El pacto del Papa y la Bestia (primera parte)

Mientras se cumplía la orden de desalojar la sala con medidas de extrema seguridad, separado del resto del mundo al interior de una gran jaula metálica, un hombre de alrededor de sesenta años, mediana estatura, de aspecto saludable y bondadoso, vestido con una chaqueta ploma, camisa celeste y corbata azul, se apoyó entre los barrotes con pesadumbre (en una miniserie italiana realizada en 2007, este personaje es interpretado por el actor Mauro Marchetti y se muestra un tanto más joven, más fornido, pero no menos solemne). Consciente que sus movimientos provocaron el encendido inmediato de grabadoras, cámaras fotográficas y de televisión, Michele Greco -ése era su verdadero nombre, pero también se le conocía entre sus pares como “El Papa”-, levantó la vista como si buscara inspiración. Fijando sus ojos en el horizonte, sentenció:

-Yo quiero expresar un deseo: yo quiero desearle la paz, señor presidente... a todos ustedes, yo les deseo la paz... porque la paz es la tranquilidad y la serenidad del espíritu... y de la conciencia…

-Es lo que deseamos también nosotros –replicó el juez Alfonso Giordano (en la versión fílmica, a Michele Greco no se le interrumpe en su discurso, licencias propias de la ficción, claro está.)

La incomodidad del magistrado era evidente ante las palabras de "El Papa", pese a que durante los casi dos años de juicio, Giordano siempre afrontó con toda calma la sucesión de exabruptos y escándalos de los “hombres de honor”: un imputado con la boca sellada con grapas para no declarar; otro fingiendo locura, diciendo incoherencias y peleando con los gendarmes hasta ser introducido dentro de una camisa de fuerza; y otro amenazando con cortarse la lengua con un cuchillo para no violar la omertà o "ley del silencio".

-Y por la tarea que les espera, me tiene que disculpar, señor presidente... –continuó Greco-, la serenidad es la base fundamental para juzgar... No son mis palabras, sino de nuestro Señor, quien le recomendó a Moisés que, al momento de juzgar, tuviera la máxima serenidad, la base fundamental... Y les deseo otra vez, señor presidente, que esta paz les acompañe en el resto de sus vidas y no sólo en esta ocasión.

Si se hiciese un juicio en abstracto, sin considerar los gruesos expedientes acumulados en estantes y escritorios, las declaraciones de testigos (civiles, policiales, ex colaboradores y socios arrepentidos), más las decenas de pruebas y cientos de “accidentes” frenando la acción de la justicia, resulta impensable condenar a tan “respetable” ciudadano, seleccionado nacional de tiro en su juventud, con conexiones en la masonería y la nobleza palermitana, y gran amigo del ex Presidente del Consejo de Ministros y estadista de la Democracia Cristiana, Giulio Andreotti. La antítesis de sujetos como Salvatore Riina, el líder de la banda conocida como "corleoneses", en ese mismo momento juzgado en ausencia por el juez Giordano, gracias a la ayuda que le brindaba la hosca geografía del pueblo de Corleone, donde se ocultaba con su familia y colaboradores hasta que pasara el peligro.

Sin embargo, Michele Greco representaba la otra cara de la misma moneda. Sobre sus hombros pesaban acusaciones con la contundencia de un mazazo, relacionadas con su papel en lo más alto de la Mafia Siciliana y su legado de miedo, muerte y corrupción diseminados no solo en las calles de Palermo, sino en el seno mismo de la sociedad italiana.

Por eso, aquellas palabras sobre la paz que podrían adornar cualquier pared de un hogar piadoso, estampita de primera comunión o relicario sobre el pecho de una doncella, sólo podían ser interpretadas como una velada amenaza al juez Giordano. Bastaba recordar la suerte corrida por su colega Rocco Chinnici y el prefecto de Palermo, general Carlo Alberto dalla Chiesa, cuando decidieron intervenir en los intereses "papales”, similar a lo que ocurriría dentro de unos años con los jueces Antonio Saetta, Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, todos sacados del camino mediante ráfagas de metralla o explosiones de dinamita. Aún así, Giordano se puso de pie junto a su equipo de jueces y se retiró a su despacho para cumplir con la misión que el Estado italiano le había encomendado el 10 de enero de 1986, pese a la falta de colaboración de las instituciones, el escepticismo de los ciudadanos (la propia mafia hizo correr el rumor con eficacia que los juicios serían inútiles y que sólo perjudicarían la imagen de los sicilianos en el mundo) y la abierta hostilidad de muchas autoridades, incluidas políticas y religiosas. Fueron meses de arduo trabajo judicial dentro de un búnker diseñado especialmente para la ocasión junto a la cárcel de Ucciardone, y que la prensa denominó el “maxiproceso”: 475 personas investigadas por delitos como asociación mafiosa, asesinato, narcotráfico y extorción, entre ellas empresarios, funcionarios estatales y municipales, ejecutivos bancarios, políticos, camareros y hasta mecánicos.

Herencia

A diferencia de la mayoría de los personajes de la historia del crimen asociado, Michele Greco no hizo suya la vida delictiva por algún suceso del azar, venganza o necesidad de salir de la pobreza. Muy por el contrario, Greco nació en cuna de oro, en 1927, en Ciaculli, Sicilia, como el tercero de los cinco hijos del matrimonio de Giuseppe Greco (apodado "Piddu, el Teniente", con una biografía que mezcla la ficción con la realidad y que incluye una participación heroica en la Segunda Guerra Mundial) y Catherine Ferrara. Entre los vástagos hubo un médico, un terrateniente y un mafioso muerto durante la guerra en contra de otros integrantes de la familia Greco por el control del negocio de cítricos, disfrazada de venganza por una afrenta de amorío adolescente. La familia contaba con una finca en Ciaculli de trescientas hectáreas, siendo la especialidad del lugar las mandarinas, los limones y, de vez en cuando, los asesinatos por cuestión de negocios.

Reforzando la leyenda negra del clan y que se remonta, según documentos de la policía de la época, al siglo XIX, los lugareños comentaban que, en algún rincón perdido de aquella propiedad, se encontraban los restos de un sacerdote que se atrevió a denunciar la intervención de los Greco en el manejo de los ingresos de la iglesia y los fondos de caridad. Le acompañaban en el improvisado cementerio pastores que pretendieron contradecir los intereses de la familia, la cual estaba ramificada en varios primos poderosos que gobernaban con mano de hierro la zona, inclusive enfrentándose entre ellos y, en ocasiones, en complicidad con las autoridades del Estado.

Ciaculli, tierras donde los Greco fueron dueños y señores por décadas y desde donde extendieron sus tentáculos hacia el resto de Italia (luego anexaron la zona de Croceverde Giardini, también perteneciente a Palermo), correspondía a un poblado de no más de mil habitantes, sin comercio establecido sino sólo ambulante, con casas de tres plantas, todas pintadas de blanco. El lugar, que no contaba con un fácil acceso por la mala calidad de los caminos, era conocido como Fondo Favarella. En el interior de la propiedad se hallaba una casa rústica con una puerta principal donde estaban grabadas en forma groseramente notoria las iniciales MG (el dueño de casa, por cierto). Detrás de este entorno campestre, funcionó uno de los mayores laboratorios para la fabricación de heroína del mundo, propiedad de Michele Greco. Dada su extensión y accidentado relieve, junto con picnics al aire libre, barbacoas, brindis, apretones de mano, abrazos palmoteados, besos en mejillas y anillos, competencias de tiro y caza, refugio de amistades molestadas por la justicia, se depositaron cadáveres de enemigos, policías, personas inocentes y hasta ex socios que obraron en contra de los "edictos papales". Así ocurrió, por ejemplo, en 1982 cuando fue asesinado el capo de la familia Partana Mondello, Rosario Riccobono, y siete de sus sicarios mientras degustaban unos postres. 

Para comprender la evolución criminal y solapada de Michele Greco hay que remontarse a 1957. Con el fin de zanjar las disputas cada vez más frecuentes entre capos, darle a los "negocios" un carácter más gerencial -inspirados y motivados por los "primos" mafiosos de Estados Unidos-, se llevó a cabo la llamada "Cumbre de Palermo" en un lujoso hotel de la ciudad. Atrás quedaba la Onorata Società que había dominado la isla durante las primeras décadas del siglo XX para darle paso a la moderna Cosa Nostra, teniendo como principales gestores de esta iniciativa a los padrinos Tomaso Buscetta, Gaetano Badalamenti y Salvatore "Pajarito" Greco, primo de "El Papa", conformando todos ellos la "Cúpula" o "Comisión", cabeza ejecutora de este entramado delictivo. De esta forma, se buscaron soluciones a las diferencias entre familias, se crearon normas y se dividió el territorio. Sin embargo, tanto esfuerzo no tomó en cuenta los fuertes temperamentos y las ambiciones de los involucrados, por lo que la paz sólo duró seis años.

Mientras su primo Salvadore Greco (apodado también “Embajador”) se desempeñaba como secretario general de la Comisión, durante los años sesentas, "El Papa" sólo tuvo una participación tras bambalinas en los negocios de la familia, preocupándose de blanquear su imagen ante el resto de la sociedad. Al momento de suceder en este mismo cargo a Gaetano Badalamenti (padrino de Cinisi, Sicilia, caído en desgracia tras ser encarcelado en 1987 y expulsado del grupo mafioso mediante intrigas de "El Papa" y Salvatore Riina"), Michele Greco aprovechó su condición de terrateniente acaudalado y amigo de empresarios y políticos para hacer de las suyas en el negocio de la droga, el cultivo de cítricos y el control absoluto del agua para el regadío, sumiendo en la pobreza al resto de la población de Ciaculli. Con un poco de atención, podremos darnos cuenta que se trata del mismo perfil que mantuvo, en palabras y actitudes, cuando deseó la paz de Moisés a los hombres que debían juzgarlo al otro lado de los barrotes.

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