El Raco y su credo

Nazco en medio del fracaso. Cuando la prevención, la confianza y el autocuidado ya no sirven. Con exasperación por la irresponsabilidad de las víctimas y la seguridad con que el mal impone condiciones. Soy semilla de emergencia, necesidad de control y reacción ante el peligro que acecha. Una respuesta rápida, sin tiempo para el recuerdo demasiado preciso, desapareciendo al primer pestañeo. Todo lo que se concluya sobre mí está equivocado porque surge de primeras impresiones. La sombra, la pared, el rincón, las alturas, la capota, los buenos reflejos y la milésima de segundo son mis únicas armas. ¿Alguien dijo que esto sería fácil? Llámenme vigilante, justiciero, enmascarado, ángel, demonio, loco, forajido o desequilibrado. Sin estorbar la acción policial, más bien facilitándola, voy forjando mi propio camino, libre de gatillo y pólvora. Como garantes de la normalidad, ellos en lo suyo y yo en lo mío, no tenemos porqué estorbarnos. Colaboración es la palabra que evita confusiones. Deben confiar, no tienen otra alternativa, pues soy más que un hecho de la causa. Tranquilos, no les fallaré. Velando por el bienestar del prójimo, deshago agravios y enderezo entuertos. Nada que no se haya hecho antes o que no se haya inventado por otros. No soy ningún profeta, sino el continuador de un gran legado de justicia. Uno más velando el sueño de la muchacha virgen, la respiración del anciano desvalido, el rezo de la madre suplicante, el juego del niño inocente, la calidez de la familia chilena. La decencia es mi estandarte. La frivolidad se va en retirada. Lo digo por una sola vez: aquí hay un hombre que corta el mal de raíz, que le hace frente a todo y que siempre sale victorioso con Dios de su lado.

Si quieren hacer bien las cosas, llámenme El Raco y les dejaré mi estela como obsequio. Ah y ahórrense los suspiros.  

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