Fernanda, pan y margarina

Claudio Rodríguez Morales -.

Me encuentro lejos de pertenecer a la generación que recurrió a las empleadas domésticas como peldaños para acceder a la hombría. Algo había escuchado de los abuelos en este sentido, además de la vieja costumbre de frecuentar casas de señoritas. Los padres, por su parte, tuvieron la suerte de la píldora y unas novias (las madres) menos esquivas, encandiladas por el verso sobre la paz y el amor libre.

Dentro de mi círculo de amigos creo que se produjo una suerte de retroceso de todos esos avances de la humanidad. Crecí rodeado de comadronas que tenían casi la misma autoridad de mi madre, con licencia para denunciar cualquier falta de parte mía. Se trataba, más bien, de funcionarias a las órdenes de la dueña de casa para mantener relucientes todos los rincones, atentas a cualquier desborde, con un bigote y unos brazos más gruesos que los de mi padre. Una aventurilla clandestina con el “señorito” de doce años, ni pensarlo. Aún me provoca escalofrío. Por eso prefería permanecer durante horas sentado en la cuneta con mis amigos, aplanando las calles del barrio o arrancando las malezas secas de los sitios eriazos buscando por instinto el camino adecuado para nuestro normal desarrollo.

Por de pronto, debíamos conformarnos con contemplar, desde la distancia, a las niñas que paseaban en bicicleta doblando lentamente en la esquina, con trencitas o moños al viento, propiedad de los matones de mayor edad que, cuando nos sorprendían mirando esos derriers, nos transformaban en víctimas de su fuerza bruta. El castigo más recurrente, acabar amarrado al poste de la luz con lazos de nudo ciego, acompañado sólo de las polillas y los perros vagos. Sin embargo, no era suficiente para amedrentarnos. A fin de cuentas, era nuestro material para las horas de soledad.

Por eso la historia de Fernanda va por otro sendero. Se trataba de alguien diferente, jovial, sólo un par de años mayor que nosotros, con un parecido a Lucía Méndez, la actriz mexicana de los culebrones de Televisa. Desde que la contemplé por primera vez con su delantal rosado noté ese detalle y me di cuenta que podía armar una teleserie propia dentro de mi cabeza, costumbre que no he abandonado. Trabajaba en la casa de mi amigo Gabo, donde existían dos empleadas, una con el turno de la mañana (de las bigotudas y de brazos gruesos) y otra por la tarde, Fernanda. Sólo así se podía mantener una casa con seis hermanos hombres y un conchito llamado Graciela.

A partir de las tres de la tarde me dejaba caer en la casa de Gabo para encontrarme con Fernanda. Comenzó riéndose de mis payasadas y con eso abrió la puerta ancha de mi simpatía. Después pasamos a conversaciones más largas. Sabía de dibujos animados y de series japonesas. Opinaba sobre nuestros juegos, nos devolvía muy risueña la pelota cuando llegaba hasta sus pies y celebraba con besos los goles.

Supe de su atención hacia mí cuando Diana, la pastora alemán de la casa de Gabo, arrancó su correa y salió desafiante hacia la calle. Fernanda gritó mi nombre y soltó la manguera desesperada. Salí raudo a corretear a la fiera para que regresase a su casucha con reja incluida. Ni mi amigo Gabo lograba convencerse de semejante hazaña. Fernanda me compensó con el más exquisito pan amasado con margarina que haya probado en mi vida.

Más adelante, con Gabo prefiriendo ver la televisión y jugar Atari, yo aparecía por aquella casa para ayudar a Fernanda en los quehaceres del día. Me volví un experto en cargar durante horas en los brazos a la pequeña Graciela, en comprar los ingredientes para la once o la cena (cosa que no hacía ni en mi casa), siempre premiado con el pan amasado y un vaso de leche. 

Esta suerte de éxtasis duró hasta una tarde en que pregunté a Gabo por Fernanda. Desinteresado, mi amigo respondió: “Gracielita se le escapó de los brazos a esa despistada cuando venía el camión de la basura y casi la atropellan. Mi papa la echó con viento fresco”.

El día que Fernanda vino a cobrar su último sueldo le entregué una carta cuyo contenido hasta hoy día me avergonzaría. “Eres muy lindo”, fueron sus últimas palabras, mientras yo me rascaba las costras de las piernas de puro nervioso.

1 comentario:

  1. Valiosa narración, estimado amigo. Se esperan nuevas evocaciones de este nivel.

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