Yo, perro desgraciado

Claudio Rodríguez Morales -.

Antes siquiera de recoger la primera piedra. Antes de probar articulaciones. Antes de afinar la puntería hacia el objetivo delante de mis ojos. Antes de pensar en aquello en que desahogaré sed de justicia… antes de todo eso, me concedo un minuto para una reflexión forzada. Llegada la medianía y con la despedida en la lontananza, los caprichosos hechos logran su objetivo: mantenerme en vela y hacerme llegar al descampado sin haber descasado lo suficiente. Aunque tenga el ovalado camote en mi mano, listo para el lanzamiento, me detengo en el intento. Lo vuelvo a poner en el suelo, en el mismo lugar desde donde lo levanté, junto a la maleza y en una cuenca de barro que dejó su volumen ausente. Pienso: ¿eres merecedor de semejante privilegio? ¿Puedes sancionar una conducta cuya motivación te ha hecho protagonista en el pasado, al igual que el sujeto que hoy condenas? Si la única diferencia radica en que tus actos están avalados por las estadísticas, edificios y una ruma de papeles. ¿Acaso para  vedar el rol justiciero sólo se aceptan psicópatas, genocidas (si es que…), estafadores, ladrones o depravados sexuales? Se trata de un ejercicio, más que válido, necesario para confrontarse a la propia calavera, ahora que la están precisando de tantos y remotos lugares. Decir con honestidad, es así cómo lo veo, cómo pienso, cómo ejecuto mis actos, cómo llego a este momento de arrojar el camote, poniendo a prueba la mejor puntería de que dispongo. Mientras tanto, el camote aún permanece en el suelo, en la cuenca, junto a la maleza bien mojada, esperando que lo vuelva a sacar de allí. Revísate. Sí, a ti mismo. Tal como estás, de cuclillas. Piensa en  todas las ocasiones en que has merecido ser llamado perro desgraciado, maldito, malnacido, hijo de la gran puta (con el debido respeto de las esforzadas meretrices que no le roban un peso a nadie), no por la justicia acuosa de los tribunales, sino por algo más cotidiano, la desesperación de la víctima y la ira del testigo, que pueden ser o no ser la misma persona en diferentes fases temporales, que pueden variar en posiciones, pero jamás en la intensidad del azufre. Suficiente para ubicarte en el lado inverso, el de los maldadosos a consciencia. Aparecen los ojos de mujer engañada (menorcita, esperanzada, adobada de mi palabrería insulsa, con las manos entrelazadas con las mías sobre la mesa), el llanto del crío desconocido junto a ella ya convertida en madre. La voz temblorosa del empleaducho pidiendo unas limosnas de aumento y tú contestándole con el viento de las hojas que contienen los currículums de sus competidores, o bien celebrando, desde el escritorio del frente, como un igual, el fracaso de su intento que tu mismo incentivaste en una sobremesa. Tu propia mirada esquivando el dolor de la calle, a las preñadas y ancianas urbanas, a los vagabundos pestilentes, a los niños delincuentes, a los ciego y tullidos. Esquivando las protestas en contra de nuevas tiranías que no alteran tu metro cuadrado (por el contrario, lo remarcan). Promoviendo la mofa gutural –incluso las golpizas nocturnas, con cadenas y linchacos- hacia los que prefieren, a la hora del placer, a los de su mismo sexo, como si de verdad aquello incumbiera a tu retaguardia, vaya a saber uno qué hiciste con ella en privado. Alimentando la odiosidad hacia el adversario (ese que molesta, agota y altera), la ridiculización de sus propuestas, las ganas de acriminarte sobre su cogote tan de pollo a descuartizar, siempre y cuando no lo hayas hecho antes, a la maleta y en plena calle. La mentira a la chica conocida de pasada, una esquina, una espera, arriba del autobús, fornicación para liberarse del empacho a la orilla de alguna carretera, y fingir atender a sus problemas, evitando que se escape un ronquido. La confianza de tu madre con el dinero sucio que le pertenecía, que ganó lavando ropa ajena, cosiendo o acostándose con su jefe, y que ahora cargas en el bolsillo para pagarte el vicio (cigarros, alcohol, mujeres, un paseante del camino). En tu condición y compromiso, confesarle tu deseo a una mujer que detesta los pasatiempos y que si no es la culpa, es ella, en su desnudez, la que no te deja dormir con una estaca emergiendo bajo tu vientre, alimentada desde miles de kilómetro, al otro lado, por sus pornográficas travesuras.
Aun así, recojo el camote. ¡Toma, perro! Da justo en medio de un cráneo. Ojalá sea de alguien peor que yo. No podría con la culpa de haber herido o matado a un ángel.

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