Cadena de maldiciones

Claudio Rodríguez Morales -.

La sucesión de diligencias inútiles comenzó hace un mes, cuando una mancha de color café verdoso se apareció en mitad del techo del baño. Subido a una silla, apoyándome de una linterna y una espátula, me percaté que se trataba de hongos producidos por la humedad. Pasado el tiempo, la mancha fue creciendo de manera paralela al recelo de la familia de tener que bañarse todos los días con semejante espectro sobre sus cabezas. “Parece un murciélago”, comentó mi hija, influida, de seguro, por sus lecturas de la zaga de Crepúsculo y toda la mercadotecnia asociada.

Cierta noche de domingo, mientras nos disponíamos a iniciar el sueño, mi hija nos avisó que del interior de la mancha nacía una contundente gotera que caía con violencia sobre la tina, provocando un sonido persistente e imposible de ignorar. Peor aún, quien decidía darse una ducha caliente, sentía cada quince segundos una helada sensación recorriéndole la espalda perdiéndose en zonas carnosas de la periferia.


Por si eso fuera poco, el yeso del techo estaba completamente hinchado por la humedad. Al palparlo con la mano, me di cuenta que estaba a punto de desprenderse. Siendo las 23:00 horas, cualquier atisbo de sueño se vio frustrado ante el temor de oír el estruendo del techo viniéndose abajo en algún momento de la madrugada.


Dada mi irregularidad laboral, que a veces me hace aparecer como un prometedor potentado y en otras como un candidato a la indigencia, debo permanecer más horas en el departamento que el resto de la familia. Por este motivo, decidí hacerme cargo del problema de la mancha apelando a los posibles responsables. A mi memoria vinieron las enseñanzas de mi padre de no dejarse abrumar por los problemas, por más complejos e inabordables que se presenten, sino aplicarles una certera lógica euclidiana.

Llamé primero por teléfono a la empresa constructora a la cual le arrendamos el departamento. Tras exponerles el caso, la respuesta que me dio una voz masculina al otro lado de la línea fue la siguiente: “Si la humedad está en el techo, nos es problema nuestro. El departamento de arriba es quien debe solucionarlo. Hable con ellos para que hagan algo”.

De nada sirvió contraargumentar que el problema nos involucraba a todos, arrendatarios, arrendadores y vecinos, por la posibilidad cierta de un accidente. “Le insisto, vea el tema con sus vecinos del piso superior”, me contestó la voz y me deseó mucha suerte en las gestiones. Lo hizo con tanto compromiso, que me dejó la sensación al colgar de no haberle agradecido lo suficiente.

Ya habría oportunidad de enmendar el detalle, me dije.

Tomé contacto con el conserje de turno para informarle de lo sucedido, quien se disculpó por no encontrarse en condiciones de dar una respuesta más efectiva, por cuanto él no era el titular. “Tenemos que esperar que llegue don Luis para que él haga el informe correspondiente, se lo entregue a la administradora y ella se ponga en contacto con el departamento del problema”.

Pasado un tiempo, conversé con don Luis para verificar el avance de las diligencias. “La administradora conversó con el arrendatario del departamento ubicado arriba del suyo –dijo-. También con el dueño. Ya todos están informados, así que quédese tranquilo. El dueño tiene que hacer los arreglos”.

Tres gestiones y la primera que sonaba esperanzadora. Convencí al resto de la familia de hacer nuestra vida con tranquilidad, dado que los días de temor pronto quedarían en el olvido. “A mí igual me da miedo bañarme”, comentó mi hija. “Entonces date duchas más cortas”, le sugerí, por lo que recibí su mirada fulminante y la posibilidad de sentir sus dedos filosos sobre mis costillas.

Sin embargo, llegó la siguiente semana, la gotera del baño continuaba, el techo seguía pudriéndose y volvimos a tener los nervios contraídos. Subí al piso de arriba para conversar directamente con los moradores del departamento a ver si podíamos llegar a una solución más rápida que la ofrecida por los conductos regulares. Fui atendido por un hombre de 30 años, de acento extranjero –peruano, tal vez-, muy educado, quien me escuchó con atención: “Mira, te entiendo y no te imaginas cuánto –comentó-. Lo que ocurre es que yo he conversado miles de veces con el dueño de este departamento para que me dé solución a la serie de requerimientos que tenemos. Si quieres te los puedo mostrar uno por uno. Pero nunca ha hecho nada que implique un gasto, sólo cobrarme todos los meses. Así que imagínate el interés que tendría en solucionar un problema de un departamento que no es de su propiedad”.

Todo era cierto. Su departamento presentaba tantos o más inconvenientes que el nuestro: un orificio en la manija de la puerta, el piso levantado, una pared del baño llena de hongos y otra cruzada en diagonal por una grieta. “Podemos ponernos de acuerdo -me propuse el vecino-. Yo dejo de pagarle un mes y, de seguro, se va a aparecer en la puerta para cobrarme. Ahí yo te aviso y lo abordas por tu tema. No te preocupes, en todo caso, el tipo es educado, creo que abogado. Pero eso no le quita lo sinvergüenza”.

Pasado el tiempo, y en vista que la ayuda no salía por ningún lado, recurrí al noble de Alcides, un conserje de múltiples habilidades manuales, quien con herramientas en mano echó abajo la parte del techo podrido. A modo de precaución, le tomé unas fotografías a los escombros acumulados en el piso antes de lanzarlo en una bolsa por el dispensador de la basura. Guardé el registro con mucha prolijidad en una carpeta del computador, con la esperanza de que serían las evidencias que la señora justicia tendría en cuenta cuando pusiera las cosas en su lugar.

Alcides tapó el orificio con un trozo de madera en forma provisoria. “El sistema de cañerías necesita ser reparado en el corto plazo ya que de lo contrario el problema volverá a producirse dentro de un par de meses”, dijo con esa sabiduría incaica que siempre le he admirado.

Con una ingenua sensación de triunfo, esperé la llegada de mi esposa del trabajo para informarle de lo sucedido. “Tú puedes quedarte a ver si lo que dice Alcides es cierto. Nosotras preferimos irnos antes”, comentó.

Han pasado dos semanas. Al menos desde la taza del wáter no he divisado indicio alguno de humedad en la madera. No tengo a quien preguntarle si mi percepción es cierta o errada.

1 comentario:

  1. Esto sí que es kafkiano, estimado amigo. Uno de sus grandes relatos sobre nuestra contemporaneidad.

    Me alegro que haya vuelto a publicar en su blog personal, que estoy seguro se convertirá en un blog de culto y uno de los más relevantes de la literatura hispanoamericana.

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