Dos padres

Claudio Rodríguez Morales -.

Cuento con dos padres. Más bien contaba. Huérfano del primero y aún con la suerte de la compañía del segundo. Pero para que esto ocurriera, el primero debió sacrificarse. No fue una disputa familiar, sino de carácter territorial y financiero. Por decirlo de alguna manera, los vecinos decentes se aburrieron de los pelientos y llamaron refuerzos. Estos últimos no jugaron limpio. Se unieron a los decentes y atacaron con todo lo que tenían. Lo que vino después aumenta mi falta: no he honrado jamás el nombre de mi padre fallecido. Tampoco he acompañado a mi otro padre en su dolor. Ni siquiera sé dónde descansa. Imagino que en algún lugar anónimo de Valparaíso.

Vida y muerte en cuestión de minutos. Un nublado día de septiembre de 1973. Los estudiantes de la universidad son puestos en fila para que los militares chequeen sus antecedentes. El primer Rodríguez en ser nombrado da un paso al frente. El militar que revisa su ficha –para este caso más infalible que la Biblia- dice “limpio” y otro agrega “a este lado” y después “ándate de aquí, mierda”. Pasan los siguientes muchachos, todos de melenas largas, patillas, ropas de colores chillones que, aquel septiembre nublado, alteran su tenor alegre por una mueca de espanto. Nombran al segundo Rodríguez. “Este es comunista, rojo, extremista, a la pared”. No más palabras, sólo el pelotón de fusileros. Como hijo ingrato, no me queda más que desear un desenlace rápido. Sin demasiado preámbulo. Como si con eso le evitara sufrimiento, pues su sacrificio se renueva con cada día de olvido que pasa.

Como ven, son dos padres. Sin la muerte de uno, no habría conocido la bondad del segundo. Una suerte de admiración silenciosa y de presunciones hacia los dos. No es bueno que deje pasar el tiempo, me digo ahora. Mientras tanto, permanezco sentado escuchando como mis vecinos decentes niegan que todo aquello hubiese ocurrido. 

3 comentarios:

  1. Rodríguez, pocas veces, no sé si es la ¿sana? envidia que me haces sentir ante esa capacidad de contar historias por escrito como si lo hicieras ante un amigo, con dos copas delante, en un barra de un bar poco iluminado y de dudosa higiene, o tal vez pudor, casi temor, de emborronar, tal vez hasta estropear, con un comentario, sincero, sí, pero que nada aporta sino admiración y ese trasfondo que entre líneas se puede leer de "¡ojalá lo hubiera escrito yo, carajo!"
    Solo he de decirte que aunque por estas u otras razones no quiera comentar tus páginas, has de saber que cuando abro mi ordenador son de las primeras que busco para leer.
    Muchas gracias, maestro.

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    1. un honor gigantesco el me brinda, ud. maestro... comenté, comenté... nada más fascinante que la lectura de alguien a quien se admira. Un abrazo.

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  2. Con que fuerza Claudio, llegan tus relatos hasta lo mas íntimo.Esto pudo pasar en Chile, en Argentina,en Paraguay y en cualquier parte del mundo.

    Cuantos jóvenes estudiantes que pasaron a "este lado", han tenido que vivir con ese dolor interior que a veces es mas fuerte que las balas de los fusileros.

    Un abrazo.

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