Brutos y asociadas

Claudio Rodríguez Morales -.

Tengo la impresión que hombres y mujeres transitamos en ocasiones por senderos que no necesariamente nos acercan al refinamiento y la perfección, sino a su antítesis, a un campo minado plagado de barbarismo, inconsciencia y estupidez. Al igual que las placas terrestres, una parte de nuestro cerebro necesita acomodarse cada cierto período, coincidente con reuniones entre pares para abordar temáticas que generan curiosos movimientos en cuerpo y mente que conviene registrar si deseamos saber más de nosotros mismos (aunque no sé qué utilidad podría tener eso a la larga).

Para el caso del género masculino, cuento con ejemplos más a la mano y por razones obvias. Me pregunto cuál será el fenómeno fisiológico que provoca que una sobremesa de amigotes (no daré nombres, no quiero que se me odié más de la cuenta) derive de las altas esferas de la literatura, el cine, la historia y la filosofía a la coprolalia básica y de alcantarilla. Así, las mujeres se convierten en minas o putas, las esposas en brujas, los homosexuales en colas o fletos, las lesbianas en tortilleras, las madres en “esta señora”, las abuelas en viejas, los niños en cabros culiaos. Para qué decir la suerte corrida por negros, judíos, indios, gringos, médicos, jefes, comunistas, políticos, burócratas y empresarios, según sea el mal rato de turno, siempre girando en redondo en un carrusel de improperios, escupos y risotadas.

Las mujeres también realizan su propio acomodo tectónico emocional, el cual es explicitado en ocasiones de manera flagrante y sin pudor alguno. No conozco hija de Eva que no se haya dejado llevar por la tentación de funcionar con esta chúcara parte del cerebro y su respiración coincida con una risa de trompeta. Tampoco conozco aquellas que se desistan a desnudar su vanidad con estímulos provenientes de hombres insignificantes y a elevar a la categoría de prioritaria la reflexión más venial, tan sólo con el acicateo de sus amigas y de los traguitos del happy hours. Como si mostrar por unos momentos levedad significara una suerte de descanso en medio del ajetreo de la sociedad que las agobia, una suerte de vuelta a los orígenes, anterior al mito burdo de la costilla, cuando no le debía dar cuentas al padre, al marido, al hijo ni a ningún malnacido. No hay terremoto comparable a las consecuencias de semejantes actos que van desde un simple pelambre venenoso, el embarazo no deseado hasta el homicidio sin contemplaciones.

Cierro estas deliberaciones con un ejemplo que pone en evidencia nuestra condición de especies básicas, altamente experimentales y predecibles. Dado que mi televisión se encuentra con muchas fallas, he recuperado mi afición por la radiotelefonía. Recorriendo el dial me encontré con un programita donde se recibían llamadas de auditores. Con la originalidad que caracteriza a las reuniones de pauta, el tema eran las relaciones entre hombres y mujeres. Un sujeto comentó que cada vez que salía por las noches en busca de sexo, aplicaba una táctica infalible en bares y pubs. Consistía en mostrarse indiferente hacia la mujer que le interesaba, derivando su atención en otra de menor cuantía del mismo grupo de diversión. Receta infalible para que la presa caiga en la trampa, mostrándose deseosa de ganar la atención del hombre y convirtiendo a su antigua amiga en rival, concluía el sujeto sin disimular su entusiasmo

Hoy por la mañana la Víbora y su cigarro ingresaron a la cocina en los momentos en que yo conversaba con la nueva auxiliar del servicio de aseo, una muchacha discreta y servicial. Giré la cabeza y emití un sonido a modo de saludo y, de inmediato, retomé la plática con la muchacha para evitar más contacto del necesario con tan conflictiva mujer. Recordando el comentario radial, aumenté la dosis de entusiasmo por el relato de la auxiliar sólo para observar de soslayo el compartimiento de la Víbora. De manera sorpresiva, ella insistió en prepararme un nuevo café y en compartir conmigo la mitad del sándwich que tenía dentro del microondas. Una vez que salió de la cocina, derramé el café en el lavaplatos y lancé el sándwich dentro del basurero. Le cerré el ojo en complicidad a la auxiliar y me dirigí hacia mi escritorio pensando en las lecciones de vida de la radiotelefonía chilena.


1 comentario: