Montevideadas

El frío y el viento se coluden en Montevideo. Cuanta falta me hicieron en aquel verano de hace ya un lustro. Hoy recorro, solapa al cuello, sombrero encajado y cigarro en la boca (ni siquiera es necesario encenderlo), una ciudad con inherente aroma a provincia. Mezcla de leños quemados, humedad y arboledas bien asentadas. Edificaciones antiguas, conversación acompasada, comida disfrutada, café saboreado, brindis con agüita de uva. Melancolía austera, luminosidad tenue, soledad discreta, tangos y milongas al interior de un zaguán de ladrillos. Lo consigno con esmero; pueden ser el ahorro de algunas sesiones de psicoanálisis bonaerense, quién sabe. Mi referencia es la Ciudad Vieja, aquella que alberga edificios públicos, bancos, oficinas, escuelas, comercio, paseos, puerto y mercado. Hacia la costanera algo cambia, aunque no demasiado. Deviene un perfil más turístico, de balneario lujoso, pero siempre oriental. Se divisan oficinistas recorriendo la orilla, mate en mano, con todo el tiempo por delante. Perros filósofos bien erguidos, con y sin correa, muy obedientes junto a sus dueños. Estudiantes en plena fuga brincando del sol a la sombra. Muchachas hermosamente melancólicas que alternan la vista, con cada nueva ventolera, entre las páginas de un libro con el horizonte. Sin embargo, el mayor tesoro que me reporta este lado del continente, es el río. Siempre he deseado un oleaje de estas dimensiones para mi entorno (algo que ya no fue, supongo), abrumado por el cada vez más raquítico Mapocho. El Río de la Plata masajea con sus aguas los bordes de la ciudad con un ritmo inagotable. Por momentos, ronquidos; en otros, apenas un susurro, pero siempre un espumoso café con leche que va y viene. El otro lado, en la orilla argentina, es diferente y más de un reclamo se oye de sus habitantes (“para ellos la playa, para nosotros el barro”). Qué daría por empaparme de esa inspiración, además de escenario, punto de partida y de llegada de tantas ficciones en ambos lados de la hoya: Onetti, Benedetti, Arlt, Cortázar, Di Benedetto, Borges y Marechal. Con ese río sobándome el lomo tal como lo hace con la ciudad -metiéndose su brisa debajo la ropa y provocando escalofrío- sería, sino mejor escritor, un mejor tipo.      

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