Orden, limpieza y disciplina (versión definitiva)

Claudio Rodríguez Morales -.


-Entiéndelo, Sapote, eres tú o eres tú –respondió Miguelón a mis intentos de esquivar el bulto-. No manejamos otras alternativas, ¿cachai?

El escaso aire disponible -viciado por el humo de cigarros, capas de polvo, ventanas trancadas a perpetuidad y lejanas a lo que pasaba en el patio- comenzaba a ahogarme. Me lo callé para evitar cualquier burla al respecto. 

Me detuve en una hoja de oficio pegada con scotch en la pared, escrita a mano, con letra amanerada y apenas visible en la penumbra: “Esta oficina puede ser usada por los estudiantes previa autorización por escrito de la directiva del centro de alumnos, más la correspondiente supervisión de la rectoría o, en su defecto, de la dirección o la inspectoría general. Quienes realicen este trámite serán responsables del orden, limpieza y disciplina de este espacio durante el tiempo de vigencia de la autorización”. Orden, limpieza y disciplina, repetí mentalmente. 

La débil luz de la ampolleta parecía dirigirse directo sobre mí, mientras permanecía sentado con los codos sobre la mesa. Secaba con disimulo las palmas de mis manos en las mejillas. Sin embargo, la traspiración se renovaba a cada minuto producto de la inquietud. 

Miguelón, Chily y Jaimillo eran sólo sombras estáticas que se confundían con el perfil de cajas, papeles, sobres, esténciles y proyectores de diapositivas dados de baja, más toda la basura amontonada en los rincones. Era imposible definir el origen de esta última. Miguelón y Chily subían y bajaban sus cigarros entre cada chupada. Parecían pequeñas naves espaciales haciendo una coreografía en pleno avistamiento. Jaimillo mordisqueaba algo parecido a una manzana que frotaba, de vez en cuando, en la solapa de su vestón. Cada pedazo cercenado sonaba como la fractura de un hueso.

-Pero deberíamos discutir si hay acuerdo del Movimiento de participar en la elección –dije para tantear el terreno, mientras desabrochaba el primer botón de mi camisa-. Llamar a la asamblea para que vote, promover la participación y ganar más apoyos. Acuérdense que así lo están haciendo los partidos para sacar a Pinocho y lo están logrando.

Miguelón dio un salto desde la caja donde estaba sentado y avanzó hacia el centro, pero sin que la luz lo alcanzará a él ni al mechón rebelde de su frente. Dejó el cigarro equilibrándose entre los labios para hablar, como si en cualquier momento lo fuese a escupir:

-A ver, nosotros somos el comité central del Movimiento y ya decidimos.

Mientras hablaba, la luz del cigarro subía y bajaba unos centímetros, desconcentrándome con su coreografía de nave espacial, ahora única. La llama del cigarro de Chily se había alejado de mi campo visual.

-Vamos a participar en la elección y también en esa paja de los ejercicios de educación cívica -agregó Miguelón-. Ya nos inscribimos y el designado para el debate eres tú en representación de la lista. Eso no significa que vayas a ser presidente, así que tranquilo. Eso lo decidiremos después. Lo que no quita las otras formas de lucha, pero ese es un tema para hablarlo en otra ocasión. 

-¿Y qué dice el resto de las organizaciones? –pregunté empuñando las manos y golpeando con ambas el borde de la mesa. Buscaba imitar al compañero delegado del Liceo José Victorino Lastarria que nos había impartido charlas de adoctrinamiento clandestinas las últimas semanas. A ver si con esta copia barata de actuación concitaba más apoyo de mis pares-. Nosotros no estamos solos en esta parada.

-Las otras organizaciones son puros demócratas cristianos amariconados, socioslistos acomodados, moscovitas duros de mollera y fachos encubiertos –contestó Miguelón, superándome en seguridad-. Nos importa un soberano pico lo que digan y piensen esos gallos. 

Levanté la cabeza buscando sumar fuerzas con los otros dos integrantes del comité central. Sin embargo, las sombras de Chily y Jaimillo permanecían en el mismo lugar. Sin el cigarro ni la manzana, el letargo los asemejaba a cadáveres recién baleados con las manos puestas sobre las heridas. 

El brillo intenso de un pedazo de ventana indicaba el calor que hacía afuera. Dentro de la oficina también, pero mucho más viciado. Éste había ido en aumento desde que yo hiciera ingreso allí, después de que fuese agarrado del cuello del vestón, mientras bajaba la escalera hacia la cancha. “Tenemos que hablar de tus deberes revolucionarios, Sapote”, me dijo Miguelón al oído y, en un dos por tres, provocó mi cambio de rumbo hacia la oficina del centro de alumnos. 

El murmullo persistente a lo lejos indicaba que aún era momento de recreo y que, de no haber sido sorprendido por el Movimiento, estaría con Gavilanes, Clery, Pelao y Ayala atisbando, a través de la reja, a las niñas del colegio de monjas vecino. 

-Oigan, pero cómo es eso que el comité ya decidió. Acá hay procedimientos que respetar –dije tratando de ser convincente. Algo ya me olía mal y buscaba ganar tiempo-. A ver, díganme, ¿quiénes integran el comité? 

-Pero si lo sabes, Sapote, para qué chuchas preguntas huevadas. El comité somos el Chili, Jaimillo, yo y tú –contestó Miguelón. A esas alturas, le veía la mitad de su rostro, mezcla de pescador chilote y de samurai-. Y ya votamos, así que todo está listo.

Miré hacia la pared y busqué a Chilly y Jaimillo. Sólo encontré un par de sombras moviendo la cabeza en señal de aprobación. Me di cuenta que estaba solo, que no tendría apoyo para esquivar el bulto. Aflojé tanto la corbata que quedó alrededor de mi cuello como una suerte de collar de tonos azules y grises. Comencé a rascarme de puro nervioso.

-¡Ja, ja, ja! –exclamó Chily desde su rincón-. Más que sapo pareces perro con pulgas. 

Inspirado de improviso por un nuevo argumento y con la intención de desarmar el contubernio nacido en mi ausencia, exclamé: 

-¡Yo no voté! ¡Nunca supe de esa votación! ¿Por qué no me avisaron? Tenía cosas importantes que decir.

-Y qué mierda importa eso, oh –replicó Miguelón con fastidio. El mechón de su frente se movía acompasadamente al ritmo de su negación con la cabeza, como si fuese un limpia parabrisas-. Es responsabilidad tuya enterarte de las acciones del Movimiento, en vez de andar perdiendo el tiempo haciéndose el lindo con las minas del colegio del lado. Si, Sapote, te tenemos cachado, no te hagas el huevón. Bueno, y como tú eras parte involucrada en lo que se iba a decidir, votamos los tres para evitar empates y saliste elegido. 

-Insisto –dije-. Yo no estuve presente.

-Si quieres hacemos la votación de nuevo contigo, pero te adelanto que es puro perder el tiempo y no tenemos mucho –cambiando a un tono más cómplice-. Ya, oh, preparémonos para la pelea, será mejor. Apenas termine el recreo tenemos que ir al gimnasio a esperar nuestro turno. El Oveja ya tiene que estar ahí instalado con su peinado de Soda Stereo –se quedó pensando en algo que le trajo una rabia repentina y agregó-: Ese culiao se jura lindo. 

Mientras me rascaba la cabeza, asumía que, en el fondo, Miguelón estaba en lo cierto. Se había procedido de manera un tanto matonesca, pero con un noble fin: la lucha socialista y libertaria. Llamar a una nueva votación sería un gesto inoficioso que me haría perder más terreno delante del comité y del Movimiento. No tenía mayor margen de acción. Mejor morir con honor, aunque sea con un poquito.

-¡Puta, pero díganme algo del asunto, poh! No me dejen solo, la manga de maricones –alegué resignado.

-Pero Sapote, eso es lo que te estoy tratando de decir todo este rato –dijo Miguelón, casi con alegría, con los brazos en el aire, como si me fuese a abrazar. Dada su contextura de ropero de tres cuerpos, no estaba seguro de salir ileso de una arremetida por el estilo, así que me hundí en la silla. Estirando la cabeza hacia atrás, agregó-. Pásamelo los documentos, por fa.

Jaimillo recogió un bulto del suelo. A medida que se acercaba a la mesa, adoptaba la forma de su mochila de género. Miguelón sacó del interior un cuaderno arrugado. Por la forma de éste, deduje que era propiedad de Jaimillo y, por ende, del Movimiento. Ahora que lo pensaba, nunca vi a Miguelón ni a Chily con cuadernos durante los años que los conocía. A lo más con unas fotocopias arrugadas. 

Miguelón comenzó a pasar las hojas con violencia, salivándose cada tanto el índice. “¿Dónde chucha anotaste esta cuestión, Jaimillo?”, preguntó. Se detuvo en unas hojas escritas en desorden y con múltiples rallones. Movió los labios como si rezara, agitando el cuaderno entre las manos.

-Ya, esto es –dijo al fin. Al levantar la vista, la luz de la ampolleta le iluminaba más la cara que antes. La sombra le cruzaba el rostro en diagonal, más samurái que pescador chilote, lo que jugaría en mi contra-. Sapote, tenís que plantearte muy seguro delante del estudiantado y dejar en claro que somos independientes, sin compromisos con partidos, movimientos, profesores ni curas. ¡Con nadie! Que arreglaremos el atado del pase escolar, el casino, las colaciones, la fotocopiadora, los horarios, la selección de profesores y los ramos electivos. Haremos que todos los cursos participen en asambleas permanentes para decidir lo que se hace y no se hace. 

-Te faltó decir que las tías del prebásico y del kínder andarán en traje de baño o en pelota directamente por los patios –comenté-. Con eso sacamos el cien por ciento de los votos, incluso de los curas… claro, salvo los del otro lado.

Jaimillo se atoró con una risotada. Restos de manzana saltaron de su boca como meteoritos. Respiró hondo, se golpeó el pecho y tosió. Chily se puso de pie y emitió potentes carcajadas. Apoyado en la pared, comenzó a golpearla con las palmas de las manos. 

-¡Hey! –dijo Miguelón-. Esto es una cuestión seria. Podís parar el hueveo. Ustedes, en vez de reírse, ayúdenme para que este huevón se ponga las pilas y deje de hacerse el pendejo. 

Jaimillo y Chily dejaron atrás las cajas y se acercaron a la mesa, muy solemnes, en señal de apoyo a Miguelón. La luz cayó sobre ellos por primera vez. Movieron los respaldos de las sillas vacías y tomaron asiento. Al fin vi sus caras de siempre, blancuchentas y llenas de acné. Al rato, Jaimillo comenzó a mordisquearse las manos y Chily a estirarse sobre la mesa como si recién estuviese despertando de una buena siesta.

-Sapote se pone así de puro urgido, yo lo conozco bien- dijo Jaimillo con entusiasmo-. Pero al final va a aperrar, como buen revolucionario que es. ¿No es cierto, compañero?... Ah, Miguelón, acuérdate de decirle lo que detectamos el otro día. El tema de la repetición.

-De veras –dijo Miguelón coincidiendo con el aporte de Jaimillo-. Sapote, trata… no, más bien evita meter a Pinochet en cada frase que armes. Cuando te picas lo sacas a cada rato y se vuelve muletilla.

-Chuta, gracias por la preocupación –dije-. Así que ahora se dedican a pelarme, la manga de maricones. 

-Relájate, el Movimiento está contigo –dijo Jaimillo-. Tienes todo un respaldo detrás.

-Mientras sea sólo eso lo que tengo detrás, todo bien –comenté. 

-Ja, ja, ja –dijo Chily-. Este Sapote sale con cada huevada –de pronto, como alumbrado por una idea genial-: Loco, piensa en la miss Arlette, en la Angelina o en la Carita de Paloma del preuniversitario pa’ inspirarte. Si te lucí, vai a quedar re’ bien delante de ellas. Todas estas cosas se saben altiro en este barrio cuico. Por último nosotros nos encargaremos de difundirlo en los colegios de minas.

-Miss Arlette le importa un carajo todo esto –dije-. Es pinochetista, así que para ella esto es puro hueveo, porque cree que deberíamos dedicarnos a estudiar. Cero posibilidad. A la otra loca, ni me la menciones. Y con la tercera, lávate la boca al hablar de ella –al percatarme que toda esa palabrería nacía con la intención de engrupirme, reclamé-: Quién como ustedes que estarán bien tranquilitos, mirando. Total, como el que va a estar parado como huevón delante del resto soy yo. 

-Cada uno se para como puede, nomás –comentó Chily-. No, calmao, loco, calmao, es talla. Por último, si das la hora en el debate, será motivo de hueveo de todo el instituto, pero por unos días o meses, nada más. Las otras generaciones te recordarán como un chiste, pero ni sabrán de tu cara. No hay una galería con los peores candidatos al centro de alumnos de la historia…. Aunque no sería mala idea hacer una a partir de este año. Ja, ja, ja. 

-¡Puta, el culiao! –protestó Miguelón lanzando un puntapié a la pata de la mesa, molesto con las palabras de Chily-. Pásale un revólver ahora pa’ que se pegue un balazo, mejor. No seai desubicao, Chily. Ya, Sapote, has este sacrificio por nuestra causa. No todo puede ser libros, copete, porno y minas. Te necesitamos y no nos podís fallar. Ahora hagamos la ceremonia para reafirmar el compromiso revolucionario y estaríamos listos.

-Espera, espera –dije-. No tan rápido. ¿A quién tendré al frente? No puedo dar una pelea sin saber quién es el enemigo.

-Que le pone color, este Sapote –dijo Chily estirándose sobre la mesa y dejando medio cuerpo sobre ella-. Esa huevada la encuentro grosa, que le ponga color a todo. Por eso lo elegimos pal’ debate.

-Si, poh, Miguelón –dijo Jaimillo-. Démosle a Sapote toda la información que necesita para que se maneje mejor. Tiene ese derecho.

-Pero si ya te dije –protestó Miguelón-. En el debate te enfrentarás al Oveja. Es el único huevón que tiene patas para presentarse a nombre de los fachos. Los otros son un montón de giles que le sigue el amén, pero incapaces de decir dos palabras de corrido en público. 

-A propósito, Miguelón, ¿cómo se llama el grupo del Oveja? –pregunté.

-No sé, no tengo idea –contestó-. ¿Qué chucha importa esa huevada ahora?

-Es importante, ¿No se llama, acaso, Orden, limpieza y disciplina? –pregunté.

-Algo así es –dijo Chily-. Lo leímos cuando nos inscribimos como lista. Ellos ya habían hecho el trámite, como mijitos ricos que son. Nos cagamos de la risa, ¿no es cierto, Jaimillo?

Éste asintió con un sonido nasal, pero nada convencido. De seguro, lo había olvidado o no le había prestado atención. Tomé el lápiz de Miguelón y me puse de pie. Caminé hacia la hoja pegada en la pared y tracé un círculo alrededor de cada una de las tres palabras: orden, limpieza y disciplina. Luego desprendí el papel y se lo mostré a todo el comité. 

-Mira, el huevón, ni siquiera se arruga para andar copiando –comentó Miguelón-. Ya, suficiente. No voy a perder el tiempo con el Oveja. Vamos andando. Chily, pásale la botella de pisco al Sapote para que relaje con un trago al seco y una de tus pastillas de menta. Nosotros somos revolucionarios pero profesionales, así que comportémonos como tales –levantando el puño-. ¡Intransigencia e Intolerancia, compañeros!

-¡Intransigencia e Intolerancia! –respondimos a coro con el puño en alto.

--

Miguelón ordenó a Chily y a Jaimillo que, tras la medicina de rigor, me condujeran hacia el camarín por el trayecto más largo, para que nadie nos viera y así no despertáramos sospechas.

-No quiero que se distraiga con otras leseras –dijo mientras se ponía de pie, tomaba la chaqueta del colgador y la vestía de un solo movimiento-. Voy a cachar qué onda en el gimnasio y si los espías que tenemos en el grupo del Oveja tienen novedades. Si no les digo nada, todo sigue tal cual como lo hemos planificado. Acuérdense que no se puede entrar sin vestón. Nos Belmont, entonces.

Dejamos pasar diez minutos según lo establecía el instructivo y salimos de la oficina. El pasillo estaba vacío, salvo por uno que otro papel en las orillas. El ruido ambiente había desaparecido, pero el calor no disminuía. En el pasillo sentí un leve mareo y dolor de estómago. Se me doblaron las piernas. Me afirmé en la espalda de Chily.

-Éjale, Sapote –dijo Chily-. Derechito, derechito que te vamos guiando.

-La cuestión era un traguito, nomás –dijo Jaimillo, molesto-. Y éste se mandó el medio taco. Y voh, en vez de quitarle la botella, empezaste a aplaudir y zapatear. A la otra te ponís a bailar una cueca.  

-Ustedes piolita, nomás –dije-. El que tiene que dar la cara soy yo, así qué tanto color.

-Ah curao y envalentonao –dijo Chily-. Cómo lo hallai, Jaimillo.

-Ahora no eres sólo tú, sino que eres todos nosotros, Sapote –dijo Jaimillo-. Chucha, que me salió maricón eso que dije.

-No te preocupís –dijo Chily-. Me quedaré piola, al final es la vida de ustedes. Ja, ja, ja.

Bajamos la escalera hasta la salida de emergencia y cruzamos los estacionamientos bajo un sol implacable. Chily dijo algo del Lada del viejo de castellano y Jaimillo del escarabajo del gordito de artes pláticas. Bordeamos la cancha, en ese momento vacía. Nos metimos por la casa del cuidador, pasamos por la pequeña chacra, cruzamos la sombra del parrón (al fin algo de frescor) y el piso de tierra, el mismo que habíamos convertido en una posa de barro durante la última clase de educación física para bautizar al Oveja, al Pollo, al Coto y a otras víctimas ocasionales del Movimiento. Más allá, pasamos por el exterior de las salas de prebásica y kinder, en ese momento en clases, por lo que no vimos a las tías con su delantales verdes moviéndose como angelicales cotorritas en plena levitación.

Entramos al gimnasio por el portón del costado, una mole de cemento a medio construir llena de fierros levantados en el techo, que se me figuraba una mezcla entre dique portuario con nave espacial de utilería de cine japonés. El interior estaba abarrotado de estudiantes, profesores, curas y otros invitados con aire de suma importancia. Algunos estaban sentados, otros de pie. Tanta solemnidad se volvió una carga pesada y una sensación angustiosa me remeció de nuevo el estómago. Avanzamos los tres en fila india.

-Guarda, guarda, demócrata cristiano a la vista –dijo Chily mirando hacia atrás-. Callao el loro, nomás.

Nos disponíamos a entrar con sigilo a los camarines, cuando Ennio Ponce nos obstaculizó el paso. Mirándonos con desprecio, de arriba hacia abajo y con los brazos cruzados, preguntó:        

-¿En qué anda el grupito? Los profes estaban preguntando por ustedes y nadie tenía idea. Se los van a afilar a los huevones por capear clases.

-Esto no es asunto que te importe y estamos autorizados –dijo Chily y siguió avanzando entremedio de los asistentes. Jaimillo continuó detrás, con las manos en la espalda, en silencio oriental. Ponce no se atrevió ni siquiera a tocarlo. Cuando pasé junto a él, me detuvo con la mano en el pecho:

-Ustedes creen que pasan piola –dijo Ponce-, pero todo el mundo los cachas, revolucionarios de a peso.

-No pasa na’, Poncete –aseguré-. No te pases rollos. En todo caso, siempre lo he dicho, ¿tú deberías ser el candidato de la oposición unida?

-¿En serio tú creís eso? –dijo Ponce sorprendido-. Yo me siento capaz y me la puedo, pero tú sabís, tus amigotes no cachan nada. Hicieron todo para bajarme y por eso van a perder con el pelotudo del Oveja.

-No te preocupes –comenté-. Los grandes líderes siempre tienen su etapa de incomprensión. Ya tendrás tu tiempo, Poncete. Ahora permiso, que me están llamando de pastoral para decir el rosario.

Aproveché este soplo de aire al ego de Ponce para dejarlo en las nubes y así unirme al resto del comité y continuar con el plan. Sin embargo, Jaimillo y Chily me esperaban, con mirada reprobatoria, en la puerta del camarín.

-Sapote, te hemos dicho que cuides tus juntas –dijo Chily-. Al Miguelón no le va a gustar la complicidad con que te habla Ponce. Ese huevón no es de fiar, como no cachai.

Quise defenderme, pero la flojera de mi lengua determinó otra cosa. Sin levantar la vista, pero oyendo el ruido ambiente que crecía a cada minuto, ingresamos al camarín tan sigilosos como ratas de alcantarilla. Al otro lado de la puerta, el olor a cloro fue una suerte de cachetazo a la cara. Hasta me hizo lagrimear de un ojo.

Sentado de lado sobre una banqueta, con su cara avinagrada de costumbre y unos lentes que le daban aspecto de televisor, encontramos al profesor Lahoz auscultándolos con los brazos cruzados.

-¿Ustedes, jóvenes, son de la lista B? –dijo al vernos entrar-. ¿Dónde andaban? ¿No saben que hay que llegar a la hora a las actividades oficiales del instituto”.

-Disculpe, señor –contestó Chily-. Pero usted sabe, el taco a esta hora es terrible. Y estas señoritas se demoran tanto en maquillarse.

-Así que chistositos, los caballeros –dijo Lahoz-. ¡Carajos! ¡Se sientan y se quedan tranquilos hasta que los llamen!

Sin esperar nuestra reacción, Lahoz sacó una revista de puzles doblada en el bolsillo de su chaqueta, la cual procedió a marcar con un lápiz. De vez en cuando, levantaba la vista para auscultarnos sobre sus anteojos, negar con la cabeza y luego seguir con lo suyo.

De pronto, sentí como si las baldosas blancas del camarín comenzaran a moverse en distintas direcciones. Horizontal, vertical, en círculos y rombos. Intenté detenerlas enfocándolas más con los ojos, pero el vértigo continuó. Sumado al dolor de estómago y al olor a cloro, el resultado estuvo lejos de ser el óptimo. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en la pared para evitar marearme más de lo que ya estaba.

-¿Cómo estai, Sapote? –me preguntó Jaimillo-. ¿Te pasa algo?

-¿Por qué le preguntai eso? –dijo Chily-. No veís que se pone más nervioso. Déjalo piolita y todo le va fluir solo.

-No sé, lo noto raro, como ido –comentó Jaimillo-. Mira, no contesta ni dice nada, cuando tiene que estar a full para el debate. Chily, dale una última entrenada, a ver si contigo reacciona.

Chily puso su banqueta de lado y frente a mí. Tomó asiento con las piernas muy abiertas, como si estuviera montando un elefante. Con su clásica mirada lánguida y maliciosa, empuñó la mano como si fuese un micrófono y la acercó a mi cara:

-Señor, candidato, ¿qué opina usted sobre la masturbación?  

-Oye, no hueí, poh –dijo Jaimillo, urgido ante la mirada de odio lanzada por Lahoz. Dirigió un codazo a Chily que éste esquivó y, de rebote, me llegó a mí. Parecí despertar.

-Déjame, no veís que lo estoy entrevistando sobre temas de candente actualidad –se excusaba Chily.

En medio de la discusión, el rostro de samurái de nuestro líder se asomó en la puerta del camarín para dar luz verde a la parte final del plan:

-¡Listo! –dijo Miguelón. Miró a Lahoz y le hizo un desprecio. Él, por su parte, respondió de la misma manera-. Sapote, si hablas como escribes estamos al otro lado. Haz pebre al Oveja, ¡te lo ordeno!

Ante la inminencia de los acontecimientos, me puse de pie como movido por un resorte. Jaimillo procedió a ordenarme la solapa del vestón y a corregir el nudo de la corbata. Chily a sacar pelusas de todos lados. Parecía como si fueran sastres tomando medidas.

-¿Adónde va, usted, joven? –me interrogó Lahoz.

-Al debate, señor –contesté.

-De aquí no sale hasta que lo venga a buscar una autoridad del instituto –replicó.

-¡A mí me dijeron que los viniera a buscar! –intervino Miguelón, molesto!-. Y tiene salir ahora sí o sí.

-No, señor –contraatacó Lahoz-. Usted no es autoridad y Rodríguez aquí se queda.

-No sea porfiado, oiga –dijo Miguelón a punto de perder la paciencia-. Con sus leseras está retrasando el programa, no se da cuenta.

No alcancé a ver la reacción de Lahoz ante el tono desafiante de Miguelón, pues unas manazas forzudas me lanzaron fuera del camarín y, de paso, lejos de las baldosas voladoras y del olor a cloro. Aparecí en el costado del gimnasio. Sólo debía seguir el camino hacia el escenario, unos quince pasos y listo, me animaba. Avancé lento y lo más seguro que pude hasta la base del podio. Subí sus tres escalones haciendo esfuerzo para no resbalarme. Sentí a la masa humana imponente, respirando sobre mi cara y pendiente de mis movimientos. Quedé frente a un micrófono, unas hojas de oficio y un lápiz sin tapa. Saqué del bolsillo de mi vestón una hoja y la puse sobre las restantes. Me apoyé con los codos en el podio para sentirme más cómodo.

-No la caguí, poh Sapote –gritó Miguelón al segundo, desde un rincón ocultó del escenario-. No te podís echar encima, si la huevá no es mesón de cantina.

Levanté el mentón y los hombros para darle en el gusto. Mientras se interpretaban los himnos, y para mi sorpresa, me di cuenta que ya no temblaba, no me dolía la cabeza ni tenía dolor de estómago.

-¡Mueve la boca, Sapote, pero no cantes! –gritó Miguelón-. ¡El micrófono está prendido y tu voz es como el hoyo!

Superado este incidente, escuché con atención la pomposa presentación del profesor Poblete a los ejercicios de educación cívica de 1989, las palabras del cura rector y del director. Luego vinieron los aplausos entusiastas de la manga de chupamedias congregados allí como sardinas.

De pronto, una delegación de alumnas de las Monjas Argentinas en primera fila, me distrajo. Se veían ordenaditas -de seguro bien perfumadas-, con su chasquilla de codorniz fijada con gel, camisita blanca con corbatín, piernas blanquitas cruzadas bajo una faldita plisada y con sus medias plomas hasta la rodilla. El cura rector oficiaba, en el extremo de la fila, como una suerte de perro guardián. Traté de acomodarme el pelo con las manos casi como reflejo condicionado.

-¡Déjate de mirar a las minas, huevón! –gritó Miguelón-. ¡El Humaña está que te muerde! ¡Son puras cuicas, como no cachai que nos son pa’ voh!

La cara del cura rector era la de un buldog echando ráfagas de aire por la nariz. Giré la vista hacia el costado y vi, con su pelo crespo y su mechón de cascada -estilo que tanto sulfuraba a Miguelón- a mi contendor. Contemplaba con suficiencia el entorno, salvo a mí, como si yo no existiera.

-Hace como que te ignora –dijo Miguelón-, porque es su estrategia, quiere desorientarte. No caigas en el juego.

Poblete le cedió la palabra con gran pompa, notándose una clara intención de su parte de beneficiarlo. El Oveja dijo que la mitad de la intervención la dedicaría a explicar sus propuestas –insistiendo en la monserga de la unidad- y la otra mitad, a un emplazamiento a la lista contraria. Sólo le puse atención a esto último. Nos dio con todo: comunistas, marxistas, totalitarios, anarcos, underground, viciosos, turbios, tabaco - adictos, violentistas, bebedores, marihuaneros, herejes y ateos. “Si tantas es su aversión hacia nuestro instituto y sus valores, ¿por qué no toman sus cosas y se van? Nosotros no los queremos ni los necesitamos”, concluyó su intervención.

Yo, con una paz infinita, esperaba mi turno. Por muy arteros que fuesen los ataques del Oveja, no conseguían alterarme. Me sentía como si de pronto fuese a levitar junto a las tías del kínder, de la prébasica y las niñas de las Monjas Argentina.

-Tranquilo, Sapote, tranquilo –dijo Miguelón desde el costado del escenario, sin saber lo innecesario de sus palabras-. Habla de nuestra propuesta. Tómate entre ocho y diez minutos para eso. Mientras, nosotros preparamos la respuesta al emplazamiento del Oveja y te la pasamos por debajo. Le pegas una leída de refilón y hablas, pero no te quedes pegado en el papel, porque se vería muy mal, como una muestra de inseguridad, ¿cachai?

Sin embargo, el néctar del Elqui gentileza de Chili, me sirvió de inspiración para esa hora tan decisiva. Si el Movimiento, el comité central, la asamblea, simpatizantes y aliados me habían puesto en ese trance histórico, entonces, deberían confiar en mí. Por lo tanto, las cosas serían a mi manera. Frank Sinatra, me dije para darme ánimo.

-Nuestra propuesta ya es conocida –comencé mi intervención apenas Poblete me dio la palabra. Me apoyé en el mesón con relajo, como lo hiciera al principio-. Y aquellos que no la conozcan, tenemos folletos para que la lean. Quiero ocupar este tiempo para hacer algo que creo necesario y que es desenmascarar a los impostores. Es decir, a la lista adversaria. 

Detrás, oía con claridad la voz de Miguelón, aunque sin desconcentrarme: “¡Pero qué está haciendo este huevón!”.

Jaimillo: “Se le vino el pisco a la cabeza”.

Miguelón: “¿Cuánto se tomó?”.

Jaimillo: “Más que la cresta, como media botella”.

Miguelón: “Puta, ¿por qué no le quitaste la botella, Chily?”.

Chily: “Pero si se la quité, poh”.

Jaimillo: “No, este maricón le aplaudía mientras Sapote chupaba que chupaba”.

Miguelón: “Puta que la cagan, realmente la cagan. No se puede confiar en ustedes y menos en este otro saco de huevas que ahora se cree Allende. Mírenlo en la parada que está”.

-Estimados compañeros –dije poniendo mi mejor voz-: ¿votarían ustedes por una lista que no tiene chispa ni atisbos de originalidad –tras hacer una pausa, proseguí con la lectura del papel que tenía encima de la tarima. Cuando concluí, retomé la improvisación.-: Repito, orden, limpieza y disciplina. ¿Les suena conocido? –recorrí con la mirada de un extremo a otro del gimnasio-. Es el nombre de la lista contraria. ¿Qué originalidad hay allí? ¿Qué posibilidad de representarlos tiene una lista que ni siquiera es capaz de inventar un nombre propio y que sólo es un reproductor de las palabras de las autoridades? ¿Harán realmente un cambio en las actuales estructuras? No, claro que no. Y como si fuera poco, nos conminan a irnos a nosotros, los promotores del cambio, para que todo quede tal cual como está. Negocio redondo para estos agentes del pinochetismo, estimados compañeros. Porque eso es lo que son, agentes del pinochetismo y su régimen del terror.

Lo que pareció en un momento un aplauso cerrado de buena parte del estudiantado, fue derivando en una silbatina primero tímida, luego evidente y, más tarde, ensordecedora. Eran animados –y provocados a la fuerza- por integrantes de las brigadas secundarias de Patria y Libertad y la Pandilla del Panorámico, grupos de choque afines a la lista del Oveja, quienes aparecieron, como enjambres, por las puertas laterales. Hice un repaso fotográfico a la cara de bulldog del cura rector, el espanto de la delegación de las Monjas Argentinas, el rencor de Poblete y la mofa de Ponce parado como espectador gozoso al lado de la puerta. Los gritos de ira que emitía Miguelón en la trastienda me inhibieron de buscarlo con intención de pedirle apoyo físico y moral.

Una silla voló hacia el centro del escenario. Después otra, y otra más, hasta que ya no me fue posible contabilizarlas al ser derribado por una de ellas. Hasta mi nariz sangrante, a centímetros del suelo, llegaban papeles, carpetas, bolsos, mochilas, frutas, cáscaras de maní y botellas. Miré al frente buscando a mi oponente y había desaparecido de su tarima. Un grupo de mocetones del Panorámico lo sacaba por una puerta lateral y él se dejaba llevar cual mascotita. “Esto te va salir caro, comunista de mierda”, me gritó uno de los mocetones. Me puse a avanzar gateando hacia donde el instinto de sobrevivencia -algo magullado- me indicara. Un par de mocasines plomos por el polvo se aparecieron en medio del camino. Pertenecían a Jaimillo, quien contenía a una turba con golpes de karate y con la otra me abría la puerta.

-Párate, Sapote –ordenó-. La media casa de putas que armaste. Sécate la sangre con el confort que tengo en el bolsillo de la chaqueta mientras rajamos de aquí.

Este va para los Miguelones, Chilys y Ovejas que llevamos dentro.




No hay comentarios:

Publicar un comentario