Amor, fogata y subversión

Primer acercamiento. Anochecer de invierno precordillerano. Regreso desde el colegio. El frío instaba a la gente a guarecerse temprano en sus casas y departamentos. Los que aún andaba por el centro, buscaban refugios en sus guantes, bufandas y abrigos. Otros en los escasos microbuses y colectivos detenidos en los paraderos. Aún no era época de adultez. Se podía creer que todo era para siempre. 

Mónica había aceptado ser mi novia a cambio de compañía hasta su casa. Eso incluía llevar sus cuadernos, comprarle algo de comer y escuchar sobre sus peleas con compañeras de curso. 

Yo emulaba a Hemingway. Por eso debía tener una novia como Mónica y después otras más. También debía saber pelear, ojalá con guantes. Intentar vivir al máximo al aire libre (por eso el sentido de las caminatas). Escribir breve y preciso. No recuerdo cuánto de eso había logrado. Si la medida fuera la arrogancia, sólo me separaba de Hemingway su edad, cabellera y barba blanca.

El recorrido incluía avanzar por la línea férrea, cruzar el canal Eyzaguirre y tomar el atajo por las canchas del Regimiento. Un muro descascarado era mi gran aliado. Llegado el momento debíamos saltarlo. Siempre me las ingeniaba para ver los calzones de Mónica al recibirla en su caída libre, entre sus risas y gritos de bestia salvaje. 

Vivir todo aquello podía más que el cansancio, los retos de mis padres, los deberes del día siguiente. Yo pensaba pedirle en esta ocasión un poco más a Mónica. Un beso en la boca, tal vez. Mi mano debajo de su jumper. Sentarnos más apretados en la escalera de su casa, sin que me importara el bulto al ponerme de pie y despedirme. “Prefiero que seas tú y no mi padrastro”, me diría ella en el futuro, cuando la práctica le cedió su lugar al vicio.

Iniciábamos el recorrido esperando el verde del semáforo en la esquina de la Plaza de Armas. La grasa de las papas fritas aún nos acompañaba en la boca. Cuatro sujetos con sus caras envueltas en capuchas de lana pasaron a gran velocidad por nuestro lado. “Cuidado, chiquillos, quédense paraditos ahí, no se muevan”. Los primeros vaciaron en mitad de la calle un líquido contenido dentro de dos bidones. Los dos restantes lanzaron unos fósforos encendidos. El resultado, una fogata potente que bloqueó el paso de vehículos por la avenida Concha y Toro con dirección al sur. “¡Un pueblo cobarde no merece ser libre: a luchar mierda!”, gritó uno de los encapuchados. Puso el puño en alto y corrió tras el resto de sus compañeros. Cuando intentamos acercarnos al fuego, una voz de mujer mayor nos detuvo: “Pa’ dónde van cabros de mierda, no ven que son comunistas peligrosos”. 

Ni siquiera había pasado un minuto desde la primera gota de parafina sobre el cemento. Seguí con la vista a los encapuchados hasta que desparecieron en la doble oscuridad de la Cordillera. Tal vez abordaron un vehículo en una bocacalle anexa. O se subieron a un microbús con dirección a Santiago. Por último, se ocultaron en alguna casa. Le propuse a Mónica seguirlos ahora que no estaba la vieja entrometida, pero ella se negó. “Yo no cruzo la calle ni muerta –dijo-. Mira, allá van los carabineros siguiéndolos. Esto se pondrá más peligroso. Mejor vámonos”. 

La fogata crecía extendiéndose hacia nuestra vereda. Anunciaba rodearnos con su resplandor. Mónica comenzó a retroceder de a poco. La seguí a su ritmo. Sus manos y espalda dieron contra la pared. Se apoyó en la cortina de metal de una fuente de soda. Apreté mi cuerpo con el de ella. Noté nuestra diferencia de porte. Mi boca daba a la insignia del colegio. Debajo estaban sus senos. Tuvo que inclinarse para darme a probar su lengua.

Ardía.

2 comentarios:

  1. Siento aprecio por la claridad narrativa, por la ausencia de adornos o exceso de tangentes innecesarias y distractoras.
    La pedantería narrativa es un mal de todas las épocas, y afortunadamente no se ven atisbos en este texto.

    Rotundamente lo digo: es un muy buen relato.

    Felicitaciones, amigo Rodríguez.



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  2. Anónimo2/01/2013

    Sólo por curiosidad ¿le vió los calzones?

    Buena historia.

    La Mano Piadosa

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