Paternidad, sopaipilla y trasgresión

Claudio Rodríguez Morales -.

No puedo evitar provocar a Natalia con alguna estupidez para que se lance en mi persecución por los rincones de la casa hasta dejarme adolorido sobre la cama o el sillón con su ataque de dedos puntudos en mis costillas. O que, de vez en cuando, con sus 18 años recién cumplidos, me sorprenda con un puntapié en el trasero muy bien colocado y salga disparada por el pasillo para esquivar mis réplicas, condenadas a estas alturas del partido a perderse en el aire.


Todas las familias tienen sus malos recuerdos, escuché en una película. El ruido que provoco al payasear con mi hija en el departamento puede ser uno de esos recuerdos. Quienes busquen en mí la reproducción del orden del latifundio en estos metros cuadrados, de seguro se frustrarán con esta rutina de circo existencialista. No les debes nada, por lo tanto, no les des en el gusto en nada. Eso me digo a mi mismo para persistir en este error parental con cierta tranquilidad en el alma. Medianamente lo consigo.

Pienso en mis padres. Buenos y esmerados, nadie lo discute. Pero yo los prefiero en sus trasgresiones más que en sus aciertos. Por ejemplo, quedarse hasta la madrugada viendo la película de trasnoche junto a mi padre en el único televisor a tubos de la casa. Comiendo manzanas cortadas con gruesos cuchillos cocineros, picoteando sabrosa comida añeja, chocolates guardados en la alacena sólo para ocasiones especiales (esta podía ser una de esas ocasiones, pensábamos). Conversando de cine (de la película vista y otras), libros, fútbol, boxeo (mi padre intentando que le respondiera sus ganchos directo a mis hombros y yo sin poder controlar la risa) y mucha subversión. Cuando se cambiaban las enseñanzas por la conversa, el relajo y la complicidad, me sentía seguro. Nada malo podía pasar dentro de las paredes. Las nubes negras de la dictadura y de los otros fantasmas se disipaban. Hasta el futuro parecía luminoso en esa población dominada por el humo negro de la empresa de papeles y cartones cruzándose con la pólvora del regimiento. Cuando mi padre apagaba las luces de la casa para irse a su dormitorio, de nuevo el terror. La respiración entrecortada por las sábanas sobre la cabeza.

Mi madre desafiada en su gesta patriótica. La cuestioné con ligereza: ¿por qué no era como las otras madres que recibían a sus hijos con sopaipillas pasadas los días de lluvia, en vez de estar toda regañona lavando ropa y haciendo las camas? La inocencia sin contención se vuelve crueldad. Cierta tarde en que regresaba de clases empapado por un chaparrón, me di cuenta cómo había acusado recibo. En sus  manos tenía una fuente con sus sopaipillas pasadas. Le habían quedado deformes, de distintos portes, lejos de la redondez clásica que impone aún la cocina biempensante. Se veía desanimada. Las probé con poca convicción y algo de culpa. Estaban deliciosas. Se lo dije no una sino varias veces. No me creyó. Prefirió reír de buena gana por los trozos deformes puestos en la fuente semejando las heces de un perro. Mientras tanto, yo mutaba en un simio hambriento.

2 comentarios:

  1. Transgredir las leyes del hogar, impuestas por la madre, se disfrutan a plenitud sobre todo cuando se hacen en complicidad con el hijo.
    Que buen retrato familiar descrito en tan pocas líneas.

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