Ciruelita, que te escapas...


Aquí voy de nuevo, sin rendirme, perseverante. Es el tercer o cuarto intento. Espalda arqueada, rodillas flexionadas, brazos abajo, manos firmes. A la cuenta de tres, te atrapo. Cuerpo blando, de almohadita, una Ciruelita para apretujar. Fin a tu correría, a decenas de pasitos cortos exploratorios de un pasillo infinito. Resistes y pataleas, pero el vuelito mágico hace ¡chump! y te distraes. Al percatarte de tu ascenso por los aires, levantas los brazos, extiendes los dedos, formas una estrella de mar rechonchita de cinco puntas. Tus ojazos de uva se muestran incrédulos, pero es la pura verdad, estás tocando el techo. “Cuidado por la lámpara”, gritan tus tías, agradecemos el aviso y esquivamos el fierro reforzado. En el bamboleo, recuerdo tu reciente llegada, aún en la esquina de la memoria. Bultito compacto, envoltura múltiple, capa tras capa, buscándote entre tanto ropaje puesto sobre una cuna, semejando las hojas de un choclo tierno, de una humita vaporosa, de una alcachofa de la estación, contigo como alimento perdido bien al fondo. Tras mucho escarbar, te vuelves capullo secreto, fruto tibio, caramelo relleno, regalo de tu madre agotada, pálida, confundida entre las sábanas, soñolienta, recostada, sonriéndonos apenas. Afuera, el invierno prometía no dar tregua, eso sí, sin una gota de lluvia. “Y pensar que una guagüita como ella, dejada en la calle, se muere”, comentó tu abuela y todos la reprendimos de su alcance tan melodramático, tan de teleserie de las quince horas en adelante. (“La Rosa de Guadalupe” o “Lo que callamos las mujeres” con comentarios de Silvia Pinal, por darte un ejemplo). En el último tercio de la hora de visitas, ¡chump!, te saqué de la cuna para corroborar que tus credenciales eran, a esas alturas, solamente dormir. Más que palabras, gotas de sudor en mi pecho y espalda, calefacción mediante, contigo acurrucada, moviéndonos de un extremo a otro de la habitación ante la reprobación del resto. Nuestros días –los tuyos, nuevecitos, sin estrenar- se suceden entre bosques carbonizados, erupciones volcánicas, sismos cruentos, sequías de norte a sur, polución urbana, pellejerías y maltrato del hombre por el hombre (también hacia la mujer, los ancianos y niños más nuevos que tú). Algunos dicen que es la cuenta regresiva del tiempo que nos queda. ¿Qué culpa tienes de aquello? Ninguna. Pero ya te involucraron, sin consulta previa, en este juego que partió hace rato. Sólo cambian las épocas y sus protagonistas, pero las barrabasadas serán siempre las mismas… mientras haya un escenario donde cometerlas, todo perfecto. Ahora, apenas pasado un tiempo, clamas por un nuevo ascenso hacia los cielos, con oídos sordos ante tanta catástrofe enumerada. De lo contrario, que te devuelva a tierra firme y te deje de joder. Yo me lo busqué y te complazco. Negarse es invocar una pataleta, una mordida, tu mala barra y, lo peor de todo, el olvido. Tu manito estirada volviéndose nuevamente estrella de mar. Tus ojos de uva, una vez más, incrédulos al tocar varias veces el techo. Te cobro por este juego un besote en la mejilla apretado, globito dulce, fragante, esponjoso. De respuesta, un aleteo, tu espalda arqueada y dura como metal, te estiras y contraes. Tu madre, abuelas, tías y prima protestan, anuncian sacarte de mis brazos. Los motivos sobran: consentimiento, indisciplina, desorden, relajo, falta de rigor propiciados por este tío cargoso -dicen que cuando no estoy, te pones mucho peor y quieres darles órdenes a las sombras y los ejércitos de hormigas-, evidencia suficiente para llevarte a otro lado, a un espacio más dirigido y compartimentado. Puede ser la silla para infantes, la cuna, la tina para el baño semanal. Más zangoloteo distractor, vuelo de cometa, el regreso de la súper guagüita bala. Cruzamos el pasillo, la cocina (lugar prohibido, te han repetido de capitán a paje y, por eso, lo volviste tu favorito) y, de un sólo giro, de regreso al comedor, al cielo techado y la lámpara que insiste en estorbar. Aún así, tienes espacio para el vuelo, para intentar alcanzar la luna al otro lado de la ventana, ese marco que tu abuela asegura con el pestillo y las cortinas por su miedo cerval a la calle. O tal vez agarres una estrella, cometa, estela o pelusillas perdidas, no hay límites cuando te sostienen mis brazos. El aire te anima, inspira, sobresalta para una nueva caminata espacial que te rescatará de una siesta forzosa. En medio del vértigo, juegas con mi cara, jalas los pelos copiosos de la barba y buscas los que aún quedan en la cabeza. Das con una planicie, escarbas, pellizcas, muerdes y saboreas. Dos globitos blandos sobre mí que me hacen perder el equilibro y marearme. Pero recupero la estabilidad y arriba contigo de nuevo, Ciruelita. Mis brazos, tan firmes como siempre, te elevan de nuevo hacia lo alto. Estiras la mano, tocas el techo y, aún así, te me escapas. Es tu abuela con la cuchara llena de comida para que tragues. Arriba de nuevo y te me escapas. Es tu madre y la mochila de la crianza, las imposiciones inmemoriales, el manual consuetudinario de derechos y deberes, fuente de preocupación inagotable. Arriba de nuevo, más alto, y te me escapas. Es el abuelo y sus paseos en camioneta para comerse la ciudad, saludar autobuses y abrazar elefantes. Arriba y te me escapas. Son la tía y el tío invitándote a chapotear en una inmensa pileta de agua bajo una montaña sin una pisca de nieve. Arriba y te me escapas. Son la tía y la prima llevándote a la plaza, columpios y carreras hasta agotarte con emociones a raudales para un corazón tan apretadito. Arriba y te me escapas…

3 comentarios:

  1. El relevo de la ternura, el amor, el talento. Bello escrito, estimado amigo.

    ResponderEliminar
  2. Anónimo6/28/2015

    Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  3. Que "rígida formación" le está dando el tío a esa criatura.
    Muy tierno relato

    ResponderEliminar