Cazuela y amor infinito

Claudio Rodríguez Morales -.

El gran Daniel sostenía que un diario demora alrededor de cinco años en ser reconocido por la gente, esto es, identificar una noticia con sus páginas, redactores, secciones y hasta con el nombre de la empresa periodística. “A partir de ese momento, las personas pueden discutir y, en el mejor de los casos, agarrarse de las mechas por lo que nosotros publicamos”, acostumbraba a comentar el gran Daniel a su equipo periodístico durante las reuniones de pauta.

Y se necesitan otros cinco años más, continuaba el periodista, para que sus hojas acaben en la calle siguiendo una particular visión meteorológica de su existencia: en el otoño, yendo de una esquina a otra por la acción caprichosa del viento; en el verano, tiesas y amarillas por efecto del sol; y en el invierno, convertidas en una masa amorfa y cremosa bajo la lluvia, como volviendo a sus orígenes. “Ya cuando las hojas se ocupan para envolver carne molida o huesos de cazuela, el proceso de consolidación del diario ha concluido con éxito”, remataba el gran Daniel con los brazos extendidos.

Yo no puedo dejar de relacionar esto último con la suculenta cazuela que nos servimos a la hora de colación junto a Manolito Herrera y Paolo Rodríguez Vianco, mientras me cuentan la serie de anécdotas protagonizadas por uno de los más legendarios directores de diario que han pasado por Talca.

APERTURA

Para vivir ese proceso de evolución mencionado más arriba, el gran Daniel decidió poner en práctica un plan de posicionamiento del diario en la región con medidas audaces. Y los tiempos lo acompañarían: fin de la dictadura, democracia incipiente, ausencia de un competidor de peso. “Manos a la obra y traseros levantados”, fue la máxima dirigida a sus periodistas.

A partir de ese momento, el gran Daniel hizo una serie de cambios en el contenido y el enfoque de las noticias y abrió espacios a los columnistas de diferente índole: religioso, político, cultural, empresarial, sindical, entre otros. Los fines de semana, las corrientes de opinión aprovechaban sus tribunas para dar a conocer sus punto de vista sobre la realidad de la región y del país, y los periodistas se colgaban de sus repercusiones para continuar publicando noticias durante el resto de la semana.

“El gran Daniel fue el primero en publicar la opinión de un comunista cuando nadie más los pescaba”, comenta Rodríguez Vianco, entre medio de una cucharada de cazuela, después de regresar el plato en dos oportunidades al mozo porque no la consideraba demasiado hirviente.

La comunidad Evangélica fue la primera en agradecer esta apertura informativa. Con motivo de su aniversario del diario, organizó una ceremonia en la Catedral de la ciudad, donde hermanos, periodistas, gráficos, diagramadores, vendedores y empleados de las rotativas estuvieron invitados junto a sus respectivas familias.

“Como era fin de semana, la noche anterior nos juntamos varios del diario y estuvimos de parranda hasta las cinco o seis de la mañana. Yo quedé bien mareadito, así que preferí ir a mi casa a dormir, pero el gran Daniel se pasó directo a la Catedral”, comenta Rodríguez Vianco ya finalizando su cazuela para darle paso al postre de leche asada.

No era posible esperar otra decisión del gran Daniel. En esos tiempos era –y no tenemos porqué pensar que ahora haya cambiado- un hombre de compromisos. Ocupó un espacio relativamente anónimo del templo, creyendo mantener a buen resguardo por la distancia, el abrigo y los lentes oscuros las evidencias del trasnoche.

“La ceremonia se dio inicio con un lleno total y en un momento el Pastor le pidió al gran Daniel, en su condición de director del diario, que dirigiera unas palabras a los presentes”, cuenta el periodista Milton Saavedra, testigo de los hechos y evocándolos una madrugada de abril, frente a un suculento pollo mariscal preparado por su colega Rodríguez Vianco.

El gran Daniel, asumiendo su rol protagónico en el encuentro, no manifestó reticencia alguna ante la invitación del Pastor. Se puso de pie, avanzó desde el fondo de la Catedral a lo largo del pasillo esquivando bancas y público, subió al estrado y acomodó el micrófono delante de su cara (lo que se divisaba de ella). Durante unos segundos mantuvo el suspenso antes de decir aquella frase que lo convertirían en un clásico del periodismo maulino:

-Amo a todos los hombres.

Silencio y la perplejidad en casa de Dios.
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Mis agradecimientos a los periodistas Paolo Rodríguez Vianco, Manuel Herrera y Milton Saavedra, cuyos testimonios han sido piedra angular del rescate de éste como de otros legendarios personajes maulinos.

2 comentarios:

  1. Creo que fue sincero y generoso este Daniel. Amar a todos los hombres, incluyendo a los que no merecen ser amados, nos muestra que estamos ante la presencia de un verdadero santo laico.

    Excelente narración, estimado amigo.

    Saludos cordiales desde San Fabián de Alico

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  2. Estaba en la casa de dios, por lo tanto, aquella frase le debe haber salido desde lo mas profundo de su alma (aún en el estado de trasnoche en que se encontraba).
    Que buena manera de aderezar este relato con ese plato tan nuestro y tan apetitoso, cazuela maulina y leche asada.
    Excelente.

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