Escarabajo al chocolate

Te lo cuento para que sigas reparando en la existencia de eso que llamabas “la tonterita”, con esa paciencia encantadora que acabé sobregirando. Vine a saberlo todo por una nota que leí en una revista de divulgación científica, la misma que a veces yo compraba y que tú sostenías con la punta de los dedos en el pasillo del departamento, al tiempo que comentabas, medio en serio medio en broma, “esta revista parece que tiene alas, porque siempre la encuentro tirada en la taza del baño”. Sólo eso bastaba para dejarme abochornado, como si fuera la primera vez que cometía ese descuido y que, de seguro, seguiré cometiendo sin que esté tu llamado de atención para advertirlo, sino más la bien soledad vuelta fatalismo.

Estaba muy ajada la revista –hablo de aquella de la sala de espera, no la que encontraste en el baño-, al igual que las restantes tiradas sobre la mesa de centro, algunas con las hojas arrancadas y otras presa de esos maniáticos que gustan hacerles barba, bigotes y anteojos a las personas de las fotografías, que no tienen la culpa de las frustraciones ni menos de la suerte de los pobres diablos. Al menos yo siempre me he dedicado sólo a leer las revistas y dejarlas en su lugar, teniendo presente tu ceño fruncido en algún punto indeterminado de mi cabeza ante la posibilidad de que yo reprodujera las malas costumbres del resto. “Cuidadito, mire que si lo pillo haciendo cosas de delincuente…”, te imaginaba diciéndome mientras estirabas de costado la palma de tu mano en señal de advertencia.

Quiero que sepas que he continuado con la práctica de pasar horas en salas de espera, sin poder recordar después el motivo que me hace ocupar sus asiento y sillones, sino más bien por detalles como el amoblado, el tamaño, las plantas, el aire acondicionado y la calefacción, la vista de Santiago con su manto gris disperso, la Cordillera a medio nevar o el río Mapocho y el canal San Carlos compitiendo por cuál de los dos es más feo. Rara vez las recuerdo por la gente, que siempre es la misma o por lo menos se parecen unas a otras con gestos contrariados, bostezos, pestañeos, sin disfrutar el paso del tiempo, las revistas ajadas, la televisión prendida –un plasma en el mejor de los casos-, la música del equipo de radio de la secretaria o del mp3 cuyos audífonos sobresalen de sus orejas, a ver si con ello logran aislarse del mundo. Como si se tratase de un trabajo especializado, podría definirme como un esperador profesional, inmune a todas esas artimañas, salvo tomar una revista de divulgación científica, leerla y pensar en mi suerte. (No estoy seguro de haberte dicho ese chiste, y si lo repito es para que sonrías, aunque sea por cortesía, más aún ahora que no importa que agote tu paciencia.)

No es lo mismo esperar sabiendo que me recogerás a la salida con el escarabajo y que tendré en el departamento una buena dosis de tu amor templado para seguir adelante. Dosis que, por cierto, se agotó y ni siquiera fuiste capaz de avisarme cuando me batía con el último conchito, tal como pasa con la lucecita del escarabajo anunciando la baja de combustible y que es necesario abastecerse en la primera estación de servicio que aparezca a la orilla del camino. (Hablo como si hubiera manejado alguna vez, cuando siempre has sido tú la conductora. Ahora mismo te veo recorriendo caminos terrosos y nevados del sur junto a lagunas y bosques interminables, moviendo con agilidad el volante, la caja de cambio y los pedales, con un sabor dulce, cremoso y un tanto amargo que alguien puso en tu boca y no fui yo.) De haberme dado tú una luz de alerta, habría buscado una manera para recargar de nuevo la batería de tu paciencia, más aun ahora que sé, por ejemplo, que la grasa del cacao puede ser una fuente de energía, y así salir a recorrer juntos en el escarabajo nuestros accidentados caminos.Ya perdí la cuenta de todas las salas de espera por las que he pasado. Tú, en cambio, eras buena en esos detalles con tal de no hacerme repetir la ropa, cosa que hago con frecuencia, pero no de adrede, te lo aseguro: la combinación de colores es un detalle insignificante en mis tantas batallas mentales. A lo más puedo ocuparme de los documentos que llevo dentro de la carpeta y que, espero, no se pierdan en alguna escalera, silla, oficina, café, plaza o en el Metro. Cuando esto ocurría en el escarabajo, no había de qué preocuparse: tú los rescataban en el espacio entre el asiento del copiloto y el soporte del cinturón de seguridad. Tu brazo acalambrado, unas cuantas uñas quebradas y el rostro rojo por el esfuerzo eran motivos más que suficientes para recuperar energía con proteínas y almidón concentrados en ese alimento envuelto en papel plateado. Por la noche, mientras buscabas la lima en el velador de tu lado, reprobabas con un leve coscorrón mi torpeza. “Menos mal que ya perdió la virginidad, sino también tendría que salir a buscársela.”, decías risueña con la cara llena de crema, la lima desplazada con destreza entre dedo y dedo y los papeles rescatados dentro de una carpeta sobre el velador de tu lado.


La espera mencionada pudo ser para una atención médica (psiquiátrica, de seguro, para poder superar tu partida), una entrevista de trabajo (“no sé qué hacer con usted, nunca se me afirma en nada”, escucho tu reproche con nostalgia), una reprogramación de deudas o evitar el corte de un servicio doméstico (me volví un caos en las finanzas, aunque siempre lo fui, pero contigo no se notaba). Lo que recuerdo con claridad es la nota científica que me reveló la razón de por qué en estos momentos estoy más solo que cualquier perro callejero y que los muertos de los poemas de Gustavo Adolfo Becquer. Sí, una nota científica de no más de tres párrafos me hizo tomar conciencia, una vez que abandoné la sala de espera -notificado de una mala noticia: un nuevo examen para descartar patología, no hay vacantes o un corte de luz-, de mi decadente figura de avaro de cuento infantil. Como ese tal Ebenezer Scrooge de Charles Dickens, viéndome reflejado en las vitrinas del comercio, en espejos de baños públicos, en el vidrio del Metro, sin acostumbrarme a tener que batírmelas con mi soledad, sin que estés tú para arreglarlo todo con tu ligera negación de cabeza, tu leve golpecito en mi calva para que todo vuelva a funcionar como corresponde. Ahora soy sólo yo, con mi sombrero, abrigo, bufanda y joroba, un viejo de treinta y tantos años, caminando apenas, sin ganas de llegar a ningún lado, sin que tú pases a buscarme a cualquier punto de Santiago en el escarabajo, siempre atenta a mis coordenadas. Tal como Scrooge, me creo con derecho a un segundo intento, pero no soy un personaje de Dickens, sino un ser condenado por esta mortandad capitalina.


Una nota científica de menos de un cuarto de página que vuelve a mi cabeza cada vez que paso por fuera de una confitería, un quiosco, un pasillo de supermercado o un vendedor callejero de barras gigantes, color café oscuro, cuadriculadas y puestas sobre una pequeña caja a modo de mesa, sin ningún tipo de higiene. Imposible no acordarme de tu manito agitando mi camisa o tocándome con el índice para pedirlo con voz de niñita y yo reaccionando con una ligereza suicida que me hacía seguir sentado de copiloto en el escarabajo, sin acusar recibo, pese a tu mueca de pena que nunca tomé en serio. Creía ilusamente que una cartera, polera, vestido, perfume o zapato estimularía, por vía sanguínea, la sensación de placer de tu corteza cerebral, y para eso estaban las tarjetas de crédito que, más encima, figuraban a tu nombre. “Vamos a dar una vuelta al mall, chiquitita”, te proponía.

¡Cómo podía saber de tu necesidad de esos nombres tan extraños -triptófano, serotonina, finiletilamina, anandamina- para sentirte relajada y sin insomnio, cambiando el estrés por euforia, cuando estaba seguro que era yo –y las tarjetas de crédito- quien podía darte eso y más! Al final de cuentas, tus gestos de alegría eléctrica me convencían de mi condición de superhombre, capaz de torcerle la mano al destino y ganarle a quien se me pusiera por delante, más aún cuando empuñabas la mano y sostenías con la otra el volante del escarabajo. Entonces, debí poner atención a esa barrita que siempre pedías al pasar por una esquina comercial –mira, relleno de almendras, maní, trufas, o crema de menta, manjar, amargo o solito, que rico, monito, cómpreme uno- con argumentos del tipo tengo el estómago vacío, me puede dar fatiga, es que hace tanto frío, me voy a enfermar, el resfrío, los nervios, y yo insistiendo soterradamente que conmigo y nuestro panorama te debía bastar. Por eso, no dudaba en negarte suavemente ese derecho que tenías adquirido por género (tal vez decir esto moleste a las feministas, pero tú nunca fuiste de aquellas, más bien decías que yo, con mi incompetencia para la vida, acababa poniéndote en el rol protagónico del hogar) y te repetía argumentos del tipo te puede hacer mal, que ya vamos a comer, que es de noche, que las espinillas y la alergia.

En casos extremos, la excusa era nuestra hija, en su condición de bailarina de academia, que debe cuidar su peso, pero tú qué tenías que ver, mantenerte en su punto tal vez, con tu pancita coqueta que yo acostumbraba acariciar luchando contra tu vergüenza, con los kilogramos justos para que yo los cubriera con mis extremidades exageradas en el mejor momento de la noche. De verdad, creía que tu antojo podía echarlo todo a perder, hacerte crecer de manera desmesurada, deformar tu exquisita redondez, y recién ahora me doy cuenta de todo lo contrario; habría renovado el recipiente de tu paciencia para conmigo, con ese pedazo de chocolate que tanto evité entregarte. 


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