El Chicle de Stalin

Claudio Rodríguez Morales -.

Quién podría negarse ante la evidencia de que el terremoto de la madrugada del 27 de febrero acabó por alterar hasta el más mínimo rincón de nuestras vidas. Interminables sesiones de aseo en casas y oficinas, acarreo de escombros, cotizaciones para la construcción de piezas, muros y fachadas, vigencia de pólizas de seguros, dosis racionales de comida, cortes de agua, luz y gas, pero sobre todo la consciencia de ser sobrevivientes. Sin embargo, nadie habría podido adelantarse a que este evento geológico también contribuiría a perpetuar a una jefatura dedicada a martillar la cabeza de sus subalternos con sus desquiciados caprichos y ataques de eficiencia.

El día lunes siguiente al desastre que puso fin al verano 2010, haciéndole el quite a los problemas y a las ruinas apiladas por cuadras y cuadras en la avenida 2 Sur, sólo unos pocos funcionarios logramos llegar a la casona del servicio o lo que quedaba de ella. Desde ese momento, fuimos testigos de una muestra más de lo que significa trabajar para una autoridad en declive.


Tras un saludo general a la pasada, Maritza sacó su libreta de apuntes y anotó con su caligrafía del demonio los nombres de todos los que estábamos presentes esa mañana y los problemas humanos o materiales que nos había acarreado el sismo. Terminado aquello nos obligó a firmar en el extremo derecho de la hoja garrapateada por sus temblorosas manos. Preguntó si alguien había hecho un catastro de los daños de la casona, los que a simple vista eran mayúsculos (todo el segundo piso se desplomó y cada cierto rato un pedazo de adobe caía en picada haciéndose mil pedazos sobre las baldosas). En los gestos huidizos de nuestra jefa se notaban sus esfuerzos por reprimir las ganas de entrar y ponerse a dar órdenes como si nada hubiera pasado. Lo sé bien; los histéricos no podemos ir en contra de nuestra naturaleza.

Maritza continuó repasando los nombres de todos aquellos funcionarios que no estaban presentes, según ella, con la intención de verificar personalmente si se encontraban en sus domicilios sanos y salvos. Para ello se dispondría a realizar un recorrido en la camioneta conducida por Agustín, el chofer, por las sombrías calles de Talca. Presenciar en vivo esta escena, como si en estos trámites de rutina se fuera la vida, rodeados por todos lados de construcciones en ruinas, servía para desconcertar a sujetos impasible como Vittorio, René y Miguelito.

Pronto nos dimos cuenta que la aparente preocupación de Maritza por nosotros era un arma de doble filo: “Los que estén en condiciones de acompañarme que levanten la mano. Digo sólo aquellos que puedan, porque en estos casos la familia está primero –dijo sin mucho convencimiento. Luego agregó, como preparándose para un combate-: Vamos a ponernos a disposición del Intendente para prestar ayuda a quién lo necesite. No quiero que la gente siga hablando que las autoridades no se ven por ningún lado. Vamos a trabajar hasta el último día del gobierno de la Presidenta Bachelet”.

Frasecita repetida como monserga, odiada por la mitad de los trabajadores del servicio y última esperanza del grupito leal a Maritza para seguir contando con su venia a la hora de perpetrar fechorías.

Con Víttorio, René y Miguelito nos disculpamos por los problemas que presentaban nuestras casas y nos retiramos del lugar. Dimos unas vueltas por el centro de Talca para calibrar la medida del desastre y luego nos dirigimos como pudimos hasta nuestros domicilios que nos aguardaban sin electricidad, sin agua potable, con una débil señal telefónica y un desorden de proporciones.

Destiné dos mañanas completas a merodear por las ruinas del servicio con la idea de mantenerme al día de lo que ocurriera con mis colegas, pero, al mismo tiempo, con la posibilidad de escabullirme cuando el terreno se pusiera demasiado espeso. Luego de conversar con algunos de nuestras respectivas tragedias personales y la manera de salir adelante, me dirigí al almacén de abarrotes ubicado al frente de la casona y así abastecerme de víveres para mi próximo y accidentado viaje a Santiago (demoré dos días en juntarme con mi mujer y mi hija por los problemas de la ruta). Desde esta posición privilegiada, divisé a la camioneta del servicio repleta de muebles y equipos de trabajo saliendo de la casona con dirección hacia el estero Piduco.

Fue durante mi estada en Santiago cuando comencé a recibir las llamadas insistentes de Miguelito respecto de las réplicas que se experimentaban en el servicio post terremoto, una vez que yo abandonara Talca. “Por favor, haz algo, ayúdanos –me rogaba-. A todos los que se nos ocurrió aparecer por el servicio, Maritza nos tiene enfermos. Nos está mandando a buscar cosas dentro de la casona que se está cayendo. Está armando una oficina de emergencia en las graderías del Estadio Fiscal, cerca de la tribuna de honor. Habla y habla como si se fuera a quedar para siempre, cuando apenas le quedan unas horas en el cargo”.

Consciente de mi labor de dirigente, me contacté con los representantes de la Asociación de Funcionarios para explicarles mi preocupación de que en el ingreso a la casona algún trabajador sufriera un accidente, como de hecho casi pasó cuando el pie de Pedro, el contable, se hundió junto con una parte de las maderas podridas del segundo piso, en los momentos que cargaba una set de carpetas, según los reportes de Miguelito y René. Relaté lo ocurrido a través de un correo electrónico a la presidenta de la Asociación con copia al secretario ejecutivo y luego procedí a ocuparme de mis asuntos, que no eran pocos. Sólo volví a tener noticias de la evacuación suicida, cuando llegó hasta mi “escritorio” en las graderías del Estadio Fiscal el memo número 1, titulado “Contingencias tras el terremoto”, con fecha 8 de marzo de 2010, firmado por mi jefa, Maritza Castellanos:

“Estimo también necesario informar a ustedes de una nueva acusación de la Asociación de Funcionarios en contra de esta jefatura por un supuesto abandono de mis obligaciones (...) –señala en el penúltimo párrafo, luego de un acabado detalle de sus grandes proezas tras el terremoto-. Se me acusa de haber obligado a los trabajadores a ingresar a un edificio en derrumbe y de someterlos a trabajar en un lugar inseguro. Sólo puedo señalar que se trata de una nueva calumnia como otras que ya han afectado a esta Directora en los años anteriores, las que califico responsablemente de actos de psicoterrorismo y de agresión a mi integridad física, junto con afectar la honra de mis hijos y de mi familia”.

Ni siquiera había terminado de leer tamaña andanada de quejas y justificaciones, cuando junto a mi “escritorio” con vista a la cancha, apareció Agustín, el chofer, con los brazos en jarra en actitud de combate: “Te exijo me expliques de qué se trata esta acusación en contra de la Directora, más aún si yo entré voluntariamente al servicio para colaborar en esta situación de emergencia”. Con mucha dificultad traté de explicarle que el problema no radicaba en si era una decisión voluntaria o involuntaria del trabajador, sino simplemente de una medida errada de la Directora por permitir el ingreso de personas a un edificio con peligro de derrumbe. “Estoy muy molesto por esta acusación –agregaba Agustín sin prestarme atención-. Dime que has hecho tú por nosotros, qué ha hecho la Asociación de Funcionarios, aparte de cobrarnos una cuotas todos los meses”. No hubo forma de tranquilizar a este orangután, quien me amenazó con las penas del infierno por esta nueva mentira orquestada por mí y el gremio -según las deducciones de él y el grupito leal a Maritza- en contra de su jefecita. “Voy a convocar una reunión para destituirte”, me amenazó Agustín. Tras responderle con un par de pesadeces con palabras fuera de su comprensión, di la discusión por perdida.

“Mientras no le acepten su renuncia, la jefa seguirá ejerciendo su cargo, tomando decisiones, autorizando permisos y poniendo la firma –dijo Carla, la Víbora, otra integrante del grupo leal a Maritza, parada en mitad del círculo central de la cancha, ocupando el megáfono que le facilitara la Oficina Nacional de Emergencia-. Que les quede a todos claro para evitar confusiones. ¿Okey?”.

Agustín, por su lado, convencido que su voz y voto son realmente importantes para las nuevas autoridades, aprovechó de arrebatarle el megáfono para vociferar: “Haré todo lo que esté a mi alcance para que la señora Maritza siga con nosotros!”.

Marzo llega a su medianía, el nuevo gobierno de Sebastián Piñera alcanza su primera semana en funciones y el último día de trabajo de nuestra Directora Regional, nombrada por la Presidenta saliente por su simpatía con el estalinismo, se estira y estira como un chicle interminable y gastado.

2 comentarios:

  1. La estratificación del autoritarismo. Aunque no quede nada en pie, y haya que caminar sobre ruinas y vidrios rotos, el cargo queda indemne, la jefatura prosigue sus funciones, y los pobres subalternos empolvados deben seguir obedeciendo al macaco mayor.

    Excelente relato, estimado Claudio.

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  2. Anónimo1/05/2013

    Pienso que usted le pone mucho. A lo mejor esa pobre muchacha neurótica sólo necesitaba un poco de sexo.

    La Mano Piadosa

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