Cristian Sánchez: genialidad a susurros

Claudio Rodríguez Morales -.

Un dato escuchado al pasar. O al pensar. Ambas acciones hermanadas cuando la senectud no planeaba asustarnos todavía con su sombra tenebrosa. Un párrafo de un libro usado. Un artículo de diario o revista. Una cinta de video pirata comprada en el mercado persa del barrio Franklin. Escaramuzas a ferias libres de los arrabales de Santiago buscando la joya perdida que nos salvaría del naufragio. ¿Y por qué no una noviecita? Nadie lo descartaba, salvo ellas y su preferencia. 

¿Los aciertos? No tan frecuentes como lo hubiésemos querido. Época previa a Internet. Había -y esto no lo puedo dejar pasar- buscadores de cachureos profesionales como Manolito Capote y Jorge Muzam, capaces de encontrar una "Cahiers du Cinema" con Bela Lugoze en portada. O un clásico de la literatura universal con firma de autor incluida. Tras el éxito de la pesquisa, estos exploradores emprendían el regreso a casa, mochila al hombro, cruzando una barriada tras otra, con tal de ahorrarse el pasaje en microbús y así guardar chauchas para la próxima visita. Por aquí y por allá, con estos maestros de la compra barata sino gratuita, íbamos descubriendo genialidades para decorar anaqueles interiores como una forma de combatir la soledad, la angustia y el deterioro. Presente y futuro. Era la década perdida. Chicas de chasquilla con gel mirando hacia otro lado. No querían nada con nuestra franela y mezclilla de segunda mano. Nosotros tampoco. 

El cineasta chileno Cristian Sánchez (1951, San Bernardo) tiene su lugar ganado en este espacio. Supe de él en un artículo publicado en un suplemento cultural del diario de Agustín. No recuerdo el año. El texto hacía mención a sus películas. Obras hechas a pulso durante el esplendor de la dictadura. Con la correspondiente oscuridad y carencia económica para aquellos alejados de ese círculo infame. Sánchez entre ellos y en buena hora. Un lenguaje propio destacaba el cronista de Agustín. Lejos de apuestas fallidas que miran hacia el norte. Tampoco una protesta evidente condenada a la hoguera antes de nacer. Mejor la metáfora. Ni llorona ni edulcorada sino con una mueca de burla. Tremendo riesgo y cuánta promesa. Acompañaban la crónica en cuestión, fotografías de algunas escenas de esos filmes fantasmales: personajes perplejos, en blanco y negro, con un aire de fracaso y melancolía, pero sin caer en la debacle. Lo más parecido a un retrato imaginario de la familia de Gregorio Samsa o la imagen, a través de un vidrio, del Agrimensor K y su amante recostados esperando el momento de acceder al castillo. 

¿Pero dónde era posible conseguir esas películas? Varios años debieron transcurrir para que, al fin, pudiera conocer la obra de Cristian Sánchez. ¿La tierra prometida? El mercado persa del barrio Franklin, ¿dónde más? Todos o casi todos sus títulos puestos en improvisadas estanterías iluminadas con luz interior. El sol se perdía primero entre las nubes y lo que quedaba se desviaba en las techumbres de aquel centro de comercio grisáceo, metropolitano y, por momento, al borde de lo legal. La mayoría de los devedés correspondían a un trabajo de rescate de productoras locales. Todo alejado del glamour y el derroche. Precios módicos para un aspirante a pobretón como yo. Pese a ello, frente a la pantalla del televisor o del computador, imágenes impecables con el arte de Sánchez desplegándose pausado y genial. Agradecimiento de este corazón vicioso.

Siguiendo al maestro

A este descubrimiento, agrego otro de carácter paralelo. Un artículo de la desaparecida revista "Enfoque" sobre el cineasta John Cassavettes (a quien también conocí primero de referencias antes de ingresar a su universo creativo con Shadows y Gloria). Recién esta semana vine a percatarme que el autor de la crónica era el propio Sánchez. Un narrador tembloroso (Sánchez en primera persona) debe decidir si abordar o no a su mentor, nada menos que el mismo Cassavettes, a la salida del Festival de Cine de Berlín. La timidez amenaza con superarlo. Su esposa lo anima. Él accede por el costado al coloso del cine independiente. Se toman varias fotografías –única prueba del encuentro- a las que más tarde Sánchez - fans les pierde la pista. Es sólo su palabra en contra del silencio del anonimato. A Sánchez poco le importa. Levanta los hombros y sigue su camino. Le queda trabajo por hacer en Chile. Aunque con lo habido merece la inmortalidad. Sólo él y unos cuantos lo saben. Los milicos no para su fortuna.

Sánchez podría ser nuestro propio Cassavettes. Digo, dada su condición de marginal, alternativo y porfiado. Claro, si tuviésemos una producción cinematográfica chilena de carácter industrial para ponerle al frente. Para bien o para mal, esto no es así. Tenemos películas (buenas, malas, mediocres, no importa), pero carecemos de un gallina ponedora. Los pioneros lo intentaron y no pudieron. La lápida la puso la dictadura y su predilección por las puestas en escena televisivas al estilo de la mafia punga italoamericana: ropa colorinche, maquillaje de varias capas, peinados almidonados, camisas de cuello ancho, chaquetas blancas, animadores empaquetados y mucha ostentación (y si el dólar lo favorecía, una luminaria en decadencia a la carta). 

Alejado de todo eso, Sánchez sigue siendo Sánchez. Heredero de la veta criolla de Raúl Ruiz, antes de convertirse éste en pieza de museo en Europa, regalón de la intelectualidad de izquierda exquisita, plasmador de fantasías surrealistas y del Siglo de Oro Español. Ver cualquiera de las películas de Sánchez (fundamentales: Los deseos concebidos, Zapato chino, El último round) implica para todo chileno un ejercicio de mirarse al espejo y no a la pasada. Es quedarse detenido para reparar en los detalles, el paso del tiempo, las arrugas, verrugas, cicatrices y el olor rancio. Tramas absurdas si pensamos en un argumento tradicional: un adolescente es declarado muerto por el director del liceo al ser sorprendido copiando en un examen; un taxista enamorado de una adolescente provinciana la lleva a vivir a su casa, con su mujer e hijos, acompañado de una gallina; un boxeador fracasado y su mánager ofreciendo claveles a los automovilistas al ritmo de un tango. Historias servidas junto al lenguaje, nuestro lenguaje, ese con el que convivimos todos los días. En clave cinematográfica, un mérito de proporciones. Un espectáculo delirante sin necesidad de artificios, sino con las herramientas mínimas para poder hacer girar el rollo de nitrato de plata. Pronunciar deficiente, frases entrecortadas, decir con el no decir, seudo moralina. Personajes que hablan de manera más que conocida. Como nuestro Augusto haciendo mofa de los ejecutados políticos que compartían una misma urna en el Cementerio General: “¡Qué economía más grande!”, dijo el infeliz a los micrófonos obsecuentes que lo rodeaban y nosotros perplejos ante el televisor. 

Quintana

Para llevar a cabo sus ficciones, Sánchez contaba (ya no) con su alter ego. Así como Martin Scorsese tuvo a Robert de Niro, Cristian Sánchez recurrió a Andrés Quintana. Un hombre maduro, sencillito, de bajo perfil (como se dice ahora), integrante de su equipo técnico que el cineasta decidió moldear y convertir en actor. No en cualquier actor, sino en su actor fetiche. Cansino y anodino, de bigote sobre el labio, como que sí y como que no, Quintana siempre se transforma para seguir siendo el mismo. Sintiendo deseos lujuriosos por su ahijada y por una seudo huérfana que come betún de zapatos. Como entrenador de boxeo intentando enrielar por el buen camino a su pupilo mientras él mismo rueda cuesta abajo. Un auxiliar de liceo que reclama del desorden de los alumnos y comparte con ellos las plantas de marihuana cultivadas con esmero en su cuchitril. Un maestro chasquilla que husmea a la dueña de casa y ésta le corresponde sin dejar de llamarlo “hombrecito”. Siempre Quintana tiene su discurso de perplejidad, mala intención, nobleza de espíritu, caridad de colecta pública, actitud asolapada. Cuando Quintana aparece en escena y habla, es como si todo lo demás se detuviera. Nos provoca una risa que más tarde se vuelve angustia al sabernos poseedores (y portadores) de ese (nuestro) lenguaje de pacotilla. Y pensar que así nos ven afuerita, elucubramos sin superar la vergüenza. Como nuestro Augusto diciendo que estamos en guerra contra el comunismo internacional. Buen y perverso ejemplo, aunque la recomendación viene de muy cerca.

En las entrevistas, Cristian Sánchez se muestra como un intelectual de tomo y lomo. Todas sus respuestas pasan por el cedazo del análisis. Junto con Ruiz y Cassavettes, se declara heredero del francés de obra ascética, Henry Cartier Bresson. Da las recetas para hacer buen cine. Los seres y objetos en estado puro. Evitar las mediaciones y los clichés. Con el objeto en estado puro volver luego a lo real. Mallarme y Valery entregan sus aportes. Si tan solo con eso bastara, habría muchos Cristian Sánchez. Por lo que sé hay uno sólo. En el cine, digo. En otras partes no me hago cargo.

2 comentarios:

  1. Textazo necesario. Sánchez sí tiene dedos para el piano. Un abrazo, amigo.

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  2. Anónimo7/18/2017

    Hola Estimado, gran texto. Un par de correcciones: la película se llama "El otro round", no "El último round" (que sí es una película chilena pero no relacionada), y el cineasta francés al que admira Cristián no es Henry Cartier Bresson sino Robert Bresson. Henry Cartier es fotógrafo. Saludos

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