Zumbido ilustrado

Claudio Rodríguez Morales -.
Antes que suene el despertador y para evitar molestias innecesarias, busco desconectar la alarma. Cuesta encontrar en la penumbra el botoncito preciso entre tantos que aparecen bajo la pantalla del celular. Cuando lo logro, lanzo un suspiro de alivio. Me deslizo con sigilo a la ducha que, de tan helada, me deja en su punto para las próximas horas de ascetismo voluntario. Es una mañana de domingo destinada al estudio de la cátedra de Derecho Civil II impartido por la señorita Parra.

Abro de par en par el ventanal de la terraza para aprovechar la brisa mañanera antes que calor del mediodía se la lleve al otro lado del hemisferio. Un tazón de café cargado y medio azucarado bastará para mantener la mente despejada, perceptiva y lúcida. Nada de tostadas bañadas en mantequilla que impregnen con su tibieza apetitosa pasillos y habitaciones. Eso sería sucumbir a los placeres mundanos y de ahí a la inactividad sólo hay un paso. Nada de música que desconcentre, invoque pasiones inútiles o despierte a las bellas durmientes. Necesito una mente desocupada para colmarla con conocimientos ligados a las ciencias jurídicas. O, intentando ser más precisos, doctrina y jurisprudencia, según el decir de la señorita Parra, con aquel rigor, sapiencia, talento, arquitectura, sangre fría y algo de malicia que despliega en el aula, como si fuesen pasos de una coreografía de ballet.

Vamos revisando los apuntes. Subtítulo en la parte alta de la hoja, extremo izquierdo: Bienes Muebles. Leo: son aquellos que pueden transportarse de un lugar a otro, sea moviéndose ellos mismos o por una fuerza externa. Levanto la cabeza para repetir en voz alta. No demasiado, lo suficiente para oírme y percatarme de los yerros. Bienes muebles son aquellos que transportándose… ellos mismos… con fuerza externa… como volar, por ejemplo… moscas colándose por el ventanal de la terraza. Son tres. Enormes y bulliciosas. Tábanos para ser más precisos, como los que acompañan el ascenso y descenso en las Termas de Chillán.

Tras provocarme comezón en la rodilla (llevo puesto un short gastado y sumamente cómodo), se desplazan de un extremo a otro del living con arrogancia y son de burla. Tomo un libro grueso del estante, intento derribarlas dándoles con las tapas en pleno vuelo, pero fallo dos, tres veces. Aprovecho el ímpetu y corroboro un antecedente que se me viene a la cabeza: en el antiguo Egipto las moscas eran utilizadas como amuletos, pues se les atribuían virtudes sobrenaturales, como atraer la buena suerte, alejar la contraria y todos los matices intermedios. Más tarde optaron por confeccionarlas en piedra, porcelana, loza y vidrio, imagino que para evitar las infecciones, más aún en una época en que la penicilina brillaba por su ausencia.

De seguro todo esto algo tiene que ver en el desarrollo del Derecho Civil, heredero del Derecho Romano, cuyos autores anduvieron por Egipto haciendo de las suyas. Llevando y trayendo cultura, para que suene mejor. Cuestión de relacionar un tema con otro, de aplicar la lógica, otro poco de nemotecnia. Una obviedad, como dice la señorita Parra cada vez que nuestro entendimiento va a la zaga del ritmo de su cátedra. Demasiado mustios para su gusto, por lo que decide enviarnos al baño para mojarnos la cara, tomar un poco de aire en el pasillo, comprarnos un café en el casino, no sin antes advertirnos que disponemos de no más de diez minutos.  Si hacemos esto último, nos recuerda, se concretará un contrato de compraventa, aunque nosotros creamos que las cosas son porque sí. De paso, repite que el pago, al igual que la tradición, “extingue obligaciones” y no “extiende” como dije en uno de los repasos y donde me llevé una vergüenza de aquellas.

Intento volver en materia: de Civil a Roma y de Roma a Egipto. Marco Antonio recorriendo con sus manos a la carne bronceada de Cleopatra: ¿habrá tomado el conquistador consciencia del valor de las moscas para el éxito en la vida y en los negocios? Capaz que una roncha en la nalga derecha de la emperatriz, haya sido el motivo de distracción en este aprendizaje. Digo, si la libido distrae y hace caer hogares y también imperios. Imagino una película triple X sobre el tema, una interesante manera de hacer algo de dinero, pero ¿dónde reclutar actores? No es llegar y escoger de cualquier lado. Con el guion me las arreglaría, algo entre Tinto Brass y Pier Paolo Pasolini, pero la producción sí que es complicada. En una parte de la trama -porque trama tendrá, si no será sólo dele que suene- el detalle de las moscas le pasaría la cuenta a Marco Antonio. No por nada decidió despedirse de este mundo obstruyendo el paso de oxígeno a través de su cuello. Quién hubiera podido con el intrigante César Augusto (otro Augusto que usurpa lo ajeno) y, en una de esas, llevando un par de mosquitas en el cuello que lo asesoraron en la estrategia precisa para derrotar al compañero de cama de Cleopatra.

Por lo tanto, continúo con el estudio, las moscas en nuestra legislación caerían en la categoría de bienes muebles por naturaleza y semovientes. ¿Estará de acuerdo conmigo la señorita Parra? Capaz que opine, aguantando la respiración y como si se fuera a desmayar ante tanta ignorancia en un solo cerebro, una aberración jurídica. Mientras, las moscas se mueven de un lado a otro, chocando con las paredes, haciendo piruetas en el cielo, bordeando un vaso con restos de pisco sour, el platito con crema de torta Pompadour o con mitades de canapé ave pimentón, evidencias del trasnoche amistoso precedente, haciéndome exasperar por mis movimientos inútiles, sin perder jamás su individualidad de trío insufrible. 

¿Y si las moscas responden a una fuerza superior insertada dentro de ese cerebro más rápido que un ordenador? ¿O enrollada en una de las antenas como dispositivo? ¿Tal vez cámaras fotográficas dispuestas en sus decenas de ojos? Todo por el puro gusto de joderle la existencia a un estudiante madrugador como este servidor.

Con movimientos robóticos, hago temblar el tazón de café puesto sobre la mesa, siguiéndome el líquido como si fuese un oleaje, casi rebalsando, trastabillando en la cacería frustrada y casi provocando un ruido de proporciones que habría despertado a las bellas durmientes. Adiós estudio y, con ello, adiós crecimiento y progreso.

O bien considerar a las moscas como bienes muebles por anticipación, productos o accesorios de un inmueble (la mugre del Mapocho que, de tan infesta, se encuentra unida desde la raíz al borde del río, sin poder arrancarla de ahí, por lo tanto, un verdadero problema al concepto de bienes inmuebles por adherencia. ¡Vaya cómo demuestro mis avances!)… por el solo efecto de constituir un derecho sobre ellos (sobre la mugre infesta, inamovible, que aparece junto a la civilización de la metrópoli, con raíces, para que quede claro)… a favor de otra persona distinta del dueño (que puede ser este aprendiz de ciencia jurídicas y más que un derecho, es un perjuicio, el derecho a ser fregado, si me aprietan un poco)… mientras sus auténticos dueños, cartoneros, lanzas fugitivos, guarenes tostándose al sol o los mismos egipcios asumiendo el papel colonialista tal como lo hicieron los romanos, ni se inmutan en esto de hacer valer el ordenamiento jurídico… Al oír cantar un gallo sin saber dónde, capaz que se considere a las moscas como Bienes Nacionales de uso Público por su aporte al ciclo de la vida y ante la expropiación del Estado nada que hacer, adelante llévenselas de mi casa.

¿Cuál sería la manía de los hijos del Nilo por darles virtudes a cosas pedestres como estos asquerosillos insectos que vuelan y vuelan sobre mi paciencia? Bienes móviles, alados y sucios, una nueva categoría para el Derecho Civil. Si los egipcios y los romanos lo hicieron, entonces yo también. El derecho, antes que todo, es dictar precedentes. Si se lo comento a la señorita Parra, capaz que lo incorpore a los apuntes, lo bautice como doctrina Rodríguez Morales, junto con Alessandri y Claro Solar. Sonaría bonito al menos y, en reconocimiento, capaz que me nombre su ayudante. Pero me parece que en eso estoy un tanto pasadito, mustio, según el buen decir. ¿Ayudante sénior en estos tiempos de divina juventud? Difícil. Pero tranquilo. Calmado, nervioso. Mejor dejarlo como idea nomás, guardadita en un cajón  de la memoria. Comentársela después del examen cuando todo esté oleado y sacramentado. En una de esas, la pillo volando bajo, y le parece muy bien pero muy bien, Cholito.

No sé si es peor la ignorancia o el sol que quema el marco de la ventana. Siendo la doce del día en Chile continental, no he conseguido pasar de la primera hoja de los apuntes de Bienes. Por si fuera poco, la rodilla enronchada por la alergia y un tazón de café frío sobre la mesa.

¡Esta vida de estudiante!

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