Domingo carcelario con Rubén Adrián Valenzuela

Claudio Rodríguez Morales -.
En casa sólo se compraba el diario los domingos. Más que predilección por uno en particular, se aplicaba el descarte en medio de la oferta limitada y mediocre en esos años de dictadura. Durante 1980 aún estaban frescas en el recuerdo de mi familia las malas artes de El Mercurio en contra del gobierno del Chicho Allende, pues, a fin de cuentas, apenas habían pasado siete años. En Las Últimas Noticias, propiedad de los mismos dueños de El Mercurio, se publicaban “puras leseras” según mi padre y eso que aún no eran los años del hedor farandulero (el paso del tiempo lo ha obligado a adaptarse a los usos y costumbre y ya es posible encontrar en ese hogar puentealtino al trasero pintado de Sigrid Alegría envolviendo restos de comida o los pechos 2.0 de Francisca Undurraga secando el piso del baño por una rotura de cañería o una ducha demasiado larga). En consecuencia, no había ninguna posibilidad de lectura de ambos diarios. Mucho menos de aquel libelo al servicio del tirano que había sido reestrenado hacía unos meses –luego de denominarse La Patria y más tarde, bajo la dirección de la periodista Silvia Pinto, El Cronista- recuperando su nombre original de La Nación.
Por lo tanto, sólo quedaba ese diario de grandes titulares escritos con letras rojas y alarmistas, además de noticias en recuadros de colores, fotos llamativas y de nombre curioso: La Tercera de la Hora. Su origen provenía de los tiempos en que era un subproducto del desaparecido diario La Hora.

Mientras mis padres aprovechaban de dormir unas horas más y recuperar fuerzas para el resto de la semana, yo esperaba en el living de la casa el llamado de un señor coloradito, peinado al agua, muy respetuoso y con fama en el barrio de bebedor. A través de la reja del antejardín, le entregaba dos monedas gigantes de diez pesos que yo había sacado de un cenicero a cambio de un grueso ejemplar de La Tercera que incluía suplementos y algo de publicidad. Antes de despedirse, el señor me recordaba que el miércoles traería el Icarito o lo que mi madre le hubiese encargado para la semana, una revista, una enciclopedia por entregas, alguna colección de libros.

A mis ocho años, era un ritual que esperaba con ansias toda la semana, pese a su brevedad. Primero abría las hojas del comienzo en busca de “La broma en vida” de Percy, chiste de un recuadro que, por lo general, no entendía. En el otro extremo, en las páginas finales, digería las historietas de una tira única de Pepe Antártico (del mismo Percy), además de series extrajeras como El Fantasma, Brick Bradford, Mandrake El Mago y algún otro personaje. Siempre esta lectura me dejaba gusto a poco y con la sensación de que alguna información extra me faltaba para comprenderlas a cabalidad. Si veía a mi padre caminando por el pasillo con sus crespos en desorden, en pijama, bata y pantuflas, lo agotaba con preguntas sobre las historietas que acaba de leer, a lo que él siempre me respondía: “Tengo que leer eso que estás diciendo para entenderlo –antes de encerrarse en el baño, con algo de culpabilidad, remataba-: Lo que pasa es que sólo escuchándote, Cholo, no entiendo nada”.

Ese mismo año, La Tercera comenzó a publicar un par de sábanas con historietas chilenas que consumí con bastante placer –El Huaso Ramón, Alaraco, Lokan El Bárbaro, Las Aventuras de Icarito-, aunque sin continuidad en los capítulos inconclusos.
Cerraba la lectura dominical con el horóscopo, revisión de las películas en cartelera y los programas de televisión.

Salvo el último domingo de 1980.
El quiebre
Aún no se había cumplido ni siquiera un mes desde que un nerd gordo y reprimido asesinara a John Lennon a la salida del Hotel Dakota. Sus últimas fotos tomadas antes de la tragedia -flaco, de pelo largo, lentes y una japonesa pegada a su brazo- me llamaron la atención por lo diferente que lucía el músico inglés comparado con su imagen junto a Los Beatles, siempre simpático, risueño, de terno y corbata. Mi madre tarareaba sus canciones cuando ponía casetes en la radio y yo los veía en dibujos animados en UCV Televisión.
El ejemplar de La Tercera que yo había dejado sobre la mesa del living traía algo diferente que despertó el interés de mis padres cuando se disponían a preparar el desayuno. Mi madre comenzó a leer en voz alta, deteniéndose para comentar, agitar las manos como abanico, calmar los llantos de mi hermanita menor y tomar un poco de aire para seguir leyendo. Del escepticismo mi padre pasó al sumo interés. “Entonces la cuestión sigue… –comentó-. Mañana hay que comprar el diario a primera hora para no quedarnos sin saber qué pasó. ¿Habrá podido salir de la cárcel el fulano?”. Más atrás, viniendo del pasillo, mi tío, por entonces un muchacho veinteañero, también dio su opinión: “La cagó el perico pa’ valiente. En la cárcel sí que son choros”.
Fue la primera vez que en casa se compraron diarios durante varios días consecutivos, hasta culminar una zaga periodística con un elocuente título de portada: “Libre al fin”.
Infiltrado
¿Qué era lo que había llamado tanto la atención de mis padres y a mi tío esa mañana de domingo del 28 de diciembre de 1980? La respuesta se encuentra en una noticia de la portada, con una foto ilustrativa, que rezaba: “Dramático y extraordinario reportaje. La Tercera en la cárcel. Páginas cuatro y cinco”. Abajo se ve la imagen de perfil de un hombre robusto, pelo largo hasta los hombros, peinado hacia atrás con gomina, lente y bigotes, chaqueta y camisa, levantando sus brazos esposados en el aire, a centímetro de una puerta que mantiene abierta por el costado un brazo anónimo. Lo rodean decenas de cabezas entre las que sobresalen las gorras de gendarmes. En el pie de foto se explica que se trata del periodista Rubén Adrián Valenzuela, infiltrado como un reo chileno más, en el momento en que es trasladado del juzgado a la Cárcel Pública, quien contará “una dramática aventura (…) con lujo de detalles” en las páginas indicadas.
El tenor de las otras informaciones incluidas es completamente diferente al trabajo prometido por el periodista – espía, convertido a esas alturas en una suerte de lunar dentro del rotativo. Cuento para ello con una fotografía que reproduce la histórica portada y que me sirve de ayuda memoria. El clásico titular de letras rojas se refiere a los seis millones de dólares que deberá pagar un sujeto apodado “El padrino” por una deuda de facturas en arriendo en el Casino Las Vegas (ese nombre ridículo correspondía al actual Teatro Teletón, epicentro del relajo de los agentes represivos del régimen y donde se montaban fastuosos programas de televisión para mantener vigente el circo de ignorancia y temor en el país). Un recuadro destinado al empate entre Colo Colo y la Universidad de Chile, otro para la rivalidad entre Julio Iglesias y el Puma Rodríguez en el marco del próximo Festival de Viña y un tercero referido al cambio de ministros de la dictadura (incluirlo como una noticia más, le daba al asunto un cariz de normalidad democrática que, en realidad, no era tal). Más abajo, un recuadro dedicado al suplemento Buen Domingo anunciando una entrevista de la periodista Raquel Correa al “Presi”. Imagino que se trata de Pinochet y abajo la pregunta si será el sepulturero de Lan (siguiendo con la especulación, debe referirse a Lan Chile o Línea Aérea Nacional, la cual formó parte de las fraudulentas privatizaciones que llevaría adelante la dictadura. Hablo de una empresa que, con el paso de los años, y tras ventas y fusiones, quedó en manos de otro Presidente, Sebastián Piñera). Dentro del mismo recuadro viene la foto del periodista deportivo Julio Martínez, un reconocido calvo de la televisión, con una peluca que se presenta como implante (a estas alturas, por el nivel de estupidez esbozada, estoy seguro que se trata de broma del Día de los Inocentes), más el desnudo de la animadora Raquel Argandoña (otra broma, ya que de lo contrario sería un tema con que la televisión macharía hasta nuestros días con esta señora regalona del régimen que todavía pulula frente a las cámaras). La hoja cierra con la pregunta ¿qué nos deparará el futuro? La nota sería, sigo suponiendo, con alguna vidente conocida de la época como Zulma o Yolanda Sultana.
Damos los detalles de esta portada por cuanto serán el inicio de uno de los capítulos más trascendentales y sorprendentes del periodismo chileno. Si bien es cierto, el periodismo independiente existía desde hacía varios años -de gran calidad y riesgo para los involucrados-, se trataba en su mayoría de revistas y publicaciones claramente identificables por los perros de presa del dictador. Por lo tanto, podían ser ubicadas, perseguidas y censuradas en un ciclo que ya se volvía interminable. En cambio, la serie de crónicas escritas por Rubén Adrián Valenzuela bajo el título de “La cárcel por dentro” correspondieron a un bombazo lanzando desde el interior de un medio condescendiente con la dictadura, incluso con empleados que cumplían la función de soplones. Sin duda, un gesto temerario del “francotirador” (como apodaban sus colegas a Valenzuela, un tanto peyorativamente, por su costumbre de meterse en problemas con el poder, como cuando comenzó a publicar en la sección de utilidad pública los nombres de detenidos desaparecidos, a fin de recabar datos sobre su paradero), destinado a cuestionar el sistema carcelario, y con ello, una política pública del pinochetismo, con mínimas medidas de seguridad, y que a más de treinta años de su aparición, aún resulta sorprendente. El mismo Valenzuela ha señalado que todavía carga con algunas consecuencias físicas de su acto, producto de los golpes que recibió de aquel personaje nacido de su obra periodística y –por qué no decirlo- literaria, aquella encarnación de la maldad y el abuso conocido como el cabo Juan Rego.
Pesadillas
A mis ocho años, yo también sentí curiosidad por esas publicaciones que, día a día, fueron llegando a casa gracias a mi amigo suplementero, aunque no tuviera la capacidad de leerlas a cabalidad. Sin embargo, sí podía estirar las piernas y apoyar los brazos sobre la mesa para hojear los páginas mencionadas en la portada y grabarme determinados frases que me llenaban de terror. Por ejemplo, aquel referido a la celda de tortura llamada “El Metro”, a las aguas servidas lanzadas al rostro del reo recluido allí a modo de castigo, los desayunos y almuerzos en la madrugada para desorientarlo, las salidas al exterior con el sol encandilando, entre otras “atenciones” de su reclusión. Y los titulares causantes de más de una pesadilla: “Oíste: los gendarmes no somos niñeras de nadie”, “Así me pegaron. Nuestro reportero prosigue su particular relato”. “Vi de cerca a la primera víctima del tenebroso Metro”. “Espectaculares revelaciones del mercado negro tras las rejas”. “El precio que hay que pagar para no sufrir atentados sexuales”, “Mañana el siniestro Metro”, “Donde impera la ley del más duro”, “Los territorios de ‘El Parafina’.” Un espanto que solo sería superado por las noticias referidas a los asesinatos y posterior fusilamiento de los psicópatas de Viña del Mar, un año más tarde y en ese mismo diario.
Rubén Adrián Valenzuela, con una prosa inmediata, ágil, dura y cautivante, mostró un mundo desconocido donde habitaba todo lo que esa sociedad represiva, criminal, cínica, autoritaria, cercenadora y falsa, pretendía mantener lo más lejos posible de las buenas conciencias. Después de todo, se trataba de la vida de delincuentes comunes, sujetos de poca monta, marginales, aquellos que no despiertan la simpatía de la gente de bien, según el decir de la Ministra de Justicia de entonces, Mónica Madariaga, cuando intentaba defender el trabajo de Valenzuela ante su primo y jefe directo, Augusto Pinochet.
Mientras daba vueltas las hojas con dificultad, fui intuyendo lo fascinante, temerario y valiente del acto del señor engominado, de anteojos y bigotes. Ahora que lo pienso, la posibilidad de que Valenzuela no saliera con vida de la experiencia –pues ileso no salió- no era algo disparatado. El impacto de su relato no fue solo en mí, un imberbe puentealtino. Aún recuerdo a mi tío comentando con asombro como un preso sacó la tapa de una bebida gaseosa con la boca (esas que requerían abridor) y a mi madre lamentándose de la suerte del muchacho que asesinó a su padre para defender a su progenitora de los maltratos que éste le daba. Imágenes sueltas, repercusión nacional, un hito que, para el pesar del cronista, no logró modificar en absoluto la actitud de la sociedad chilena hacia la población carcelaria. Aún resuena en mi cabeza el comentario que escuché hace tan solo unas semanas, en una comida de profesionales y académicos –respetables y muy bien educados-, respecto del incendio en la cárcel de San Miguel de diciembre de 2010, donde fallecieron quemados ochenta y un internos. “Podrían haberse muerto todos y habrían hecho un bien a la sociedad”, comentó una abogada del sistema de justicia.
La huella del cronista
Durante mi paso la escuela de periodismo en la década de los 90, intenté redescubrir el legado de Rubén Adrián Valenzuela teniendo el recuerdo de “La cárcel por dentro” como algo difuso, pero sumamente atrayente. Le consulté al profesor de redacción, Héctor Velis Meza, algún antecedente actual del reportero como, por ejemplo, dónde era posible ubicarlo. “Según tengo entendido este señor vive en España”, comentó. Junto con derivarme a la Biblioteca Nacional o a Copesa (consorcio dueño actual de La Tercera) para poder revisar el histórico trabajo de prensa, recordó con mucha jocosidad la oferta del cantante Julio Iglesias, en el marco del Festival de Viña de 1981, de juntar en un abrazo de unidad al periodista y a su antagonista, el cabo Rego. La idea no prosperó, en perjuicio del circo que la dictadura pensaba llevar adelante ese verano.
Al dirigirme a Copesa me ignoraron sin desgastarse en absoluto (nada extraño si lo han hecho con el mismo Valenzuela durante su paso por Chile, sin ser capaces de reconocer a uno de sus profesionales más notables; por lo visto, historia y mercado no son compatibles: otros dueños y adiós pasado). En la Biblioteca Nacional me aseguraron, con un trato parecido a Copesa, que los ejemplares de La Tercera de diciembre del 80 y enero del 81 no estaban en los archivos. La versión oficial es el deterioro de los diarios empastados; la de mi olfato habla de un hurto de parte de algún coleccionista o traficante de joyas patrimoniales.
Acabo de ver hace unos días a René Adrián Valenzuela en una entrevista realizada en un programa de televisión. Ya mayor, de aspecto bonachón y calmado, junto con evocar su proeza en la boca del lobo, cuenta sus peripecias a partir del 11 de septiembre de 1973 al grabar en Radio Magallanes el último discurso del ex Presidente Salvador Allende. Me entero, a través de otras lecturas, de las amenazas que recibió del propio Augusto Pinochet por sus reportajes y crónicas durante su régimen (ambos se conocían de la época en que el dictador no era más que un anónimo y en apariencia inofensivo soldado en el norte de Chile) y unas decenas de anécdotas de este periodista que siempre se ha deslizado al filo de la navaja.
En una edición sencilla pero correcta, Rubén Adrián Valenzuela acaba de editar en formato de libro su legendario reportaje por entregas “La cárcel por dentro”, con portada de su amigo, el artista visual Zerreitug (Rodolfo Gutiérrez). Se trata del texto original, sin cambios de ningún tipo, manteniendo la redacción de la época en que se suprimían las palabras soeces. Decisión del propio Valenzuela para asegurar la mayor fidelidad posible a su trabajo de entonces. Tan sencillo como lo vi en televisión, pude estrechar su mano, la misma con que tecleó sus temerarias crónicas. Lo felicito, intento recordar, decirle lo que había pensado durante todos esos años. Pero se me atropellan las palabras, trato de no ser invasivo, hay gente esperando, recibo su libro autografiado, la fotografía de rigor y me debo dar por satisfecho.
“Ustedes no pueden escribir en primera persona. Gabriel García Márquez puede hacerlo porque es él, pero ustedes no son García Márquez”, dijo el ayudante del profesor Velis Meza, criticando ciertos arranques literarios de los aspirantes a periodista de mi generación. Ahora, leyendo el fascinante libro “La cárcel por dentro”, sé que Rubén Adrián Valenzuela también escribe en primera persona y no siendo García Márquez.
Es Rubén Adrián Valenzuela, me respondo, y con eso basta y sobra.

1 comentario:

  1. Claudio,haces un gran reconocimiento, para un grande del periodismo y las letras.
    Muy bueno y muy documentado tu trabajo.

    Saludos

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