Pelao entre dos verdades

No sé cómo diantres lograbas transitar desde el peluseo pedestre a la elevada meditación. Desde la sobremesa regada y lasciva a la disquisición de las ideas más puras y elaboradas (teletransportación del ágora ateniense a un bar de Santiago de Chile, podría decirse). Como aquella vez que, tras valorar un derriere colombiano a más no poder, me dijiste que no le dabas demasiada vuelta al asunto, que la única verdad para ti era la muerte y para soportar su radicalidad, le hacías frente con otra única verdad: el amor. La manera de materializar ese amor, continuaste, será de acuerdo al conocimiento que se tenga de quien ha partido, mientras que su intensidad dependerá de la experiencia compartida en vida, del diámetro cariñoso del entorno -sea familia, amistad, trabajo, casualidad- y de la certeza de que todos, como parte de la humanidad, transitaremos un día de dar amor a recibirlo de parte de los que se queden al otro lado del río. Dentro de las pocas facultades que tenemos como seres mortales, complementé yo tus ideas, está la posibilidad de mantener aquel día definitorio como incierto. La mayoría opta por eso, no importa si es por valor, cobardía, templanza y desidia. Fuiste de los otros, de los que le dieron certeza a ese día. El resto de tu teoría, hermano calvo, al menos para mí queda intacta.



Fotografía tomada del archivo del Bar Las Lanzas

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