Agonía en cueta a gotas


Claudio Rodríguez Morales -.

Fueron dos días -y sus noches- entre escombros. Dos días en que, tras un miedo inicial, respiramos aliviados. Días en que rozamos, culpables, cierta tendencia a la felicidad o al menos algo que se le parecía demasiado. Con Galia contábamos con poca experiencia al respecto. Éramos como nuevos ricos: desorientados, criticables y egoístas. La casa en apariencia intacta y el resto de la parentela sana y salva. Eso bastaba para relajar nuestras venas y su curso licuado. Mientras tanto la ciudad –o lo que quedaba de ella-, se venía abajo hasta con un soplido.

Nada de luz eléctrica, débil señal de teléfono, un hilo de agua saliendo por las cañerías. La voz de una radioemisora sonando desde una casa vecina, alimentada de seguro a baterías. Primero informando y después distrayendo, haciendo más llevadera la tragedia (ajena). 

Nuestra convivencia extendiéndose desde el mismísimo amanecer. Conversación sin prisa. Ir en busca de víveres al negocio familiar de la cuadra (a diferencia de otros comerciantes, su dueño no subió los precios, dio facilidades a los vecinos y ayudó cuanto pudo para que nadie se quedara sin alimentos). Galia compadeciendo a cada vecina sufriente, tomándola de las manos, abrazándola. Yo, callado, admirando su perfil hasta ser sorprendido por su interrogación gustosa: “¿qué tanto me miras?”.

Cocinar, después, las cuatro comidas en su horario preciso. Lavar en conjunto la loza sobreviviente con él último resto de espuma del envase. Barrer haciendo montoncitos esquineros: loza quebrada, trozos de parquet, tierra, restos de objetos caídos durante el sismo. Cuantificar escombros en el jardín y en el patio de la casa. Compararlos en tamaño con los de las casas vecinas y abrazarnos de júbilo si creíamos ser los ganadores. Leer párrafos de libros al azar que la hicieran reír, pues Galia no estaba para densidades y yo no quería espantarla. Todo debía fluir sobre ella como manantial de agua tibia. Mis dedos también. 

Por las tardes, mis promesas de enmendar rumbo dejaban sus ojos de ardilla muy abiertos, como si de verdad me creyera tanta verborrea intencionada, nacida, por lo demás, de la posibilidad de haber muerto aplastado. Nos admirábamos que la casa no hubiese cedido al remezón, más aún si la comparábamos con la construcción del lado. La suerte nos había escogido, no sabíamos por qué. 

Continuar, ya dentro y sin luz natural, una vigilia equilibrando las velas en nuestras manos, cautivándonos con nuestras sombras. Galia haciéndose la desentendida y yo arremetiendo como un lobo de mar cegatón. Tragedia externa vuelta afrodisiaco incesante hasta para un sujeto remolón. La oscuridad, cubriéndolo todo, siempre nos sorprendía en plena efusividad, sin tiempo para la vergüenza y otras distracciones.

Por más que lo pareciera, el tiempo no se detuvo. Jamás lo hizo. Saberlo sólo me habría generado sofoco. Celebro esa alegría ingenua de corto alcance.

Llegado el lunes, Galia decidió partir. Ansiaba Santiago con todas sus fuerzas. Nunca logré que lo olvidara. Allá la esperaba trabajo, prole, amigos, marido, espacio propio, su trono. Suficiente del olor a provincia terremoteada para ella. “Me voy hasta donde me lleve esta cosa –dijo-. Después veré cómo continuar”. Cuando la vi alejarse arriba de un minibús por el camino de tierra (antes era una calle cualquiera, con comercio y talleres, como tantas que se perdieron debajo de los escombros), más que desearle buen viaje, pensé que el mundo se me vendría encima. “Lograste capear el primer terremoto, más no el segundo”, me dije, sin atreverme a dar un paso fuera de la caseta del paradero –me parecía un islote y el resto fosas abisales- y emprender el regreso a una casa vacía. 

Sin haberlo proyectado, hubo una suave transición. Imperceptible. Apenas ocurrido el sismo, decena de familias levantaron viviendas de emergencia, con carpas y cordeles, en mitad de aquel descampado al que confluían todas las calles de la población. Una vida hogareña, improvisada, al aire libre y múltiple. Reparé en lo valioso que me resultaba aquello de mantener la puerta abierta, salir al jardín y encontrarme con otras vidas. Todas intentando erguirse, recuperar la confianza a pesar de los sonidos subterráneos, el cambio de clima, de los rodados cerro abajo. Niños poniendo a prueba toda su inventiva: “Oiga, tío vecino, soy un puente que se cae con el terremoto”, me gritó un pequeño tirándose al suelo, mientras su hermano mayor se reía con vergüenza detrás de un poste de luz con su ampolleta quebrada.

Sus padres intercambiando y otras veces compartiendo víveres. Dándose valor ante cada réplica: que todo es normal, que estamos en una tierra movediza, que las placas se acomodan, que le vamos a hacer. Después, compartiendo sus esperanzas, miedos, planes de reparación. Echar abajo esto y aquello y a levantar lo de más allá. Próximas tareas para los hombres de la casa. Sus esposas no lo hacían diferente: ahí mismo las vi levantar escombros, mover artefactos, organizar el campamento, repartir raciones, decretar sanciones, corretear a niños, animales y aves. 

Me sorprendí como espectador de toda esta camaradería. Luego, formando parte de ella. Sumarme a las cuadrillas en busca de provisiones. Reír con los primeros chistes. Prestar ayuda como mano de obra. Al cuarto día invitación a comer. “Oiga, vecino, con todo respeto, desde que lo dejó la patrona, usted come puras huevás”, comentaron por mi aporte al rancho con pasteles con crema y dulce de leche. Qué le iba a hacer, si solo eso había conseguido en mi visita al centro de la ciudad.

Por las noches, al despertar en mi cama con una fuerte réplica, los sabía a todos allí, en el descampado. Habría más de alguien a quien contarle mis temores si lo consideraba necesario. “No fue nada, lo peor ya pasó”, escucharía a una voz equivocada, con un brazo en mi hombro.

Al llegar la luz y la televisión, se supo más de la magnitud del desastre. Se hablaba de hordas humanas que entrarían a saquear ciudades enteras. Se clamaba por la intervención de los militares. La Presidente dudaba. Finalmente cedió. Toque de queda nacional. La primera noche en que tuvimos una réplica peligrosa, casi un nuevo terremoto, salí de la casa en busca de compañía. Mis vecinos, respetuosos de la milicia y sus fusiles, se habían retirado a sus casas, algunas a punto de derrumbarse.

Galia también se había retirado, pero antes y muy lejos.

1 comentario:

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