Río, torrente y sopor

Claudio Rodríguez Morales -.

¿Sobreviviré a la asfixia? ¿Sobreviviré al calor de 24 horas seguidas? ¿Sobreviviré al embuste de la llegada del frescor con una llovizna mezquina de apenas un cuarto de hora? ¿Sobreviviré sin antes convertirme en un pedazo de cirio dentro una vivienda precaria, aglomerada, colgante, donde el ardor y la humedad se funden? ¿Sobreviviré antes de posarme, cremoso, en el fondo de una palmatoria verde amarillo puesta sobre una mesa donde, por puro milagro, no escasean los alimentos?

Tropical, atlántico y monzónico. Nombre científico de la costumbre carioca de recibir con un cachetazo a quienes descienden sobre la loza del Aeropuerto Internacional Galeao. Vaho energético al segundo y hasta la retirada. Asumo, desde ya, mi nula injerencia en el destino personal de estos días. La fortuna, la divinidad o la santería harán lo suyo, sin tener la gentileza de preguntarme Claudio, ¿cómo te sientes después de esa ensalada o jugo natural preparados con nuestras aguas? Nada que hacer. Nunca estuve entre los hijos de estas tres grandes piedras oceánicas, cubiertas de vegetación, de llanos, cerros y colinas. El resto, a partir del navegante portugués Gaspar de Lemos, obra de generaciones de habitantes. Selección natural del pueblo originario con la única condición de resistir el soroche. Las demás competencias son todas adquiribles. Por ejemplo, compartir tareas dada la magnitud del desafío. Fortaleza ante la invasión y defensa grupal a la misma. Coronas de Francia y también de Portugal al acecho. Saldo a favor de estos últimos. Se quedan y se adueñan de lo más posible. Que no es poco. Caña de azúcar para la subsistencia. Leva forzosa nativa hasta acabar con el último Tamoio. Luego viene el turno de la mano de obra barata, traída con embustes, cadenas, cañones e impunidad desde el continente moreno. Los lusitanos se pasan de listos. Tienen armas, imperio y corrupción de su lado. Explotación de unos sobre otros sin necesidad de maquinaria industrial, menos chimeneas londinenses ni barba remojada de Karl Marx. Más tarde, el insomnio de piratas y corsarios franceses por el oro y los diamantes de Minas Gerais. Herencia imperial y puente hacia Lisboa. Lento avance del progreso iluminado. Más bien descontento social. Nuevos y viejos inmigrantes de un imperio que muta a joven republica, más grandota que el promedio. Herencia y despojo de su rol de ciudad capital adentrado el siglo XX.  

¿Algún tipo de piel especial para formar parte de este cuento? ¿Sangre de diferente composición a la mía? No fui alimentado desde temprano por la teta de alguna mulata demasiado fértil. Tampoco tuve una madre salvaje dispuesta a lanzarme, con el vuelo suficiente, hacia una vida descalza, hambrienta y de sonrisa desdentada por esos cerros vegetales, secos, brillosos, encandilados. Seguir por calles quemantes de mediodía, con un tiempo de pesado transitar. De haber sido así, la herencia me saldría hasta por los poros. Nadie me detendría en el afán divertido y pelotero (ni los dos “Maracanazos” juntos). Tampoco en ir por la vida promiscuo y danzarín. Pero no es el caso. Impedido estoy de comprender ese razonar y su avanzar rítmico, acompasado y agobiante. Acalambrado dentro de una habitación climatizada, me vuelvo un turista más de tantos que descienden sobre el Galeao y que sucumben al contagio.

Río de Janeiro, Río de Enero o San Sebastián. Hoy inmensa metropoli hervidero. Olla a presión natural. Sus habitantes muertos, pero de la risa. Cuentan con una suerte de gen, anticuerpo o patología compartida para tragarse el dolor (que vaya si han tenido) hasta volverlo intrascendente. Ajeno a mi espíritu de quiltro porteño y capitalino, cargando conmigo -a toda hora y en todo lugar- el pesimismo vital y cordillerano, no siento la empatía suficiente hacia estos anfitriones. Sí dispongo de la observación cansada, algo rigurosa y pelambrienta. Las horas y los párpados se caen y sigo despierto. Litros y litros de líquido para recuperar la hidratación. Un paso en falso y se viene la indigestión y la colitis. Obligado (oh, obrigado) a sonreír y nada más porque sí. Para un turista, lo importante se finiquita en unas cuantas horas: teleférico de Pan de azúcar, Cristo Redentor del Cerro Corcovado, favela Rocinha y su aporte la cinematografía latinoamericana, escalera luminosa de nuestro querido y malogrado Selerino. En cambio, para la experiencia total, edificante, compartida, se requieren no una sino varias vidas. Miles de momentos entremedio de tanta inexplicable alegría. Para así aprehender de una pobreza nada de turística, jamás desde la distancia o por encimita, tan nuestra como la mejor del continente. 

31 de diciembre: Río se apronta al masivo festejo del año nuevo. Se dan diferentes horas para el cierre de las calles principales y nadie se pone de acuerdo. Ni gobernantes ni gobernados. Menos los turistas. El transitar se vuelve incierto y el calor nunca es suficiente por las avenidas Princesa Isabel, Lauro Sodré y Naciones Unidas. Segundos lentos hasta esa medianoche anticipada (para nosotros). Fuegos artificiales. Llegan los abrazos, champañazos, roces y frotes, cuerpos pegoteados de turistas y paisanos. Rubicundos y morenos sobre toda la bahía. La danza recién comienza. Desde lo más alto del cerro y sus improvisados senderos barrosos, se vienen los hijos bastardos de este continente. Herederos de los grilletes y el látigo puestos sobre sus antepasados. Celebran, gozan, ríen y dan el zarpazo -breve pero efectivo- sobre saltarines desprevenidos. Se dispersan por cualquier lado y emprenden la huida. La multitud inconsciente los acoge. Para despistar, se mueven al vaivén de la música. Todo muta, un movimiento muscular tras otro. Anuncio de orgasmo colectivo. Sea por voluntad, capacidad o inconformismo, nadie lo entorpece. Se viene y se logra ser parte de aquello. Las consecuencias vendrán el 1 de enero. Otra historia con 41 grados a la sombra.

2 comentarios:

  1. Un turista particular, entre Carpentier y Mister Bean.
    Muy bueno. Saludos cordiales, feliz año nuevo y buen viaje.

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  2. Muy bueno tu relato, estimado Claudio. Divertida comparación , la que hace Jorge.

    saludos

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