Agobiados del presente

Claudio Rodríguez Morales -.

Hemos visto, a instancias mías y con el asentimiento de Galia, por segunda vez la última película de Woody Allen “Medianoche en París”. Aun a riesgo de que en el futuro este dulce acuerdo se convierta en una acusación de troglodita impositivo, de todos modos mantuve la decisión de repetir la espera en la fila, así como la compra de boletos en la ventanilla y de palomitas de maíz en la tienda oficial del cine. También hice bis yendo al baño antes de ocupar un asiento y dejarme llevar por las imágenes de antología del cineasta de gafas, con la cabeza de Galia posada sobre mi hombro. Sin embargo, ni siquiera esta cercanía me sirvió para conocer lo que de verdad pasaba dentro de ella. 

Aunque descreo que un libro, una película o una canción pueda cambiar la vida de alguien, pues el efecto de ensoñación dura apenas un instante -más breve o más largo, pero siempre un instante-, al menos esta cinta me provocó cosquillas debajo del sombrero. La historia de Gil Pender, aspirante a escritor y guionista de profesión, que siente renacer su vocación literaria durante una visita a París ante la incomprensión de su novia, la perplejidad de sus suegros y la intromisión de un pedante intragable, logra tocar las fibras de quienes se dedican a juntar letras, palabras y frases.

Imagino a tanto escribidor elucubrando con lo que dirían de su propia obra los autores clásicos, esos que fueron los inspiradores de su vocación literaria y que ahora son tumulto dentro del panteón. O acceder, en vivo y en directo, aunque sea por sólo un instante, al origen de esos universos creadores y compartir las pellejerías de su tiempo como si fueran propias.

Cuántos, al igual que Pender, se han sentido ajenos a la época que les ha tocado vivir, ahogados de un presente intragable pero, al mismo tiempo, hambrientos de un pasado que al conocerlo sólo de referencias –en su mayoría literarias y, por cierto, distorsionadas- se proyecta como maravilloso.

Claro que la identificación con Gil Pender no impide percatarse de ciertas diferencias, como por ejemplo, que su novia sí tiene interés en leer el borrador de su novela sobre un personaje que posee una tienda de juguetes antiguos. Pender escribe guiones de películas para Hollywood y yo ni siquiera lo hago para los culebrones. Por lo general, escucho con suma atención las opiniones de los pedantes –aquellos que Galia tiende a mirar obnubilada y con su boquita sin cerrar- para acabar torturándome ante el futuro que se avecina. 

Tampoco he viajado a París, sino sólo a Buenos Aires, con Galia y un amigo de ella al que sólo le faltó instalarse dentro de nuestra pieza de hotel para planificar el itinerario del día siguiente (si es que no lo hizo durante mis paseos solitarios por la plaza Roberto Arlt y en ese punto vienen las coincidencias con Pender).

Si soy sincero, mucho antes de la película de Woody Allen recibí una poderosa lección respecto de la inutilidad de vivir añorando una época pretérita y desconocida. Fue en voz de un taxista de edad avanzada cuyo automóvil abordamos con Galia en la Alameda. No recuerdo cómo salió el tema del Santiago de Chile de hace décadas, con tranvías, carruajes, trenes y cacharritos circulando por sus angostas calles, además de casas de adobe, negocios de esquinas, aire puro, vida tranquila. 

Le comenté a Galia, con la idea de impresionarla, que me habría encantado nacer en esa época y no en ésta, con una ciudad tan sombría y banal. Galia me replicaba con el tema de las comodidades, los amigos y yo pensaba en su plancha de pelo, los happy hour y su facebook. 

El taxista nos interrumpió para decirnos que no estaba de acuerdo conmigo. Él había vivido su infancia en esa ciudad en blanco y negro y su recuerdo era distinto a mi ensoñación. “¿Sabe usted a lo que olía Santiago antes de la llegada del smog? A excremento. Sí, amigo, todas las calles estaban pasadas a excremento. Las familias tenían uno o más caballos y los guardaban en las entradas de las casas. Así que imagínese el olorcito en las calles y en los comedores”. 

Dejé a Galia en el departamento y salí, al igual que Gil Pender, a caminar por la ciudad. A diferencia de él, pasada la medianoche no me topé con los fantasmas de autores de cabecera, sino sólo con peatones desconocidos, basureros tumbados, bocinazos y baches en el cemento.

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