Pelusita

La mayoría de quienes conocen mi historia con Pelusita me aconsejan que destruya la fotografía aquella. Aunque lo hacen con buenas intenciones, pensando en mi bienestar físico y emocional, no pienso hacerles caso. Es el único recuerdo material que conservo de ella y de las pocas cosas que me importan en la vida. Sin embargo, quisiera aclarar que este asunto no es cómo pudiera llegar a pensarse: nostalgia, suspiros, lagrimones y esas siutiquerías que saltan de todos lados, sino realidad pura y dura -muy dura- aunque sea en papel, pero no uno cualquiera, sino papel fotográfico, trabajado en la tienda de revelado antes de la quiebra comercial -o cambio de giro- y de la llegada de las imágenes digitales. Cuando me inunda la soledad, me basta con tomar el marco paradito en el mueble o bien sacarlo de la pared, dependiendo de la fecha del año o de mi propio estado lunar, y llevarlo conmigo hasta el baño para darle rienda suelta a mi soledad. Con la puerta bien cerrada, aunque no haya nadie que pueda verme en estos menesteres -ya no vivo con mi santa madre por fortuna- y con varios trozos de papel higiénico en la mano, invoco a Pelusita una y otra vez. Mientras con más fuerza lo haga, más intenso será su recuerdo. Ni se imaginan ustedes. Y si se lo imaginan, sean prudentes, por favor, para morirme y revivirme con tranquilidad.

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