Rastro de demonio


Junto con La Momia, mi favorito. No alcancé a conocerlo campeón, pero mi padre me aseguró que sí lo fue. En una versión perdida de Titanes del Ring de principios de los 70. Aún más, habría derrotado al mismísimo Batman de una de las formas más humillantes inventadas en la lucha libre: el duelo de máscaras. Yo sólo pude verlo convertido en villano en las temporadas 81 y 82. Black Demon aparecía del interior de un pasadizo, con una música tenebrosa de fondo, sin que nadie le cantara canción o himno algunos. Entre columnas de plumavit, levantaba una capa púrpura a modo de un par de alas. Ese gesto bastaba para provocar un pifiadera descomunal desde las graderías de cartón piedra. Y parecía disfrutarlo. Aunque de una forma menos histriónica que La Momia, más bien para sí mismo.

Malla negra, cinturón grueso, guantes y una máscara cerrada. La cámara enfocando un rostro que alternaba la oscuridad con rayos blancos alrededor de la boca, nariz y ojos móviles. Siempre lo ponían enfrente de luchadores "buenos". Triunfadores de Perogrullo, héroes de galucha y, lo que es peor, sin máscara. Siempre, de una u otra forma, lo hacían perder. Nunca supe de dónde sacó esos cuatro o cinco puntos con que figuraba en la tabla de posiciones. Tampoco el origen de esas misteriosas “desapariciones” en algunos capítulos del programa. Echaba de menos sus estragos. Lo sabía capaz de mucho más, pero la popularidad no lo acompañaba.

Hice mías sus batallas. Ágil y acorazado, Black Demon apenas disimulaba la barriga debajo del traje ajustado, el cinturón y las rodillas. Peleaba agazapado, con guantes con las letras B y D bordadas en los puños. Se hacía rebotar en las cuerdas para lanzarse, con impulso, sobre su oponente -parado en el centro del cuadrilátero, despistado- con las piernas como tijera. Recurría al codazo, la patada voladora, las llaves, el ahogo y a decenas de técnicas bajo la manga. Antes que caer derrotado con los tres segundos de la plancha, se daba el lujo de zamarrear de buena forma a su oponente. Rozando el reglamento, al borde de la descalificación, levantaba los brazos declarándose ganador. Sólo yo celebraba. Solía aparecer en peleas de duplas acompañado de su socio Ángel Blanco. Fue uno de los que regresó en la versión remozada y circense de los Titanes 2000. A pesar de la poca seriedad de los productores, continuó dándole dignidad a la villanía. Hoy intento seguirle la pista pero se me vuelve dificultoso. Nunca más lo vi en homenajes y recuentos. Hablan de él con su otra identidad: Gregorio Leopoldo Berríos. Dueño de la marca Black Demon. Un forjador de nuevas generaciones de luchadores. Alguien que rescató muchachos de la calle para enseñarles, en su propio gimnasio, los secretos de la lucha libre.

Donde quiera que se encuentre, me inclino ante el demonio negro.

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Malestar

Pasan los días y el rumor quejoso se vuelve más evidente. A luz de lo comentado con mis pares, podría definirlo como una neuralgia compartida. Ocurre en cualquier lugar donde uno esté y es posible oírlo desde las más insólitas ubicaciones. Desde la mañana hasta el anochecer, siempre reencarnado, multiplicado, renovado, ubicuo. Ahora se muestra como una voz insolente e invasiva, nacida en el fondo del pasillo del microbús. Son cerca de las siete de la mañana y casi nadie va despierto del todo. Pero la letanía, los celulares y los apretones volverán a cada uno de los pasajeros seres vivaces a la fuerza. Una especie de tapón humano en mitad de la carrocería impide avanzar demasiado, mas no hacer oídos sordos. Diviso a dos tipos sentados delante de la puerta trasera quienes, por sus vestimentas y pertenencias, parecen dedicarse al rubro de la construcción. Uno habla sin detenerse; el otro escucha y asiente con fervor. A pesar de toda la saliva gastada, el mensaje es único y acorde con los tiempos. Los políticos solo velan por ellos mismos, sus parientes y amigos. Para peor sus delitos siempre quedan impunes, recalca. En cambio, ay del pobre que se le ocurra robar alguna cosa, por chica que sea, son años de cárcel, se queja. Una señora, que refregó su trasero en mi bolso, hizo esfuerzos evidentes, un tanto obscenos, por avanzar más al fondo del microbús. A punta de empujones, pellizcos, cabezazos, lo logra. Se detiene frente al par de hombres apoltronados en la carrocería. Hace evidente su cansancio con el rostro y el cuerpo. Los tipos siguen en lo suyo. El monologante reclama que cuando estaba bien económicamente, todos sus amigos lo rodeaban –como la señora, cada vez más encima de él-, pero ahora que está mal, nadie lo ayuda. Que tiene un hijo que quiere estudiar en la universidad, pero es un flojo rematado que no levanta ni un plato de la mesa. Como él su trasero, pienso. La señora flexiona sus rodillas, se carga hacia un lado y luego al otro, hasta que logra pasar a llevar al parlanchín de la orilla, justo en el momento en que sentencia que la juventud va por mal camino. Se interrumpe, mira de arriba hacia abajo a la señora, se muerde el labio y se cruza de brazos. Le pregunta a su compañero en qué estaban y se larga de nuevo al parloteo. Yo me bajo más cansado que cuando subí.    
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Laguna


A mitad del predio donde termina la población, el exceso de lluvias formó una espontánea laguna que se desplegó hasta los bordes de ambos lados de la cuenca. Junto a nosotros quedaron los sembrados de hortalizas, parras, senderos y árboles. Al frente, la base de los cerros que separan la ciudad del interior. Al medio del agua, una isla muy pareja que semejaba el lomo de un perro sumergido. No tardé en darle un sentido de pertenencia a este regalo inesperado e invernal. Por las tardes, después del trabajo, adopté el hábito de sentarme sobre una piedra para degustar una cena improvisada, unas copitas de vino blanco, restos de tabaco y algún libro ligero, mientras el pequeño oleaje se deshacía a centímetros de mis zapatones. Con el paso de los días, se sumaron unos niños que, al principio, sólo miraban con curiosidad y después bromeaban lanzando mi sombrero hacia la corriente, pero desviándolo hacia unas ramas. Recuerdo a las tres dueñas de casa que cambiaron los tragamonedas por el desafío de quién hacía rebotar más veces una piedra sobre el agua. Más tarde, un padre de familia endeudado que le sentaba bien el aire puro. Varios ancianos dados de baja por los suyos, buscando compañía sin importarles el frío y la garúa. Vecinos de otras cuadras incrédulos de esta nueva “obra” que no necesitó gestión alguna del alcalde en ejercicio. El grupo lo cerraban tres perros y una pareja de gatos moviéndose a sus anchas por los arbustos intentando darle caza a las ranas y conejos. Pasadas las horas, veíamos en conjunto descender al sol por el borde del cerro hasta desaparecer completamente. En la penumbra, alguien comentaba que, en otros tiempos, cuando el río era navegable, el agua seguía mucho más allá de donde estábamos ubicados nosotros. La laguna - complementaba otro- no correspondía a un fenómeno sobrenatural, sino sólo a la recuperación del curso de las aguas. Yo recordé como en mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias flanqueadas por muros de manzanilla, sin ninguna cerca, alambrada o sequía que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa. Cuando me cuezo vivo por el centro de la ciudad, evoco con nostalgia ese tiempo. Si no fuera por los testigos, creería que todo fue inventado por la soledad.
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Rescate



Dos pequeñas gemas de un Santiago que nos sobrevive. Una de pasado industrial, de siglo extinto y otra añejando gotitas de agua brotando de una cañería oxidada. Ambas adornando jardineras espontáneas, de estética obsoleta, rural, entrañable, que bordean tantas veredas barriales junto a cactus, madreselvas, rudas, arbustos, maceteros, improvisación y malecitas. El mapa resulta infalible: Teniente Bergmann esquina Radal, comuna de Quinta Normal. 
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Nudo ciego


El centro comercial, refugio masivo de las últimas horas de calor dominguero. Me distraigo con tu llanto mañoso, nada diferente al llanto de los otros pequeñajos paseando junto a sus padres por los pasillos del patio de comida. Ellos -jóvenes, agobiados, ojerosos, distribuyendo sus escasas fuerzas entre tú y tu hermano-, apenas levantan la vista para contemplarte sin decir nada. A lo sumo un gesto de “ya está bueno, Isidora, deja de lloriquear”, acostumbrados como están a que procedas así cuando las cosas no salen como quieres. Mientras tanto, y sin que se percaten, yo sonrío. Por tu inconformidad sin sentido. Por tus protestas recreativas. Por tu chupeteo a la paleta de helado rosado y cremoso, salpicando a padres, hermano, mesa, silla y el infaltable suelo. El contenido de mi propia bandeja -una caja de pollo apanado, aderezos y una Coca-Cola con hielo- me exige estar en armonía con el entorno. Por eso regreso hacia tu mesa en busca de más vida. Pero me encuentro con tu otrora llanto volviéndose leves quejidos que van disminuyendo en intensidad hasta cesar completamente. Tus pupilas en ascenso se pierden en cuestión de segundos en un falso infinito. Ese pequeño gesto de desorientación, que da cuenta de tu ceguera – ¿total?, ¿parcial? lo ignoro -, hace que me nazca, junto al nudo en la garganta, una compasión mayúscula e insoportable. Nacen por ti, por el sufrimiento que acumulas a cuestas, por quienes te acompañan, por la humanidad entera... Detrás de los cristales de mis lentes, sin que nadie se percate, dejó que mis ojos hagan lo que quieran.
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Berrinche a la Romualdo

Romualdo era histérico, extrovertido, gritón y movedizo. No le prestaba atención a las situaciones más de cinco segundos, a menos que fuesen algo que él considerara relevante. Al confundir mi angustia con seriedad, decidió apodarme "profesor". De vez en cuando, nuestros turnos coincidían en algún reporteo por Talca. 

A diferencia del resto de sus colegas, Romualdo sabía separar la amistad del trabajo y siempre se comportaba de manera profesional: llegaba a la hora convenida, inmortalizaba con precisión la noticia con el lente de su cámara y después revisaba con ojo crítico los negativos en el cuarto oscuro. Cuando la tecnología llegó al diario, este proceso lo hacía frente a la pantalla del computador, alternando el teclado y el mouse con su bandeja de colación. Su permanente neurosis volvía sus movimientos tensos, rígidos y robóticos. “Tranquilo, profesor, tranquilo”, repetía para darse confianza mientras la cámara, los rollos, el chip o los discos compactos temblaban en sus manos, pero sin que se le resbalasen al suelo.

Recuerdo cuando un editor joven, estrella y explotador nos envió a última hora a cubrir una noticia sobre la contaminación provocada por una empresa en las afueras de Talca. Llegamos alrededor de las cuatro de la tarde y fuimos obligados a detenernos frente a un oscuro portón de hierro. El chofer del móvil, al percatarse que estaba a cinco minutos de su hora de salida y que la espera se dilataría más de ese tiempo, nos conminó a bajar del vehículo. Movió el embrague, el cambio y el volante, dio media vuelta y aceleró de regreso a la ciudad, dejándonos de recuerdo una gran nube de humo y polvo que no tardó en envolvernos. Romualdo reaccionó dando brincos de mono amaestrado intentando alzarse por sobre la nube y así gritarle maldiciones al chofer del móvil que se perdía en la distancia. Testigos de este berrinche fueron el sol, los cerros, la vegetación silvestre, los insectos, las aves, uno que otro zorro o puma vigilando desde lo alto y las aguas del río coloreadas de verde por los residuos. Mientras tanto, yo usaba mi libreta de apuntes para lanzarme un poco de aire esperando que el gerente de marketing se diera la molestia de recibirnos.
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Domingo con d de derrota

Si su espíritu ronda durante la semana, finjo no darme cuenta y la dejo salir por la ventana. Si ando inspirado, la agarro con una mano en el aire, la aplasto contra la pared y la refriego con la palma hasta volverla una mancha negruzca, imborrable. El espejismo ejerce su efecto: me siento un triunfador por esta supuesta fuerza física, sino descomunal, al menos hábil. Por si fuera poco, como por arte de magia, mi cuerpo ya no me resulta un extraño.

Desde las primeras horas del viernes, surge como una amenaza apenas divisable en el horizonte. Es la advertencia de que la libertad ad portas jamás será para siempre. Por fuera, creyéndome un roble pre cordillerano, aparento que el asunto me importa poco y nada. Y hasta me lo creo.

Durante el sábado, la sensación ya se perfila como un malestar efectivo, pero que se puede ignorar con libros de aventura, meditación por correspondencia, juegos fantasiosos, medicina natural -y de la otra-, la mirada de una niña en bicicleta. Pero llegado el domingo, desde las primeras horas, el pecho siente la presión gradual de unas tenazas. Más abajo, las entrañas concentran una fuerza única, avasalladora y pesada. Nada sirve de paliativo. No hay desayuno, ilusión, divertimento, caricias ni miradas que valgan la pena. El día se escurre como agua por el cuello de una botella. Me es inútil tomar la forma de una tapa rosca, tapón o corcho. Mis dimensiones no alcanzan a cubrir ni un cuarto del perímetro del orificio y el chorro me arrastra consigo hasta el fondo del recipiente. Sólo queda agitarme lo menos posible para mantenerme a flote. Hasta que el sueño me venza. Si lo logro, dejaré de atormentarme por otra semana que, sí o sí, llegará con su incertidumbre acostumbrada: clases, campanas, maestros y deberes. Quizá no me salve de morir ahogado.

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Santa Inés

Y así, sin rumbo fijo, echarse a andar. Callejones, pasajes, avenidas, maceteros, arbustos salvajes en plan promiscuo con plantas domésticas, suspiros atragantados y, por cierto, miradores espontáneos directos a la bahía. Arquitectura irregular, en un declive reconocido, cada quien con lo suyo, pero sin desencajar demasiado. Habitáculo de antiguos marinos (como mi abuelo) y sus familias, de profesores, empleados públicos, dueños de microbuses y obreros de fábricas de 15 Norte rastrilladas por la modernidad. Fachadas multiformes, antejardines aleatorios y maderas sumamente coloridas. Un brinco para el pastelón salido de su medianía, otro para esquivar el recuerdo del quiltro vigilante de la laguna Sausalito (orgullosa y ondulante, se me figura una señora de todo tiempo pasado fue mejor, que aun mantiene un guardaespaldas ad honorem que le apodan “el cuero”). Un cementerio para mis abuelos y el mausoleo donde el Chicho Allende fuese albergado por la familia Grove, perímetro espiritista, sospechoso de reojo y de cierta subversión debutante, limitada, como mucho, a una velita encendida. Cuadra tras cuadra, se suceden las sedes de clubes deportivos con los que se conforma su propia liga de fútbol local (en su mejor momento, con quince inscritos, y cinco más en lista de espera). Cuadra tras cuadra, sucediéndose el aroma a empanada frita, asado abastero, manzanas confitadas, hornos de panadería, leche caliente con azúcar, brasero a carbón y ramas de eucaliptus. Cuadra tras cuadra, un desgarbado pajarón reconociendo la ropa interior flameando desde un balcón, propiedad de la quinceañera vuelta hoy señora (de todo tiempo pasado fue mejor y guardián ad honorem), sin atreverse a preguntarle por la recepción de cartas y regalos con tanto primo intermediario, coimeado y poco comprometido. 

Por nuestro soberano arbitrio, Santa Inés, el más porteño de los cerros viñamarinos y nada que hacer.
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La vida vuelta trámite

Desconocidos, por entonces, los dos. Divisada subiendo en el paradero 18 y medio -arco metálico oxidado, apenas techado, límite del conjunto de casas malpareadas, sin una banca donde posar el contenido de su bluyín clorado, bañado de polvo en suspensión de la periferia, entre lavado y lavado que se va gastando- con su tarjeta de transporte sin saldo, la luz roja alardeando la infracción, usted clamando un permiso lastimero y el chofer levantando los hombros, más que por amabilidad, por hallarnos en tierra de nadie, donde cada quien se salva como puede. Tampoco tendría un descanso dentro de esta cápsula enlatada, de fuelle, compartimentos, asientos hundidos y elevados -todos con ocupantes-, cristales temblorosos, escotillas clausuradas, así que a seguir sosteniendo entre sus brazos, toda incómoda, a la cría sonrosada, calurosa, de llanto pulmonar, muy irritable. Resignada usted, sí, pero con esperanza y fortalecida, a pesar del sol de pobres en plena cara, sin mediar subsidio, ayuda externa, oxigeno de reserva, rumbo a un trajinar revuelto con trámites y resoplidos (por entonces, visitar a su hermana, se volvía trámite; motivar al marido a que la follase, se volvía trámite; la vida entera se nos volvía trámite, angustiándonos de tanto papel encima del otro, de tanta buena razón encima de la otra, sin dejar nuestro desorden en paz y tal vez por eso, volviéndonos una alianza irreductible) para quedarse detenida en mitad de pasillo, afirmada del (otro) fierro, a medio del metro mío y más lejos de muchos otros, aprovechándose del frenazo y la acelerada, la cría colgando en su regazo, ese domingo pasadas las doce, conmigo ya presente, habiendo abordado en el centro, lejos de casa, tras un trasnoche de vagancia, bar de Matucana, topless de Bandera, fuente de soda de San Antonio, paternidad de soltero desempleado, llanto y ahogo silencioso, mercado persa de Franklin de consuelo, tesoros –falsificados y de los otros- a reducir y hacerme unos pesos.

No inventamos la pólvora por quedarnos con las miradas pegadas a ver cuál de los dos se rendía primero y enfocaba hacia el suelo. O tal vez fue el derecho natural por un poco de celo, motejado por décadas a la inanidad y que decidió poner en práctica en un recorrido de acercamiento al tren metropolitano -según deduje más tarde en medio de gemidos-, algo sobre el derecho a calentarse con un ejemplar de jovenzuelo en declive, tez negra, mofletes aindiados, bañado en sudor, pero de verga lubricada y cumplidora, según lo tasado, méritos sólo de la edad, con el pasillo atestado, apenas un roce, luego otro más atrevido, y un tercero de topetón, dejó que siguiera avanzando siempre un poco más, hasta envalentonarme y bajarme tras usted en la siguiente parada. Seguirla para hablarle de medio lado, a la orilla del camino, con usted nerviosa por los balbuceos del crío -un caballero y la mamá-, hacia la casa de su hermana, vacía en ese momento, cuidándosela usted ante tanta delincuencia, intento de soborno de dulces y dinero para neutralizar al soplón, algo tenía en los bolsillos, espéreme un ratito que tengo que conversar con el tío. Llegada que se deshizo, se congeló, saqueó límites, tibieza. Se desprendió de mi descenso madrugado, neurótico, untado en somnolencia. El reencuentro se volvió mágico por su aviso, cuidado, ni te atrevas. A mi búsqueda del acalorado eróticamente necesario con que alimentaba días, distancias, certezas, valles, resortes y una que otra noche de sofoco. Para que nos fuéramos entendiendo mientras cerrábamos los pulmonesLiberación de un solo instante, multiplicado por rezos, suyos y míosManga de incrédulos encomendados al grito placentero del derrumbe. Puertas cerradas al orgasmo único de dos amorosos habitantes. Perdiéndonos entre cariciadas manos, palmas sin decencia que descienda. Después del permiso, ya puedes, ahora sí, que te siento cerca. Invitación a un menú de mil 500 pesos, incluyendo un vaso de jugo, postre o café, un plato de papas fritas para la tranquilidad del crío, cuenta y propina a bajo precio pensando en el agradecimiento y el ego a nivel de las estrellas, aunque después lo haya negado mirando al cielo, con tal de librarse del cochero de las culpas, de la multa policíaca, de la fuerza del estado, de la copucha subsidiaria que le ralentiza el pensamiento, más que la pasta base, el vaso de combinado, el aliento escabeche del marido creyéndose su dueño, si supiera.
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Carrascal boca abajo (adelanto de la novela de Claudio Rodríguez Morales)



Julio Müller Schmidt
        Aunque a los maquilladores de la funeraria les resultó imposible borrar el último gesto de dolor del periodista, el trabajo de recomposición me pareció bastante correcto. Al contemplar su rostro a través del vidrio del cajón mortuorio, no quedaban rastros de tanto golpe recibido ni del abandono de varias horas en una acequia al norte de Santiago. Sólo unos pocos pudimos acercarnos hasta el ataúd habilitado en el hall del diario La Nación –homenaje póstumo a su condición de ex redactor, editor de provincias y colega caído en servicio- para darle el último adiós al Cíclope y hacer nuestro aporte al jardín de coronas y arreglos florales que cubrían toda la sala.
         Coincidí con Jorge Délano en lo extraño que resultó asociar a la persona de Luis Mesa Bell aquel estilo agresivo, proselitista, parcial y exagerado que lograra imprimirle a Wikén como su director responsable. De principio, pensábamos que de esos dedos largos, prolongaciones de un cuerpo más delgado de lo normal, sólo podían salir poesías amorosas y cuentos con paisajes bucólicos.
Lejos de la imagen de una fina pluma deslizándose suavemente sobre unas cuartillas tan blancas como su rostro, cuando se encontraba frente a su Underwood, el incesante golpeteo de las teclas se asemejaba a una ráfaga de ametralladora que estremecía toda la vieja casona de Amunátegui 85 y las restantes de la cuadra. Leer su trabajo periodístico era como recibir un baño de plomo, sobre todo para quienes no compartíamos su ideología, como ocurría con Délano y conmigo, varias veces sorprendidos por sus disparos.
Sin embargo, este detalle no fue impedimento para que ambos lográramos, curiosamente, el mayor acercamiento que permitía la reservada personalidad del periodista, incluso más que sus supuestos compañeros de causa, quienes no le dieron un recibimiento demasiado cálido a su llegada a Wikén.
Contemplando la obra de los anónimos carniceros, matizada por la luminosidad de los cirios alrededor del ataúd, recordé esa primera aparición de Luis Mesa Bell en la revista. Sus gafas ahumadas le cubrían la mitad de la cara para mantener en reserva su problema ocular, mientras Roque Blaya lo guiaba con una mano sobre la espalda hasta el rincón donde estaban apilados los escritorios. Dado que la casona de Amunátegui se encontraba en permanente reparación, en cualquier momento podía caernos un pedazo de yeso sobre la cabeza, como le había ocurrido a Joaquín Edwards Bello poco tiempo antes, razón para ausentarse de Wikén durante una semana. Para evitar que la ley de la gravedad terminara por arrebatarle al personal de su revista, Roque Blaya nos mandó a refugiarnos en un rincón de la sala de redacción donde estaríamos protegidos del desmoronamiento de tejas y adobe.
Convencí a Jorge Délano de subir al segundo piso de La Nación para tomar un café antes de iniciar el tortuoso peregrinar al cementerio. Allí nos encontramos con varios amigos y colegas que habían tenido la misma idea que nosotros: Jenaro Prieto, Domingo Melfi, Mario Torrealba, Pedro Sienna, Godofredo Christophersen, Renato Ramos, Federico Frederieksen, Bismarck López, Eulalio Serradilla y Pan Van Loc. En cierto momento, me aparté de la conversación y contemplé con asombro desde los ventanales las columnas humanas que se iban sumando al cortejo por las calles de Santiago.
-¡Sorprende! –comentó Délano a mis espaldas-. Parecen hormiguitas.
Había sin duda un toque de sarcasmo en su comentario. Aunque se divisaban personas decentes, predominaban obreros, comunistas, vagabundos y su abultada descendencia. Como ciudadanos amantes del orden, deseábamos que por respeto al difunto se mantuviera la compostura durante la jornada, pese a que en vida el mismo contribuyera al surgimiento de esta violencia política. De las pupilas de los caminantes, brotaba un resplandor de odio que los asemejaba peligrosamente más a lobos hambrientos que a laboriosas hormiguitas.
Abajo, en las escalinatas del edificio, la aglomeración no concedía ni un centímetro para el libre desplazamiento, extendiéndose más allá de la vereda contraria, repletando el frontis de la Casa de Gobierno. Resultaba imposible que el cortejo avanzara por Agustinas, como instruía el volante que un activista pusiera entre mis manos sin que alcanzara a rechazarlo.
Nos abrimos paso con Jorge Délano entre el gentío hasta alcanzar mi automóvil, estacionado a unos metros de La Nación. Quedamos atrapados dentro del vehículo rodeados de brazos, piernas y sombreros anónimos que empujaban la carrocería de un lado a otro, provocándonos la sensación de estar dentro de un bote. Después de media hora, le indiqué a la detective que encendiera el motor, llamándola por error Willy.
-Discúlpeme, ése era el nombre de mi otro muchacho. Fue una mala jugada del inconsciente –dije-. Creo haberle contado su historia. ¿Cómo tengo que llamarla, detective?
-Silvina estará bien, señor Müller.
-Silvita, entonces. No pretendo faltarle al respeto, pero aparte de buenamoza es usted muy joven, hasta podría ser la hija que no tengo.
A ritmo cansino, dejamos atrás el asfalto de Morandé, los jardines de La Moneda y la sombría vereda de Amunátegui donde los restos de Luis Mesa Bell desfilaron por última vez frente a las oficinas que albergaron su fugaz y bullicioso paso por Wikén, acompañado de cientos de pañuelos blancos. De regreso en Agustinas, se sumaron otras columnas humanas provenientes de la Alameda para continuar, luego, la ruta por Ahumada hacia el norte, con dirección al cementerio. La carroza -tirada por un corcel negro con una gota blanca sobre la nariz y conducida por un cochero con sombrero de copa, frac y levita- transportaba, además del ataúd, a la madre y hermanos menores del difunto. Me sentí parte de un ciempiés gigantesco que extendía sus extremidades por las cuadras de la ciudad y cuya cabeza visible correspondía a la carroza de los Mesa Bell.
Durante la víspera, no había necesitado insistirle demasiado a Jorge Délano en lo conveniente de resguardarnos de los probables desbordes que causaría esa muchedumbre, la misma que desde hacía unos años venía poniendo en jaque a las fuerzas del orden. Todo indicaba que dentro del cementerio la ayuda de Silvita resultaría fundamental.
Al pasar el cortejo frente a la carpa de un circo en el barrio Mapocho, nos detuvimos unos minutos para que su bandita ejecutara, vestida con traje de gala, la marcha fúnebre. Fue un homenaje sobrio y de buen gusto que en nada alteró el ánimo colectivo. La columna se engrosó aún más al recorrer la calle Puente, la avenida La Paz y rodear la plaza del Cementerio General, ahora con floristas y cirqueros sumados a hombres de overall, sus mujeres y sus hijos creciendo como callampas desde varias cuadras al sur.
Nunca sospeché un destino como éste para aquel muchacho tímido y silencioso al que las circunstancias obligaron a convertirse en una nueva víctima de las incómodas bromas de Pedro Sienna. En un primer momento, Sienna se mostró demasiado preocupado por su próximo artículo como para distraerse con “un muchachito que parecía volarse con el viento”. Ni siquiera detuvo el golpeteo de su máquina de escribir -un canto de ángeles si se le compara con el estilo del futuro director de la revista- cuando Roque Blaya batió sus palmas como si fuese a anunciar un espectáculo artístico.
-Señores, les presento a Luis Mesa Bell –dijo ceremonioso-. Desde ahora, será nuestro colaborador número uno. Así como ven a este pibe, tiene calle, dedos rápidos y una consciencia insobornable y revolucionaria, justamente lo que necesitamos para los tiempos que se avecinan.
El dueño de Wikén había hecho suya aquella manera de expresarse después de su adhesión a la causa del aviador Marmaduke Grove, desterrado temporalmente en Isla de Pascua al abortarse la revolución socialista que pretendía llevar adelante desde La Moneda junto a sus secuaces Eugenio Matte, Arturo Puga, Wilfredo Ruiz Tagle y Carlos Dávila. En todo caso, el destierro no aseguraba que sus locuras estuviesen bajo control, menos aún si eran azuzadas por publicaciones como Wikén. En semejante clima de belicosidad, yo tenía la certeza de que la amenaza roja brotaría de cualquier lado, más aún en un entierro tan concurrido como el que participaba en esos instantes y que me trajo a la memoria las primeras palabras que le dirigí a Luis Mesa Bell a su llegada a la casona de Amunátegui:
-Bienvenido, estimado amigo.
Mi intención era romper el silencio que ya se estaba volviendo demasiado incómodo para los presentes, salvo para Pedro Sienna que seguía trabajando en su escrito como si nada pasara.
-Como verá, las comodidades no son muchas –agregué-, pero en entusiasmo no nos quedamos.
Con la mano extendida, me limité a mostrar los escritorios apilados en un rincón y distanciados a sólo milímetros unos de otros, con las máquinas de escribir y las hojas desparramadas por diferentes lados, incluidas las sillas, lo que daba una panorámica de la forma de trabajo de la revista Wikén.
-Vos te habrás dado cuenta, Luchito, de lo buenazos que son estos chicos para quejarse –dijo Blaya sin abandonar el semblante de anfitrión-. Pero no te preocupés, que son rebuena gente. Ocupá el escritorio de Edwards que pasa vacío o el que esté disponible. Mirá, acá las cosas funcionan por orden de llegada. Los primeros siempre tendrán una underguó con tinta nuevita, cuartillas blancas y el sueldito al día.
-Perdón, mi estimado Roque –objetó Jorge Délano desde su atril-, pero eso que dices sólo es una verdad a medias. Acuérdate que Topaze ha sido un verdadero salvavidas para varios números de tu revistita. En la imprenta aceptaron trabajar con Wikén porque les dijimos que era un subproducto de nuestra empresa. ¿Se te olvida el espaldarazo que debimos darle? Convéncete de una vez que el socialismo no es tan rentable como pensabas.
-¿Qué decís, che? –intervino sorprendido Blaya.
-Nuestro amigo periodista debe saber en qué lugar se está metiendo –contestó Délano.
Ninguno en la sala de redacción imaginó que este altercado era el comienzo del distanciamiento sin retorno entre los dos empresarios periodísticos, unidos hacía sólo unos meses por una sincera amistad. En aquel momento, Délano se encontraba confeccionando sus últimas caricaturas para nosotros antes de consagrarse a tiempo completo a Topaze, su propia revista satírica, la misma que sirviera de aval a Wikén para aparecer en los kioscos durante los tiempos difíciles. La línea editorial adoptada por Roque Blaya en los últimos números acabó por alejar definitivamente al dibujante de nuestro equipo.
En lo personal, después de la elección de 1920, me había resignado a esperar la recuperación de la democracia por parte de los hombres racionales para alejarla de caudillos demagogos, como el Lobo del Puerto, que tanta popularidad habían adquirido entre el vulgo en los últimos años. Pese a que la convulsión social se extendía por el territorio, mi rol en la revista sólo se alteró parcialmente a medida que Roque Blaya fue dejando en mis manos aquello que al ideario socialista le tenía sin cuidado, como la página literaria, los espectáculos y, una vez emigrado Délano, el cine. Esta modesta colaboración periodística me permitía desahogar mi espíritu de escritor y recibir, además, una pequeña paga por ella, aunque se tratara de algo más bien simbólico, ya que mis ingresos siempre dependieron de los casos que atendía en mi bufete relacionados con la especulación bursátil. Por eso, a pesar del fanatismo ideológico de Roque Blaya, continúo sintiéndome en deuda con él por haberme dejado hacer mis locuras sobre una cuartilla en blanco y una “underguó” de cinta desteñida.
A medida que avanzaba el coche detrás de la carroza, fui constatando con la vista y el olfato la contundente digestión del caballo de la funeraria, detalle del que no alcanzaba a percatarse Jorge Délano. La maraña de pelos en que se habían convertido sus cejas daba cuenta de su intento por buscarle algún sentido a tanta tragedia acumulada en el último tiempo. Para mí la explicación estaba en el cambio en la línea editorial de Wikén, donde los artículos de variedades escritos por Jorge Sanhueza, Carlos Cariola o por su servidor fueron reemplazados por los panfletos políticos de Luis Mesa Bell y de Renato Ramos. A partir de entonces, la revista comenzó a lanzar ataques de artillería pesada a quienes intentaran frenar la materialización del anhelo socialista y a recibir, a modo de respuesta, una avalancha de querellas en los Tribunales de Justicia.    
Pero no todos los afectados por los dardos de la revista reaccionaron de una manera tan civilizada. Luis Mesa Bell, maquillado, rígido y movilizándose en posición horizontal unos pocos metros más adelante, estaba allí para recordárnoslo en cada momento. Ni siquiera el delirante Roque Blaya se lo imaginó en estas condiciones al dar por concluidas las presentaciones de rigor ese nublado día de julio o agosto.
-Bueno, basta de palabras que tenemos mucho qué hacer. Para qué decir el señor Sienna que está más inspirado que nunca. Luchito, –dirigiéndose a Mesa Bell-: ponéte cómodo que estás en tu casa. No tengo para qué recordar el laburo, si vos lo sabés mejor que nadie.
Roque Blaya dio media vuelta y se dirigió a su oficina, tiempo aprovechado por Luis Mesa Bell para obedecer a sus instrucciones en forma diligente. Las tablas del piso crujieron más de lo acostumbrado con las suelas de sus alargados zapatos. Se desprendió de la chaqueta y del sombrero y los ubicó en la parte más alta del colgador, la única que se encontraba desocupada de nuestras respectivas prendas de vestir. Regresó hacia los escritorios y se detuvo junto a Pedro Sienna, sin que éste le hiciera caso alguno, persistiendo en escribir su artículo. Cuando Luis Mesa Bell intentó decirle algo, su voz se perdió por completo detrás del sonido metálico de la Underwood. Tras unos minutos de buscar inútilmente algún contacto verbal, se atrevió a tocar la manga de la camisa del escribiente quien, junto con detener su tecleo, dio un brinco de su silla y cayó con los pies abiertos en actitud de sorpresa.
-¿Quién osa interrumpir al creador más importante de esta revista? -preguntó Sienna con los ojos desorbitados-. ¿Acaso has sido tú, Coke, ilustrador de la miseria humana? ¿O tú, Julito, escritorcillo regalón de las señoritas casaderas? –agregó con sus ojos clavados en mí-. ¿O algún otro reporterillo de esta gaceta que sobrevive a duras penas?
-Disculpe, fui yo –dijo Mesa Bell con angustia-. Sólo le quería pedir permiso para sentarme en el escritorio del fondo.
-¿Pero quién me está hablando que no veo a nadie? –dijo Sienna con los ojos desorbitados-. ¿A quién asociar semejante voz de ultratumba? ¿Acaso será un ánima que se escapó del cementerio y que de pura despistada nos anda penando a estas horas de la mañana?
La mayoría de los presentes festejó la última bufonada de quien era más reconocido por su papel protagónico en la película “El Húsar de la Muerte” que por sus dotes de cronista. Sólo Jorge Délano y yo nos abstuvimos de sumarnos al jolgorio. Lo único que parecía divertir a mi amigo dibujante eran las bromas publicadas en Topaze, sus experimentos cinematográficos, sus sesiones de hipnosis o las visitas a la casa de Marina Villarroel o María Elisa. Yo, por mi parte, sentí lástima del joven colaborador de gafas ahumadas a quien comparé con una avecilla recién salida del cascarón, imagen distante del periodista experimentado que era en realidad, al atribuir las palabras de presentación de Roque Blaya sólo a un cumplido.
-No se preocupe, mi amigo –dijo Délano a Mesa Bell-. A falta de público, le ha dado a nuestro Húsar por hacernos estas representaciones para que nosotros le ayudemos con lo que sea nuestra voluntad.
El dibujante salió de su atril y se acercó a Pedro Sienna que permanecía en actitud expectante, sin imaginar lo que su colega tramaba dentro de su cerebro. Délano introdujo su mano al bolsillo del pantalón y extrajo unas monedas que ofreció al actor y cronista.
-Tome, buen hombre, aquí tiene unos centavos –dijo-. Más de eso no puedo darle. Ahora quítese del paso del amigo periodista. A fin de cuentas, él no está obligado a prestarle atención a sus delirios de grandeza.
Con los ojos hirviendo de rabia, Sienna le arrebató las monedas y las arrojó lo más lejos que pudo, sin percatarse que uno de los ventanales de la casona se encontraba en el curso de su trayectoria. La fuerza del proyectil trizó el cristal y lo transformó en una enorme tela de araña que nos dejó boquiabiertos. Poco a poco, los pedacitos comenzaron a desplomarse en el piso de la oficina y otros descendieron hacia la calle. Con el estruendo, hasta Roque Blaya salió de su oficina alarmado.
-¿Pero qué pasó acá, chicos? –preguntó.
No era necesario indagar en detalles. El daño resaltaba evidente ante nuestros ojos. Mientras Délano y Sienna continuaban frente a frente en la mitad del pasillo, como en una suerte de duelo, Mesa Bell intentaba apoyarse en la pared sumido en el desconcierto.
-Es el costo de una representación de nuestra estrella –dijo Délano conteniendo la risa-. Su arte nos hará, de ahora en adelante, morirnos de frío.
La personalidad de Blaya no era capaz de exigir a él o los responsables el pago de un vidrio nuevo ni de descontar de los sueldos el costo de la reposición. Por eso recurrió a un trozo de polietileno y de tela adhesiva para cubrir el marco en espera de una solución “mágica”. Nada de eso cambiaría después del crimen: en una suerte de homenaje póstumo, la dueña de la propiedad le exigiría al argentino no reponer el cristal como condición para continuar arrendándole la casa, compromiso fácil de respetar por la costumbre nuestra de llamar tradición al simple deterioro.
Confirmé lo relatado en voz de la propia viuda Von Diermissen luego de verla materializarse -espléndida como siempre y de luto riguroso- por uno de los costados del mausoleo de la familia Díaz Mesa. Con un clavel rojo apretado en su mano enguantada, se detuvo a mi lado para confesarme su anhelo post mortem:
-Quiero que las cosas sigan igual que cuando él estaba con nosotros.
Sin mirar a nadie, pero con decenas de ojos puestos sobre ella, lanzó el clavel dentro del orificio de la sepultura con una mano apoyada en el pecho. Decidí invocar lo que quedaba de nuestro nexo de antaño –quizá un poco deteriorado pero aún existente-, a ver si me ayudaba a descifrar este trágico enigma.
-¿Puedo decirte algo? –dije-. ¿Sabías que andan diciendo que tú y Luis tuvieron….? -como siempre ocurre, mi capacidad de decisión se fue atenuando a medida que hablaba.
-No me digas –me interrumpió-. Apuesto a que dicen que fuimos amantes ¿Eso dicen, no es cierto?
-Sí –contesté-. Al menos se desprende de…
-¿Y tú qué crees?
Antes que yo esbozara una respuesta, zanjó el destino de la conversación:
-Quédate tranquilo. A pesar de que soy una loca, con mi marido sólo nos separó la política, nada más.  

Carrascal boca abajo / Claudio Rodríguez Morales
Das Kapital ®, julio de 2016

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