Walter Mitty o la fantasía patológica del escribiente

Claudio Rodríguez Morales -.


De vez en cuando el cine retoma la temática de las enfermedades. Los aciertos varían según las capacidades que tengan director, productor, guionista y actores de apelar a las fibras íntimas de quienes ocupan las butacas. No necesariamente se debe caer en lo lacrimoso, también es factible hacerlo mediante la risa. Como sea que ocurra, aquellos que ven reflejados sus propias sintomatologías en la pantalla, sienten una suerte de abrazo amistoso alrededor de sus pesares que les da un poco más de sentido en sus vidas. Al menos mientras dura el efecto de la película y que no va más allá de dos o tres semanas.

En esta ocasión el turno le corresponde al comediante Ben Stiller. A través de la actuación y la dirección, ha dado vida en la pantalla a una versión libre del personaje creado por el escritor James Thurber en 1939, Walter Mitty (la traducción al castellano es “La increíble vida de Walter Mitty”). Encargado del archivo de negativos fotográficos de la revista Life, Mitty parece el síndrome de la ensoñación que hace que su mente se desborde cada vez que se siente superado por las circunstancias. Se convierte, así, en protagonista de diferentes aventuras nacidas dentro de su gimnástica cabeza, desde rescatista de edificios de altura, montañista, héroe urbano, astronauta, galán ingenioso y hasta artista plástico. Su capacidad inventiva es mayor a medida que la situación se relaciona con Cheryl (Kristen Wiig), una colega hacia la cual se siente atraído y, como todo buen tímido taciturno, tan sólo por unas cuantas sonrisas de cortesía, espionaje a través de Internet y fisgoneo en los pasillos.

Ni siquiera el cierre de la revista Life -producto de una fusión de compañías- ni la amenaza latente de la cesantía, logra cambiar la conducta de Walter. Por el contrario, acentúa aún más sus delirios, en especial cuando extravía el negativo de la imagen destinada a ser la portada del último número de Life, enviado desde un lugar remoto por el fotógrafo y aventurero, Sean O’ Connell (Sean Penn). 

Puede que la película en guion y dirección no sea una propuesta revolucionaria del Séptimo Arte. Y en caso de serlo, no pretendo adelantarme al juicio del tiempo, más aún si todavía se escuchan las risotadas ante la escena donde Mitty compite por ganarles una bicicleta a un grupo de chilenos ansiosos de sexo, tras una prolongada travesía en el océano. Sí quisiera reparar en esos aspectos que hacen que las ficciones abran puertas mentales que obnubilen, asombren y motiven. Al igual que Mitty, reconozco verme afectado por ensoñaciones demasiado activas. Durante el transcurso de mi vida he ido acumulando una buena cantidad de experiencias excesivamente cerebrales y escasamente musculares. Recuerdo mi transformación en puntero izquierdo de los clubes Santiago Wanderers, Trasandino, Green Cross, Colo Colo, Cobreloa, América de México y Olimpia de Paraguay, en calidad de goleador y experto en tiros libres y centros al segundo palo con excelente habilitación para el jugador número nueve.

Más tarde vino el rol de director técnico con mi propia y clásica vestimenta (sombrero Indiana Jones, chaqueta y botas de cuero, poleras jetonas, jeans, barba, puro con tabaco fino y una petaca de whisky) de los clubes San Felipe, Rangers, Everton (vice campeón de la Copa Polla Gol y del torneo Conmebol), Cobreloa (campeón nacional y vice campeón de América), Santiago Wanderers (también presidente honorario), Velez Safierd y las selecciones de Chile, Uruguay y México (en estas tres últimas con un par de exitosos Mundiales y Copas América en el bolsillo). 

Por esa misma época, maticé el afán pelotero con la disputa del título mundial de boxeo en el Fortín Prat de Valparaíso (siempre dejando como membrillo a mi enemigo de turno), en el plan de tenista profesional con zurda demoledora y chanfle incontrolable en las canchas sintéticas de Puente Alto, además de seleccionado nacional de pingpong y líder de una banda de rock latino durante los veranos ochenteros. Para el resto del año quedaban mi papel de astronauta soviético y socialista intergaláctico, superhéroe de la DC y Marvel, además de protagonista de las primeras series japonesas pasadas por la televisión en blanco y negro: Ultraman, Ultraseven y Robot Gigante.

Unas líneas destacadas merece el cuento de James Thurber titulado “La secreta vida de Walter Mitty”, mencionado más arriba y que sirviera de inspiración para la comedia de Stiller, así como para otra película de 1947, protagonizada por Danny Kaye y Virginia Mayo. Tras su lectura se puede corroborar que el transcurso del tiempo no ha mermado la calidad, ritmo e inventiva de esta obra maestra de Thurber (considerado injustamente en algunas reseñas como simple “humorista”), puesto que permite, con total vigencia, acercar al resto del mundo los avatares de quienes gastamos buena parte del día imaginando más de la cuenta.

2 comentarios:

  1. me hiciste pensar con lo de "ensoñaciones activas" en personas, autores y actores, con las que he tenido contacto "virtual" este fin de semana: los Huxley en su etapa final, la psicodélica, y la actriz Magee Smith en "My house in Umbria" en la que interpreta a una novelista rosa que adivina la realidad. Según la describes, la película protagonizada por Ben Stiller merece la pena de verse porque es un buen comediante pero esta vez sale en una peli seria. LIFE, de Henry Booth Luce, fue una creación mediática que marcó pauta porque con sus enormes fotos a todo color y de total actualidad creó una percepción diferente de la "realidad" en el mundo de la post-guerra: realidad distorsionada, enorme, encandilante, protagonística, vertiginosa, a la que todo hombre-y-mujer-masa ansiaba llegar para pertenecer a ella y sentirse alguien. LIFE pre-creó nuestra realidad actual décadas antes de que hubiera internet. El genio de Luce y el de su esposa, la escritora y embajadora Claire Booth Luce ("The Women") se combinaron en explosión química para dar luz a Life... y luego a Time, las dos revistas que definen la cultura USA: Vida y Tiempo, Life & Time. Recientemente los Luce, sus avatares, su penoso y fulgurante "matrimonio" (blanco), la difícil masculinidad de él (su amante reveló que le costó seis meses lograr una erección y, tras años de esperar en vano que la desposara, ella decidió casarse con el escritor judío Norman Mailer), los intentos de suicidio de ella, sus experimentos con LDS, su catolicismo espasmódico, la muerte de su hija. Todo ello aparece en el último número de Vanity Fair y me convence de que los Luce son la pareja que generó nuestra cultura mediática y bien merecen una película.

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    1. se me olvidó: Claire fue una de nuestras primeras congresistas
      http://www.vanityfair.com/society/features/1988/03/clare-boothe-luce-profile

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