Descargos de un insecto



Si por último hubiera escuchado de Peter un “hazte cargo de Campanita”, “preocúpate de ella mientras yo soluciono mis problemas”, “los límites son éstos y no cruces más allá”, yo tendría mucho más claro el sentimiento de culpa, vergüenza y arrepentimiento con que carga mi consciencia (imagínense, yo, que trabajo con la consciencia de los demás, ahora con la mía en reparaciones… ¿qué hago mientras tanto?). Pero por más que le doy vueltas al asunto, sólo recuerdo el comentario de Peter a la pasada y su risa socarrona, esa que saca a relucir cuando sabe que no es visto por niños, padres ni el tío Walt, sino sólo por su mejor amigo: “Campanita es de temer”.

Demasiado escueta la respuesta para un problema de tanta envergadura, según mi parecer.

2.

Hasta el momento del enredo aquel, sólo había conocido las virtudes de Campanita de oídas, con intermediarios y decenas de testigos: un toque por aquí, un arreglo por allá, todo con gracia y estilo. Campanita era la chica que nuestro mundo colorido pero estático necesitaba y el nexo con ella y su arte fue siempre Peter Pan.

Quien lo pusiera en duda era un simple ser humano o no pasó de la tinta china al color sino directo al tacho de la basura.

De vez en cuando, me llegaban los guiños y buenas vibras de Campanita desde unos engañosos metros de distancia o por los comentarios del propio Peter (es mi mejor amigo, así que no descarto que los exagerara para hacerme sentir bien). Esto hizo que me creyera parte del mundo que ambos habían construido palabra tras palabra, caricia tras caricia, divagación tras divagación, vuelo correteado tras otro. Dos almas perdidas en este mundo de colores, donde jamás necesitaron un tercero pequeñajo, ojudo, verde, de frac y más encima de otra historia (esto de creerse, de vez en cuando personaje protagónico, es un síndrome que nos afecta a muchos y que la ciencia animada aún no ha logrado solucionar).

Por eso me sorprendí cuando supe que mi amigo había emprendido un viaje a Nunca Jamás con la buena de Wendy, sin informarle a nadie de este desliz.

¿Digo desliz? Recapitulo: algo completamente normal después de tantos años de convivencia y con dos miniaturas -Peter y Wendy juniors- dando vueltas y brincos por todos lados y que me han convertido en su tío animado predilecto (esfuerzos por caerles en gracia hago muchos, no lo niego: uno necesita ser valorado por otros pequeños, además de un muñeco de madera que repite y repite palabras hasta la saciedad). Más bien la sorpresa estuvo para mí en la pena sin fondo que divisé en los ojos de Campanita y que me significaron varios días de paciente escucha hasta armar completo el puzle de lo que no debió pasar.

Sí, lo reafirmo. Aún creo que ella buscó consuelo en mí. Lanzó sus señales de S.O.S. con sus alitas por los aires y sus chispas de artificio cayendo como lágrimas. También con mensajes dentro de la botella en medio del mar de agua dulce de nuestro mundo, teniéndome a mí como destinatario en la isla desierta donde acostumbro a pasar los fines de semana y feriados. Por más que intento, no logro recordar a otro personaje –protagónico o secundario- vagando en los alrededores que pudiera ser un posible receptor de los llamados de la varita mágica de Campanita. Que yo los recibiera tampoco debe extrañar: vivo en permanente estado de alerta hacia los problemas de los demás para lanzar consejos añejos y un tanto moralista a quienes los quieran oír.

Primero escuché, luego consolé. Canté las dos notas que todos los grillos producimos cuando queremos mostrar nuestras gracias. Después fui su controlador de vuelo, su somnífero para alcanzar el sueño en tierra firme y, de vez en cuando, la cinta magnetofónica para registrar sus monólogos sobre Peter, que incluían ensoñación, rabia y pena.


3.

Nunca se me pasó por la mente suplirlo. Eso habría significado una traición que no está permitida en el mundo del tío Walt. Hace mucho tiempo dejé de imitarlo en silencio frente al espejo y ahora me limito a admirarlo en todos esos actos de arrojo en contra del mal que guarda como patrimonio debajo de su gorra y su traje de lino verde. A lo más me limité a emitir un par de palabras de acompañamiento, opiniones débiles, temerosas de calumniarlo pero que reconfortaran a Campanita.

Sin embargo, no me conformé con llegar hasta ahí. Dado que veía que las cosas no estaban yendo por el carril adecuado, traté de ubicar a Peter por radio, señales de humo o telepatía. Pero si no era Wendy quien atendía (puedo ser medio tontorrón pero no chismoso), era la interferencia de una tormenta eléctrica o el apuro del mismo Peter por su sesión de esgrima con el Capitán Garfio.

Dado que mi amigo no acusó recibo, continué siendo yo mismo, el Pepe Grillo de capirote, bueno para aconsejar al resto -no a sí mismo-, recordando con voz aguda lo vivido por Pinocho y Geppetto dentro de una Ballena (la pena y el abandono de Campanita serían algo así como estar dentro del estómago de una Ballena. Comparación bastante estúpida, pero que a veces resulta)

Al principio, Campanita se mostraba dichosa, sonreía, gozaba, pero de vez en cuando volvía a llorar por Peter. Cuando me desaparecía por motivos laborales, insistía con decenas de mensajes dentro de botellas que me hacían pensar en lo importante que había llegado a ser para ella. Más bien en la importancia de mis seudo parábolas y mis cantos de dos notas. Por lo visto, estas herramientas estaban surtiendo efecto en su felicidad, aunque fuera de manera subliminal, lo que ya era mucho para un personaje de poca monta como yo.

Tanto gozo me hizo meter la pata y la mía es enorme (nunca he comprendido por qué el tío Walt y sus ayudantes me dibujan así). Le propuse a Campanita ir más allá de la candidez. Que me dejara cantar sin este horrendo frac que llevo encima y que ella hiciese lo mismo con su vestido verde y alas. Los dos despojados de todo a la luz de la luna, aquella de cartón piedra que forma parte del decorado de una película que aún no se estrena y no se estrenará nunca jamás. Sin molestarse demasiado, más bien recuperando su fría tristeza, Campanita me recordó su compromiso con Peter Pan de por vida. Aunque él se haya ido con Wendy sin avisarle, no lo traicionaría con nadie, menos con un insecto bien vestido, pero insecto al fin y al cabo.

Me quedó claro que siempre seguiré siendo Pepe Grillo. Y cuando recupere mi consciencia, si no me hago cargo de ese escuincle mentiroso de Pinocho, tendré que hacerlo con otros peores.

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