnio. 

El azar me llevó a su corcoveo. Cierto quejido remolón, a nuestra coincidencia.  Desde entonces, la alimento con letra y carne, cada vez que puedo. Así, ya llevamos sus años. Ella descorre la ventana. Pide trato especial. Quiere delirar con sus inclinaciones, importándole poco y nada que se postergue mi llegada de macho sementero. Hablándole claro, prometo saciarla. Sabrá que una vez hirviente, será ella misma quien vuelva a su condición natural. Clamará por más y por fortuna contaré con mi propia alacena. Mantequilla espesa, rancia y pegote acumulándose por dentro. Me acometeré y dispararé feliz, una y otra vez, gracias a su bailoteo. Fatal, sí, por sobrellevar la ruina del que agoniza. Fatal, sí, contemplando la mueca idiota en mis labios. Fatal sí, en medio de pliegues de sábanas arrugadas por mi puño. Fatal, sí, en la más absoluta pequeñez, los dos. 
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Chorrillaneadas


Sabemos de Vicente. Se ha movido con maestría en el arte de conjugar parrilla, carbón, carne, aire libre. Sin que le tiemble la mano, ha tomado decisiones precisas que hicieron historia. Una tabla de madera, a modo de bandeja, con trocitos a degustar o una colección de anticuchos al gusto de los amigotes, corroboran mis dichos. Hoy, nuevamente, se pondrá a prueba su talento en materia de cortes, sazón, pinchazo, cocimiento y dorado. El tiempo es reducido, pero el apetito de los comensales se mantiene intacto. Durante el desayuno, con la indiferencia propia de saberse la figura del equipo, Vicente enumeró los ingredientes requeridos por su recetario. Vacuno de buen corte, longaniza, pickle, huevo, queso, aliño, cebolla y papas fritas (sin descartar sus variantes de palta, aceitunas, tomate, de acuerdo a la creatividad de cada rincón del país). Mario, anfitrión por excelencia, toma nota mental de todo lo dicho con una ceja apuntando hacia lo alto, mientras Juan Pablo tamborilea sobre la mesa, previo a su grito de guerra: “¡Cachimbaaaaaa!”.

No intentaremos descubrir la pólvora, sino concretar un festín rápido pero satisfactorio. Tras una mañana lenta y la correspondiente compra en el supermercado, somos recibidos en el ya legendario departamento de Mario. Durante la preparación del almuerzo, como suele ocurrir con frecuencia, divago sin un rumbo fijo. Me veo en una pareja de universitarios porteños de hace unos años, con un apetito inversamente proporcional a su dinero. Piden a la dueña de un local algo contundente, pero barato para almorzar. No podía tratarse del tradicional bistec a lo pobre (carne al sartén, cebolla, papas y huevo fritos), pues aunque se recurriese a un trozo de asiento picana, se encarecería demasiado el precio para la poca capacidad de nuestros bolsillos. Sin embargo, manteniendo las tres cuartas partes de la receta, la carne molida surgió como una excelente solución, más aún tratándose de la económica y nerviuda posta paleta. Un poco de queso derretido no le vino mal a semejante menjunje endemoniado. Tampoco el refuerzo de una marraqueta (pan batido en la jerga del puerto de Valparaíso), ojalá tibiecita y crujiente, para destinarla al placentero sopeo del caldo carnívoro fluyendo por la circularidad del plato. La pareja de universitarios pobretones se dio por satisfecha. Desde entonces, decenas de chorrillanas han pasado por nosotros. De todo tipo. Contundentes o escuetas. Hirvientes o tibionas. Del momento o añejitas. Dedicadas o a la rápida. Ninguna, sí, semejante a lo que promete la criatura que Vicente extrae, siendo las 14.30 horas, de las profundidades del horno de la cocina de Mario. Procede casi en cámara lenta, como si se tratase del responsable de un parto (aunque en rigor lo era: comida nueva, vida nueva). Cuál padres primerizos, coreamos salud alzando nuestros vasos de micheladas picantonas, con el apetito en alza. Necesitamos inmortalizar semejante montaña -colorida y chirriante- coqueteando ahora descarada frente a nuestros ojos. Procede la sesión fotográfica antes de engullir -sentados a la mesa, con fruición, tenedor en mano- infinidad de trocitos de colores, de corte milimétrico. La acidez del pickle le aporta novedad y frescura a los manjares ya reconocidos por cualquier chatarrero de excelencia. Entre mascada, trago, sorbo y conversada, la chorrillana decrece, se derrumba, se dispersa, se va en retirada. Vicente, con los ojos cerrados y brazos cruzados, cual laureado competidor olímpico, se sabe triunfador de la jornada. Paladar ni estómago mienten. La sobremesa se alarga. Anécdotas de los tiempos mozos de Juan Pablo se suceden. Al igual que las risotadas. También la melancolía de zurcir alguna parte rota del corazón que nos pone guardia abajo. De improviso, antes de la sesión de puñaladas, el reloj de Mario indica que el deber nos llama. Si no es por éste, el síndrome de la siesta habría hecho efecto en nosotros. Los ronquidos, oyéndose varias cuadras a la redonda, habrían encendido las alarmas, delatándonos. ¡Qué barbaridad! Impresentable para mitad de semana, se le habría escapado a alguna colega. Pero no, señores, aquí estamos de regreso, de cuerpo presente. Abochornados, pero de cuerpo presente.
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Cebicheadas

Te escriben y reescriben tal como suenas, a la libre, con relajo. Cebiche, ceviche, sebiche, seviche. Reviso recetas, divagaciones de entendidos y descubro carta blanca idiomática. Varias veces he oído como te desprecian llamándote “pescado crudo”. Déjalos. Profanos inexpertos, qué van a saber de la injusticia de sus dichos. Si por mi fuera, te preparo arriba de una barcaza, en un algún punto del Pacífico inexplorado, a puro machetazo y tragos de pisco para capear el frío de altamar. Ya te habíamos degustado a la chilena: reineta, salmón, corvina, cebolla, limón, ajo, comino, pimentón de colores y cilantro. Rodajas de pan tostado con mantequilla derretida convertido en tu campo de aterrizaje, sin espacio libre para desvíos o distracciones, sino para tu puro ascenso hacia nuestro paladar. Pero tu condición de obra maestra llegó con el toque peruano y no hubo nacionalismo que se interpusiera en este logro. Se hace necesaria una visita a la Vega Central o a los locales de Tirso de Molina (pleno barrio Mapocho, herencia de La Chimba) para aprovisionarse de lo necesario. Mantenemos la pimienta, agregamos el lenguado (cada vez más difícil de conseguir y de solventar) o la merluza. Optamos, ahora, por la cebolla morada, el limón de pica, el ají amarillo, choclo peruano, rocoto, camote blando y dulzón, más yuca dorada en aceite en su punto (el jugo del propio pescado generan otro manjar acidito, la leche de tigre, tan ardiente como las pintitas de ají que el comensal detectará, sin tiempo de arrepentirse, entre sorbo y sorbo). Si nos ponemos más exquisitos te agregamos carne de jaiba, pulpo (bien apaleado para perder “chiclosidad” y ganar en blandura), camarones, calamares, ostiones o lo que quieran ponerte encima, tesorazo de las profundidades. Una vez listo, con tanta variedad de colores, podrás tirar pinta y lucirte como limeña del barrio Miraflores con faldita nueva. Probarte hará el milagro de la frescura en el paladar, el cosquilleo en las mejillas, la felicidad de la pancita en las horas venideras. Una cerveza Cusqueña de témpano o un vino blanco suavezón te irán extendiendo, volviéndote un apretón de manos gigante con los hermanos del norte, atenuando cualquier ardor que tienda a correr por suyas. ¡Qué diantres!
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¿Sería usted tan amable de ayudarme a buscar la utilidad de este pedazo de vida gastado?

Quisiera que esta erección provocada, sana, natural, de los bosques, que me llena de orgullo y esperanza, se vuelva aventura máxima y liberadora para el prójimo, si me permite usar este concepto de intelectual ingenuo, revolucionario y despechado (digamos, años sesentas)… ¡Qué prójimo! De todo un pueblo… ¡Qué pueblo! De la humanidad entera. Y desde ahí, para no quedarse en la pura empezada, saltar al resto del universo. Cómo evitar el carteleo, si se trata de una combustión armada entre nosotros, cuando nadie nos aguaita (es aquí donde lamento la pobreza del lenguaje y me digo, qué más podemos esperar de una creación humana). Cabecita azabache, terca y lisa, que quisiera acurrucar hacia dentro de mi regazo, entienda que todos los actos en que me veo arrastrado por esta vida gastada, me quedan demasiado estrechos, se agotan al instante, son meros remedos de algo mucho más grande, que intuyo, por momentos, que huelo, pesquiso, divago, creo y descreo, pero sólo para renovar un ciclo que nunca acaba, forzado por la gravedad, salvo que, de una buena vez, acceda a darle un poco de alivio con su meneo inquieto (que promete, desconoce, vuelve a prometer sumiéndome en la absoluta desesperación). Quisiera pedirle, muy correctamente, que se decida, de una vez, a dejarse afiebrar con la punta de mis dedos –papilas gustativas, vellos cosquillosos y demases- que la harán gemir, quejarse, gritar, lamentarse, decir mi nombre -o de quien esté ocupando el protagonismo de su fantasía-, garantizándole que será, al mismo tiempo, el descubrimiento de una nueva era para la humanidad, ruptura de valores, renovación de la corteza terrestre, liberación de energías benévolas, fundición de un placer nacido egoísta y vuelto altruismo a raudales. Sabiendo, sí, que de no sobarnos, la humanidad entera caerá en la desesperanza. ¿Se da cuenta? ¡Qué desesperanza! En el más absoluto final, en el caos más elocuente, en la antropofagia y la desmesura, como si fuésemos dos montañas cuyos rodados chocan, dos placas continentales que resbalan de improviso y de madrugada, dos piedras durísimas que se frotan y del destello, arden y dan vida. Ándele, hágame caso, por favor, no pierda la oportunidad de salvar a esta especie a la que su padre y su madre contribuyeron, como gesto único de amors el uno hacia el otro, fundido en su personita, en quien más, a usted le estoy hablando y que tiene que nos estén oyendo, si no nos ubican ni en pelea de perros.    
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Puente Alto revisitado

De principio, te detesté como hábitat, puebla de las arañas. Aventuras frustradas, aire enrarecido, nudo en la garganta. Promesas dudosas, claustro familiarmente impuesto, educación obligatoria. Cordón montañoso sustituyendo el amado paisaje marino. Lo justo para una mínima civilidad. Plaza de armas, municipio, tiendas comerciales de árabes. Zapatero, sastre, modista y afilador de cuchillos. Tres panaderías y dos amasanderías. Supermercado único y apretujado (aceite comestible por litros, en tambores y recipientes). Carnicerías, rotiserías, botillerías y verdulerías familiares. Bares y cantinas para arrieros y gauchos en cada cuadra. Salitas de cines –Plaza, Nacional y Palermo- para estrenos desfasados en el tiempo. Bosta de caballo de victorias aplastada por peatones y arrastrada por vehículos hacia las viñas de Pirque. Grasa de pollo rostizado a la redonda. Radio de amplitud modulada (Cordillera) y semanario de noticias feudales (Puente Alto al Día). Durante los veranos, piscina para los socios. Si no, a conformarse con arroyos detrás de las zarzamoras o el propio río. Fábricas de humareda y celulosa dando empleo a jefes de familia. Tierras fértiles de los alrededores, de único dueño, caballo, chupalla y escopeta. Estación abandonada en el centro cívico que, alguna vez, su vía férrea te sacó del aislamiento. Más allá, otra estación operada por militares internando un buscarril en las montañas del Cajón del Maipo.

Según le entendí a mis padres, dentro de ti debía vivir. Lo hice a mi pinta. Coleccioné juegos, edifiqué fantasías, doblé enseñanzas, almacené olores, disgregué colores, regué de pipí malezas, malcrié hermanitas, pastoreé amigos, cultive temores, soñé princesas y contemplé, a la distancia, la mujer del prójimo. Pensamiento, única arma útil después de tanto barrio, transpiración, costras y cicatrices. Mientras tanto, mi madre y decenas de señoras despejaban con la escoba las hojas secas de la entrada para el libre tránsito de Pedro, Juan y Diego.

Con los años de ausencia, en cada regreso, me descubro la respiración entrecortada. Es la emoción de irte coleccionando, cual antigüedad desvalorada, a precio de ganga. Campanadas de Las Mercedes y su jardín generoso y enrejado. Tiras espantamoscas de la carnicería de José Luis Coo. Recitales de imitadores de Led Zeppelin, competencias de boxeo amateur y Básquetbol Dimayor con Vibram en el Gimnasio Municipal. Iberia, Luis Matte Larraín, Juventudes Puente Alto en los estadios Municipal, "La Bombonera" y el Papelero. Rumor infantil tras el muro de adobe de un colegio en Clavero. Tortillas de rescoldo coreadas con poncho y chupalla por Santa Elena. Pescado ahumando venteado con hojas de diario en cualquier vereda. Intercambio de revista en un rinconcito de la feria libre. La Campana y La Yunta con tinto bigoteao. El Rancho Chileno con chicha dulce y espesa. La Tercera con parrilladas de chunchul, prietas y ubre. Savoy con arrollado picante ofertado en la vitrina junto a ramas de perejil. El Sauce con bailoteo hasta el toque de queda. La Chilenita con aroma a pan y dulces horneados difuminándose por Balmaceda. Churros rellenos y papa fritas callejeros. Casonas de amigos de entrada pequeña, patio grande, galerías y barrabasadas de Tocornal Grez y Santa Josefina. Pavimento saltarín de Eyzaguirre hacia Bajos de Mena, La Pintana y San Bernardo. Cordillera omnipresente y espolvoreada -o seca, según el año. Pequeño mirador de las aguas chocolateadas del canal San Carlos (hoy clausurado pero aún notorio). Puente colonial y bodegas de la viña El Castellón. Todo lo que te vaya quedando de entonces, Puente Alto -popular, estigmatizado, peligroso, cuma, antiquísimo, arañado, entumido o caluroso, lodoso o seco, comunacho o fascistón, precordillerano, enclaustrado, venido a menos, vital-, será para mí ganancia pura. Nadie te arrebatará. 

Imagen: http://elmostrador2015.mzzo.com/media/2014/04/Llano-del-Maipo.jpg

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Cine Plaza


De la mano de mi padre, bien peinado, dos bolitas bajo el pantalón corto, disfrutando Rocky Tres, El Zorro de Alain Delon, El Maestro Borrachón, El Supersónico, Bambi, Superman Uno, Cupido Motorizado, Hulk con Lou Ferrigno, La Guerra de las Galaxias, El Pájaro Azúl, Galáctica Astronave de Combate, Fire Fox, El Chanfle, King Kong de Jessica Lange, El Hombre Araña ataca de nuevo, Flash Gordon, ET El Extraterrestre. Joyas del Séptimo Arte, telefilm y estrenos de hace más de diez año metidos dentro de una coctelera.

Sin permiso, oculto entre piernas adultas, fisgoneando a La profesora de francés, Dieciséis años, Heavy Metal Universo en Fantasía, Mad Max, Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo (del gordo Porcel), Julio Comienza en Julio (sin entenderla) Manos de terciopelo de Adriano Celentano, La canción es la misma de Led Zeppelin. 

Cine Plaza de Puente Alto. Inmutable, eterno, pueblerinamente cosmopolita. Confitería del costado con guaguitas, sustancias, kojak y tiras de lolys. Idéntica señora vendiendo golosinas, rellenando el tablero de la boletería, cortando boletos e iluminando el interior. Fragancia de cuero de las butacas, bronce desteñido de seudo pilares romanos, colillas quemadas en la alfombra, sudor y lujuria de decenas de rotativos. Cuando Puente Alto abría los ojos a la emoción ajena, tal vez lo siga haciendo de otro modo.
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