Evocaciones

Cada día me cuesta más prolongar la duración de las evocaciones. Me refiero al recuerdo de una historia, de un olor, de una sensación de alegría, tristeza, miedo o placer. Hace años, si lograba dar con una evocación consistente, podía quedarme por unas horas aislado del mundo exterior, concentrado sólo en lo que acontecía dentro de mi cabeza. Las consecuencias de semejante ejercicio eran de diferente tipo, pero la más importante de todas se traducía en dosis de buen ánimo para enfrentar las horas siguientes sabiendo de la existencia de un mundo alternativo, mucho más atractivo para mí que el inmediato. Vivía un festín delicioso de para realidad que casi siempre interrumpía una voz adulta para ordenarme ir a la escuela, almorzar o a comprar pan en el negocio de la esquina. Por lo general, las ensoñaciones eran gatilladas por pequeños estímulos, en su mayoría olidos, aunque también oídos, palpados o degustados. Por ejemplo, poner mi nariz sobre la botella abierta de colonia femenina Coral, una lata de crema Nivea o de Mentholatum, un frasco con orégano o de ají de color. Una ensoñación de las más recurrentes consistía en mi llegada, de pequeño y con mis padres, en un tren automotor a la Estación Puerto en Valparaíso. Es de noche, corre viento frío desde el muelle, frente al monumento a Prat y sus hombres. Yo camino apenas, con algo de sueño, por lo que acabo en los brazos de mi madre con la respiración entrecortada ante tanta felicidad. Otra ensoñación: la vez que mi padre me lleva a caminar por la orilla del canal Eyzaguirre y, en medio del bullicio del fluir de las aguas, nos detenemos junto a una pequeña estación de trenes que une el pueblo con la montaña. No duda en llevarme hasta una reja de metal cerrada con candado para mostrarme, a través de ella, carros y locomotoras y aguantar mis preguntas infinitas. Desde lo alto, un militar custodia el recinto por ser propiedad del Ejército. En un arranque de sospecha, éste podría anteponer el disparo al interrogatorio. Los reclamos posteriores serían silenciados de la misma manera.

Ignoro porqué motivo este ejercicio se ha dificultado con el tiempo. La pérdida de la capacidad de asombro, un par de nódulos nasales, el exceso de escepticismo, la falta de tiempo, la velocidad de la información recibida, no lo sé. Podría recurrir a alguna clase de ayuda externa, pero la posibilidad de adicción me genera cansancio aún antes de comenzar.   

Hace un par de noches pasé unas horas previas al sueño revisando videos en Youtube, una especie de maquina evocadora instantánea que ofrece Internet. En cuestión de minutos transité de los mitos urbanos, a reseñas de películas malditas y a grabaciones de radios antiguas. Un festín de sensaciones sin pausa ni muestra de agotamiento, con mis párpados y músculos inmutables, hasta que las tres de la mañana me saludaron con un abrazo de insomnio.

2 comentarios:

  1. Escarbar en la memoria y transcribir todos los datos antes que la niebla del tiempo la cubra para siempre. Creo que eso diría Nabokov.

    Excelente texto, estimado amigo.

    ResponderEliminar
  2. No te preocupes estimado Claudio, con el paso del tiempo vuelven las evocaciones, mas intensas y mas prolongadas.

    Un abrazo

    ResponderEliminar