Nibaldo y los quiltros

Claudio Rodríguez Morales -.

Mi cartón de periodista y mi ociosidad hicieron que reparara en la noticia del premio Embotelladora Andina 2010 otorgado a Nibaldo Mosciatti y en el incendiario discurso de “agradecimiento” que incomodó a los anfitriones y a la Ministra Ena Von Baer. Tras leerlo en su integridad, me di cuenta que se trata de un texto de frases cortas y punzantes, de diferentes ritmos, que dispara y se detiene y que encaja en lo que se conoce como periodismo literario, de opinión o interpretación (en el gremio se le llama así a todo aquello que no calce dentro de las preguntas clásicas de la pirámide invertida: qué, cómo, dónde y cuándo…) y donde la desaparecida revista Apsi, escuela de Mosciatti, dejó una tremenda impronta. Así, el galardonado las emprende contra los periodistas que trabajan en relaciones públicas y los que fueron condescendientes con la dictadura; en contra de su alma máter, la Universidad Católica, por su complicidad en los abusos y soplonaje de esos años; en contra de la empresa que lo premia -la llama premio de fantasía y bebestible- y contra el nacionalismo, la guerra y la negativa chilena de cederle mar a Bolivia con soberanía. Sólo le faltó agregar en contra de los árbitros saqueros. 

Mi primer recuerdo de este empresario de las comunicaciones se remonta a 1989 cuando tuvo su minuto de fama en el programa “La Hora de…” de Televisión Nacional al entrevistar a fallecido Alejandro Hales –por entonces uno de los más importante líderes opositores al régimen Augusto Pinochet-, a raíz de su rol de integrante del Tribunal de Apelación del Consejo de Censura Cinematográfica que rechazó exhibir en Chile la película La Última Tentación de Cristo de Martin Scorsese. El mérito de Mosciatti fue haber sacado a la palestra el tema y, sobre todo, destacar la participación de Hales en un organismo dependiente de la dictadura y, por si fuera poco, dedicado a censurar obras del Séptimo Arte, pese a su condición de adalid de la democracia (de hecho, su nombre sonaba como posible candidato presidencial en las elecciones de fin de año). Hasta ahí todo bien. Sin embargo, hubo un momento en que Mosciatti –supongo que aleonado por las cámaras de televisión- comenzó a increpar agresiva e innecesariamente a Hales. Digo innecesariamente por cuanto ya era algo notorio para los telespectadores la incoherencia y contradicciones del político. Mosciatti, ya en ese tiempo buen sabedor del oficio, se fue del set haciendo aspavientos de su molestia, inconformidad y desaliento. “Pero si ya quedó claro el tema, para que insistir tanto. Este gallo quiere protagonismo”, comentó mi padre frente a la pantalla mientras pelaba una histórica manzana.

Luego sabría de Mosciatti como académico de la universidad donde yo estudiaba y donde algunos alumnos comentaban su afición a exprimirlos en extremo en el ramo Edición de texto, imagino que igual que a sus empleados en la radio Bío – Bío. También escuché al escritor peruano Gabriel Sandoval, entonces un alumno más de la carrera de periodismo, ensalzar el excelente cebiche preparado por este académico cuando oficiaba de anfitrión a los integrantes de su círculo de hierro. Más tarde valoré sus reportajes pensantes en los programas de televisión El Mirador y Los Patiperros, como sus intervenciones en el desaparecido canal Rock ‘n Pop sobre la historia de equipos de fútbol chileno. Recuerdo especialmente la trágica historia de Green Cross. De ahí a la fama que le ha dado a él y a su hermano Tomás, la informativa e independiente Radio Bío – Bío, emisora que heredaron de su padre, el patriarca Nibaldo Mosciatti Moena.

Tras leer el discurso pude reconocer que su tinte rebelde sirve de encantamiento para muchos chilenos que se sienten reprimidos (me incluyo, sobre todo cuando el sistema me aplasta como cucaracha, una y otra vez), pero también para recordar mis años como periodista raso de un diario de Talca. Tanto el director como sus editores estrellas tenían el mismo discurso de Mosciatti de objetividad, transparencia, incorruptibilidad y ausencia de compromisos de toda especie. Más aún si estas virtudes eran aplicadas sobre instituciones del estado, de las que siempre había que sospechar. Todo lo contrario a lo que ocurría con las empresas privadas, sobre todo si estas eran clientes con avisos publicitarios contratados. Bastaba un llamado telefónico para que el director cediera su asiento al dueño -no muy dado a las convenciones periodísticas ni a la diplomacia- y las crónicas periodísticas cuestionadas eran eliminadas o recibían su dosis de maquillaje. De esta particular ideología de la información surgían dichos de un editor joven y estrella como: “Aquel periodista que trabaje como relacionador público de un servicio del estado, queda imposibilitado de por vida para ejercer en un medio de comunicación, porque su ética estará manchada para siempre”.

También recuerdo cuando una compañera de trabajo con seis meses de embarazo fue obligada a ir una población marginal de Talca para cubrir un allanamiento policial. “Esa es tu pega –la sermoneaba el editor joven y estrella, cuando ella intentó negarse a poner en riesgo a su persona e hijo-. Y si te pasa algo hay seguros comprometidos”. Sin embargo, no había seguros, indemnizaciones ni nada, salvo la amenaza del despido junto a un cerro de currículos de periodistas cesantes y el silencio cómplice de colegas cobardones y necesitados de trabajo, partiendo por quien escribe.

Para qué decir los intentos de organizarnos laboralmente en un sindicato, exigir el pago de las horas extraordinarias y los días domingos trabajados, así como contar con un casino para almorzar, tomar once o cenar, más aún si nuestras jornadas se extendían pasada la medianoche. Aquellos más dados al reclamo pronto fuimos motejados de no llevar en el corazón la vocación de periodista. “Eso pasa cuando se meten a este trabajo escritores frustrados -me dijo otro editor cuando por fin me atreví a dar mi punto de vista-. El periodismo es un apostolado”. 

Decía que el premio de la Embotelladora Andina 2010 fue motivo para recordar esos viejos tiempos, más aún al detenerme en los que comentarios críticos publicados en el diario electrónico El Mostrador a propósito de esta noticia -y que son los menos, ya que la mayoría son felicitación y alabanza-, en referencia a las conflictivas relaciones de Radio Bío – Bío con sus trabajadores, que más de un litigio tienen y tendrán en el futuro. Pero bueno, esto no le debe importar demasiado a Nibaldo Mosciatti. Para él instituciones como el Tribunal de la Libre Competencia, la Fiscalía Nacional Económica y la Dirección del Trabajo deben ser engendros malignos, pulpos con infinitos tentáculos, cancerberos del poder.

A diferencia de Mosciatti, puedo decir que tanto apostolado periodístico acabó por cansarme. O tal vez yo no estaba hecho de esa tela tan dura y resistente de la que el empresario penquista hizo gala en la premiación. Acabé mis días trabajando en una institución del estado, esas que Mosciatti desde su pulpito de sumo sacerdote llama casucha de perro guardián, que guarece de la lluvia, pero que incuba pulgas y garrapatas. Y donde no falta el tacho de comida. 

Aún no suelto ese tacho. Soy un quiltro pulguiento muy bueno para comer. 

6 comentarios:

  1. Interesante post escrito desde la casucha aquella...
    Felicidades.

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  3. Comparto varias apreciaciones de Mosciatti, pero creo percibir un ego superlativo que afecta el tenor de sus palabras. No creo que autosituarse en la posición de un Cristo inmaculado que le enrostra la porquería exclusivamente a un sector de los chilenos, haya sido afortunado. Más bien sospecho que esa nota obedece a una funcional valvulita de escape, muy apropiada para descomprimir tensiones y equiparar culpas. No sé si había un acuerdo previo. Pero ese tipo de chistes es algo muy propio de cadenas ultraderechistas como la Fox.

    Acribillador como siempre, estimado Claudio. Qué pocos son los periodistas que no se abanderizan para pasar a defender posturas gremiales, políticas o empresariales.
    Una ventana de oxígeno. Larga vida, amigo.

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  4. Muy de acuerdo con Usted, estimado amigo. Considero a Mosciatti un gran periodista, pero lamentablemente posee el mal de muchos de nuestros colegas, la soberbia. El tipo simplemente es un buen periodista, muy bueno. Hace su pega y es crítico. Pero ello no le da derecho a creerse Dios, menospreciar un premio y hacerse el hueón con la explotación que su radio hace con sus empleados. El periodismo es una profesión que más que un apostolado debe ser bien remunerada, sobre todo por horas de trabajo.

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  5. gracias a todos, amigos... con sus comentarios inauguran ustedes este maravilloso blog... sigan, sigan echándole leña al fuego, todos somos una manga de carboneros...

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  6. Mientras leía me acordé del periodista argentino Jorge Lanata, de los más respetados y tenido por independiente. Me crié oyéndole putear y fumar a dos manos en la tv abierta a la hora de la cena mientras le daba a distra y siniestra a Menem, Duhalde, Cavallo y sus secuaces... Con el tiempor emprendió un montón de proyectos para hacer un mejor periodismo que el que le permitía el diario que dirigía (Pág12) pero al pasar los años terminó rendido y confesando que no cuenta más que con él mismo. Relató cómo lo vendieron y traicionaron, también como se equivocó y acabó por venderse el mismo. Llegó a ser un periodista con plata y muchos más éxitos que fracasos pero en su discurso se nota que nunca se logra la anhelada independencia y libertad para decir/escribir liberando mentes de la opresión. Dice de él mismo que es básicamente un empleado que cada tanto le juega a traición al jefe y así es feliz.

    Los periodistas en ejercicio tienen mucha presión encima, su labor es continuamente cuestionada y bastardeada... nada fácil. A uds. les cae el mismo juicio que a los docentes o médicos cuando reclaman lo que es justo para tener una vida digna y aspirar a progresar... Sigo sin entenderlo.. Ante eso suelo reaccionar con bastante bronca, porque entiendo que son gente como uno que necesitan llevar a su casa sustento. ¡Qué estupido pretender que trabajen por amor al oficio y más que todo reclamo se entienda como falta de amor y compromiso!
    Los periodistas, los docentes, los médicos, los barrenderos deben cumplir con su trabajo y recibir a cambio un sueldo justo-- Pero vivimos en el mundo del revés donde se piensa con los pies.

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