Spinetta, fecundidad paranormal



Gusto de longevos, de aporreados y buceadores. Luis Alberto Spinetta se descubre pasado las doce. Creador incontinente, algo mecánico, reactivo, de flechas apuntando a cualquier lado del infinito (lo importante es la trayectoria, no donde se estrellen). Componer, ensayar, tocar y vuelta a empezar mientras haya vida. Sólo o con quien se encuentre en el camino (y le siga el ritmo). Intentando conjugar obra personal y obra ajena. No sólo musical, también literaria, esotérica, sociológica, astronómica y filosófica. Nada de copias, adaptaciones o traducciones. Inspirarse, más bien, para entregar algo nuevo, consignar los caminos confluidos y revelar la más mínima contradicción. Allá ellos que aquí estoy yo, parecía decirnos. Un tipo de costumbres paranormales: hablar en tercera persona, armar y desarmar bandas, cantar como si le hubiesen apretado un testículo con la puerta (capaz de dedicarle una bella canción al recién nacido de su ex amante fruto de una relación con otro hombre), nave nodriza para una constelación de spinettitos que le sobaban los talones. Emprender entusiasmado una colaboración –compositiva o interpretativa- para acabar peleando con la contraparte, pero reconociendo de lejitos el valioso aporte recibido. Exigiendo que el público, la prensa y los pares interpretasen de manera correcta su música (que transitó desde el rock al pop, la psicodelia, el blues, el jazz, la electrónica, el tango y hasta el folk) porque sus mensajes eran en serio. Si dependiera de él, habría entregado un manual que descifrara sus pasos para cada uno de nosotros, no nos fuésemos a perder en el intento (sus ensayos, más laberínticos que borrador de Lezama Lima mezclados con Juan Emar). Spinetta literal, interpretativo, aprendizaje controlado de parte de este académico de la universidad del rock and roll. Si la etiquetación de los pupilos era incorrecta, cara larga de dos metros, desprecio, pataleta mayúscula, gritos histéricos, temporal de largo aliento y la calma con una nueva idea a concretar. Siempre hay un disco perdido, inédito o menos difundido que falte para declararse entendido en la materia. De lo degustado hasta ahora, una obra de la reputa madre: Artaud de 1973. Sírvanse, por favor.     



2 comentarios:

  1. Spinetta y Rodríguez. Honor mutuo que se hacen. Buenísimo.

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