Recuerdos, mordidas y penas

La conocí a través de un programa de radio de trasnoche donde los auditores dejaban su nombre y teléfono con la intención de encontrar una pareja. El locutor dio sus datos al aire, los anoté y antes que otro me ganara la partida, me armé de valor para bajar de dos en dos los escalones del cerro hacia el plan, buscar un teléfono público en la plaza Echaurren y marcar (En mi casa no teníamos aparato y, de tenerlo, tampoco me hubiese atrevido a darlo a través de la radio. Menudo escándalo que hubiese armado mi madre al enterarse que yo andaba exponiendo nuestro hogar en asuntos tan poco decorosos.)

Teníamos nuestras diferencias más allá de su mayoría de edad. Yo aún frecuentaba el liceo mientras que ella había dejado inconcluso este proceso. La crianza y las labores domésticas en casa de sus tíos (venía de San Felipe) absorbían todo su tiempo. Aparte que tampoco se mostraba muy proclive al aprendizaje formal, como dejarse caer en una escuela nocturna y mantener un mínimo de disciplina por dos años. De buen gusto yo la hubiese acompañado, pretexto ideal para pasar más tiempo juntos.

Cuando podía dejar a su hijo al cuidado de una amiga, se reunía conmigo en un viejo caserón dado de baja por una junta de vecinos del cerro Mariposas. Allí, en esas cuatro paredes, me enseñaba todo lo que sabía sobre la atracción de los cuerpos. Aunque debo agradecerle su ayuda para superar una virginidad preocupante, también es responsable de buenas cuotas de amargura. Después de cada cópula, no dejaba de referirse a ella misma como una mujer anorgásmica. “Mi gozo nunca irá junto al tuyo. Esto sólo lo hago para ver la cara divertida que pones –decía-. Pero, al final, debes asumir que eres un hombre como cualquier otro, como el vendedor del kiosco, el chofer de la micro, el conductor del ascensor o el paco que dirige el tránsito”.

Aunque mi confusión iba en aumento a medida que más la frecuentaba, era mucho peor cuando decidía ausentarse por semanas, supongo que con el padre de su hijo. Luego se aparecía como si nada a la salida de mi liceo, hablándome de lo mal que me veía con uniforme o de lo atractivos que le resultaban algunos de mis compañeros.

Después de una cita más en la sede abandonada, me comunicó con frialdad su decisión de irse a San Felipe para siempre. No había argumento que la retuviera. “Ni mucho menos tú”, aseguraba. Cuando la acompañé al terminal rodoviario por última vez, a minutos de la salida del bus, intenté convencerla que, con un poco de paciencia, yo podría darle una vida más estable para ella y su hijo. Pese a que me expresé como nunca y creo que con bastante fluidez, no logré alterar su opción de otros rumbos. Para no perderlo todo, le pedí que me dejara algún recuerdo, por pequeño que fuera, para atesorarlo como reliquia. Me miró con esa perversión que tan bien distribuía y tomó mi brazo con fuerza. Luego levantó la manga de la camisa para darme un mordisco capaz de fijar su dentadura en mi piel y de suspender mi boca en el aire por varios segundos. “Ahí tenís tu recuerdo”, comentó burlesca, mientras las personas de las boletarías miraban como me sobaba el brazo con angustia.

Tono morado, infección y buenos lagrimones se sucedieron pasadas las semanas. Mi madre  quería que la denunciara por agresión y yo por dejarme abandonado a mi suerte. 

1 comentario:

  1. "Eres un niño y quieres aparentar ser un hombre", ... como me habría sermoneado mi madre.

    Estupendo relato estimado Claudio.

    Un abrazo.

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