Santiago, invierno y acero

Claudio Rodríguez Morales -.

A la salida de tren subterráneo, no esperamos de Santiago más que su invierno crudo y gris. Apostamos al frío colándose debajo de tu falda sin que las medias cumplan su cometido y que las temperaturas bajo cero lleguen a cada uno de mis bolsillos y dentro de mis zapatos. No queda otra alternativa más que arroparse por las mañanas como preparando las partes de una armadura, aleonarse en el trabajo con dosis de café y sudar durante el reencuentro dentro del vagón del Metro, como si fuese pleno verano.

Al final de la escalera mecánica, donde acostumbran a ubicarse comerciantes de libros usados, frituras, artesanías, tortillas con chicharrones y seguidores de Khishna, cientos de golpes se vuelven un bullicio único, irregular y caótico. Pienso lo peor: porrazos dados por manifestantes sobre la reja de metal de la estación, imposibilitados de descender a las boleterías para refugiarse de la arremetida policial. En algún momento acabarían destruyendo los barrotes, corriendo escaleras abajo y pasándonos por encima, sin que nosotros pudiéramos levantar siquiera un brazo, consumidos por una marea humana, completamente ahogados. Pero nada de eso ocurre. Sólo se mantiene el ruido ambiente que crece mientras nos acercamos al exterior, sin comprender aún de qué se trata todo ese escándalo.

Atolondrado, busco dentro de mi maletín restos de sal y limón que puse en un pañuelo para protegernos del efecto de las bombas lacrimógenas. Tú haces lo mismo dentro de tu cartera, ese abismo cuyas coordenadas nunca logro descifrar. Todo es inútil. Le habíamos entregado nuestras provisiones de sal y limón a la niña en la mañana, al enterarnos de sus primeros pasos en subversión, participando con sus compañeros en la toma de su colegio, arrumbando sillas y mesas en las ventanas, cerrándoles el paso a profesores, inspectores, carabineros y hasta al alcalde, apostando por el todo o nada. Con preocupación, comentas que es mejor irse con cuidado, ya que ella siempre hará todo lo contrario a lo que nosotros, tan retrógrados y conservadores, le aconsejemos. Yo asiento sin aportar nada más. ¿Cómo llamar a una cordura en la que descreo totalmente? Nos resignamos a una caminata ahogada hacia el departamento y tú, de vez en cuando te refugiarás en mi hombro, desesperada de tanto ardor y lamentándote del barrio que yo te di para vivir, sin saber que todo Santiago es una caldera en esos momentos.

No estábamos preparados para un escenario diferente. Un poco de algarabía, algo de festejo, también de furia e improvisación. Unos con golpes rítmicos, semejando las batucadas de algún candidato al municipio o al parlamento, otros completamente fuera de compás, anárquicos y sin otro propósito más que alborotar la ciudad. Pero todos los golpes dados con fuerza, todos sin pensar en la pausa. Ollas, sartenes y cacerolas vibrando por el choque de cucharas, tenedores y cuchillo. Por lo visto nadie se molesta ni se siente invadido, cada uno hace valer su derecho a ocupar un lugar en esta orquesta dirigida por un director esquizofrénico.

Al medio de la avenida Ricardo Cummings, en el bandejón que separa las dos pistas de vehículos, tres muchachos intentan mantener viva una fogata, animando al resto para hacer un barricada que impida el paso de vehículos. Se ven solitarios, como náufragos en una isla. El entusiasmo está en el bullicio y en la nueva jugada que permitirá sobrevivir, mutarse en medio de la protesta, no dar pie a la acusación de vandalismo ni pisar el palito del Ministro carcelero y sus perros sabuesos. Piensas en el lumpen, aquel fascismo con infiltrados que se deleita descerrajando cortinas metálicas de negocios, abriendo quioscos, saqueando departamentos, quemando basureros. Ellos saldrán con cualquier pretexto, te explico. Si no es el equipo de fútbol, serán las alzas, los empleados públicos, la educación o el medioambiente, aunque ninguno sepa dominar dos veces la pelota, comparar precios, estudiar el estatuto administrativo ni menos el calentamiento global.

Decenas de alborotadores se multiplican por calle Catedral hacia el oeste. Copan la vereda, el medio de la calle, el frontis y el jardín de la parroquia Capuchinos, la estatua del Padre Pío, la casona del Colegio de Profesores. Se extienden por Manuel Bulnes hacia el norte, en dirección al Mapocho y el ímpetu no decae. Algunos vecinos se asoman a los balcones y otros se congregan en la entrada de los cités, cada uno con sus instrumentos aferrados a sus manos. Nosotros pasamos a su lado, aún sorprendidos de esta puesta en escena tan coordinadamente imperfecta. Nos preguntamos por la convocatoria y la ausencia de las Fuerzas Especiales, cuyos agentes parecen preparados para la guerra y que arrasan con todo a su paso. Andarán correteando insurgentes en la Alameda, pensamos.

Te hablo de los estudiantes, aquellos que hace meses tienen al país alborotado con su modo de manifestarse. De esta nueva finta al gobierno, de la cultura subversiva mutándose para sobrevivir y continuar estirando la cuerda. Pero no son sólo ellos. Ahora se suman familias completas. Niños de dos, tres años con sus pailas de cobre y una cucharita de té. Para ellos es un juego, mas no para sus padres. A éstos los veo sombríos, agotados, con una pequeña llama de ira dentro de sus ojos. La culpa es de las deudas, las tarjetas de crédito, los precios de los medicamentos, las eternas esperas del transporte público, malos sueldos, horarios leoninos y, por sobre todo, una educación mediocre y cara para sus críos.

Más adelante, adolescentes con ganas de algarabía y deseos de pasar un momento hedónico, desordenan más el ritmo, como si se tratara de una fiesta al aire libre. Jubilados con sus nietos criados a la fuerza, nacidos sin planificación familiar, por el consejo de la iglesia, entregan otro par de notas a esta partitura improvisada. Algunos avanzan en dirección contraria a la nuestra, otros arman su propio punto estratégico en la antigua biblioteca anarquista Saco y Vanzetti, en la Casa Chilota, en la puerta del consultorio público Ignacio Domeiko. Nos buscan con la mirada para corroborar nuestro asentimiento, yo sonrío, levanto el pulgar y tú contemplas en silencio, preocupada.

Cambiamos el frío por un calor sofocante. Es la caldera social, donde no se hace necesario levantar las palmas de las manos para sentir la llama quemante que aumenta su radio de alcance. Al menos por ese momento, olvidamos nuestros dramas diarios y nos volcamos al pasado. Te comento de cómo hace más de veinte años una explosión de dinamita derribaba una torre eléctrica y se remecían ventanas, paredes y puertas de aquel vecindario de Puente Alto. Oscuridad total. Más adelante venía el sonido metálico multiplicado en un horizonte imaginario, un clamor bullicioso y contundente en contra de la dictadura. Por orden de mi padre, todos ocultos en el fondo de la casa, manifestando la rabia en contra de ese poder intolerable, junto con cientos, miles de hogares reproduciendo la escena: cucharas golpeando cacerolas. Mientras las calles eran patrulladas por milicos pintarrajeados con corcho quemado, estilo comando, portando fusiles y revólveres cargados, dispuestos a usarlos a quemarropa. Me dices que en tu ciudad eso no se vivió, toda esta protesta es una novedad para ti. Ahora el asunto es contra Piñera, y temes que todo termine mal, mejor llegar a casa y reencontrarnos con la niña. Es contra Piñera y sus socios pinochetistas, te recuerdo y tú levantas los hombros. No eres responsable de aquello, pero aún así todo puede terminar mal.

A medida que avanzamos el concierto caótico continúa. En la esquina de Santo Domingo con Rosas, aceras, casas antiguas, edificios de departamentos, negocios de abarrotes, locales de internet y de llamadas de larga distancia repletos de manifestantes con sus armas de acero inoxidable. Los quiltros no quieren perderse la posibilidad de jolgorio, saltan, corretean y ladran como uno más en la protesta. Los inmigrantes observan con curiosidad, el país los explota pero también los observa. No quieren problemas, ya tienen bastantes en esta ciudad hostil.

La Plaza Yungay vuelta escenario de un carnaval, un sonido multiplicado por todo el resto de Santiago. Coreografías bufonescas alrededor del monumento de piedra en homenaje al Roto Chileno, una danza tribal, el regreso de nuestra sangre Picunche rebelde, si es que alguna vez existió aquello. ¿De qué se trata todo esto? ¿Será la nueva cuestión social, el despertar del pueblo que tanto clama el historiador popular Gabriel Salazar?, me pregunto, intentando buscar respuesta en los libros leídos y que acumulo en el suelo del departamento, porque ya no nos caben en la repisa. Es gente que está harta de que la pasen a llevar, me contestas. ¿Dónde nos ubicamos nosotros?, te pregunto. Sí, ¿dónde nos ubicamos nosotros?, me replicas.

En tus ojos veo el reflejo de una cacerola golpeada por una cuchara.

1 comentario:

  1. Mas que clamor, es una realidad; lo señala claramente el Profesor Salazar.

    saludos

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