Vigilante minarquista

Claudio Rodríguez Morales -.

Si se está verdaderamente solo, la ausencia de vicisitudes acaba por suplirse con sucedáneos. Todos esos espacios vacíos acumulados por la falta de experiencia vital, tarde o temprano se rellenan con lo que alcancen a captar los sentidos. Que no se piense que se trata únicamente de sucesos extraordinarios, únicos y explosivos, sino también de pequeños estallidos que no provocan ni siquiera un tiritón dentro de un ascensor o un monedero. Cuando se está en la condición de “botella a la deriva con mensaje incluido”, hasta la tonalidad de la maleza seca del verano se vuelve relevante, como si fuera una prueba necesaria para enterarse del deterioro masivo que nos circunda.

Lo que antes yo habría considerado una afición propia de vieja solterona, viuda marchita o jubilado abandonado por su prole, se ha convertido en una actividad personal de un hombre que roza los cuarenta, que se encuentra laboral y sexualmente activo (lo que no significa siempre en uso, pero apto para cuando se le requiera), y con suficiente aire en los pulmones.

Lejos de detenerse, esta afición amenaza con incrementarse a través del tiempo. Así, voy reuniendo material de lunes a viernes en el vecindario, en la oficina, en las palabras de alguien que necesita desahogo, husmeando conversaciones ajenas al otro lado de una puerta. También en pasillos, escaleras, patios, galerías, detrás del asiento del microbús, en la fila de un banco; información que luego clasifico durante los fines de semana por nombre, temática, orden alfabético y duración. Una suerte de archivo mental cuya utilidad se inicia y concluye en mis fosas nasales. Terminado aquello, vuelta a empezar con esta ejercitación para mantener en forma la capacidad de vagancia. Las posibilidades son infinitas y mientras se tenga la consciencia de un niño de cinco a doce años (después comienzan otras clases de distracciones), nunca faltará algo en qué entretenerse.    

Lo reconozco. No hay nada más placentero que escuchar conversaciones ajenas. Más aún cuando los comensales tienen buena dicción, claridad de ideas, simpatía y elocuencia. Tal como ocurrió ese día durante el horario de colación. En el centro de la ciudad, frente a los Tribunales, hay un patio de comidas amplio, climatizado, destinado al público leguleyo que trabaja en el sector. Yo no formo parte de aquello, pues soy un burócrata del barrio Mapocho con cierta inquietud en el alma. Camino unas cuadras para cambiar de aire, alimentarme y para saber de aquello que pudo ser y no fue.

Me siento de espaldas a una mesa ocupada por un grupo de muchachos, abogados con seguridad o aspirantes a serlo. Los escucho hablar en voz alta. De materias de su ámbito transitan a la llamada Red Liberal, grupo político de carácter virtual que difunde sus ideas a través de Facebook, Twitter y Whatsapp.  Uno de ellos, el más locuaz, se define como alguien a punto de abandonar el movimiento. Argumenta que el camino tomado en el último tiempo por Red Liberal no va con sus principios minarquistas. Por lo que le alcancé a oír, el minarquismo es una ideología que busca reducir el Estado a su mínimo expresión como única alternativa para conformar una sociedad de hombres y mujeres libres. Por lo tanto, dicen los practicantes de esta ideología, el tamaño del Estado debe ser el justo y necesario para proteger el espacio aéreo - terrestre de la nación, garantizar la libertad de sus habitantes y velar por el funcionamiento de la justicia, la policía y las cárceles. Es lo que los minarquistas llaman el Estado “vigilante” (me recuerda a Batman parado en una cornisa de un edificio, mirando la ciudad de noche y con rostro severo).

Cuando sus amigos le preguntaron al muchacho minarquista la razón de por qué aún no abandonaba Red Liberal y se sumaba o conformaba él un movimiento más acorde con sus convicciones, respondió con la misma seguridad del inicio: “Aún no llega la respuesta a mi carta de renuncia de parte de la directiva de la Red Liberal. Mientras eso no pase, mi partida no es oficial. Yo no me mando solo”. 

2 comentarios:

  1. El voraz escritor busca sus nutrientes hasta debajo de las piedras. Muy bueno, estimado amigo.

    ResponderEliminar
  2. Que capacidad tienes Claudio, para captar lo que aparentemente es cotidiano, y luego presentarlo en forma entretenido y magistral.

    Saludos

    ResponderEliminar