Por siempre, titanes

Lucha. Grecorromana. Libre. ¿Libertaria? Ni pensarlo. Esquematizada, sí. Catch as a catch can. Mejor de un tirón. Cachacascán. Agarra lo que puedas agarrar. Corre que te pillo. Titanes del ring. Fanfarria. Un maestro de ceremonia saludando en tres idiomas. En el nuestro, en gringo y franchute. Jovencitas de pelo escarmenado y vestido de gasa, delante de un micrófono con pedestal, juntan sus caritas mirando a la cámara. Cantan para presentar al personaje que espera tras bambalinas. Otra, más mayorcita, micrófono en mano, acompaña al contendiente haciéndole una suerte de oda para el éxito de su cometido. Canciones orquestadas a lo grande. Ninguna original. Plagios evidentes a los éxitos de la radiotelefonía de entonces. Georgie Dann, Rumba Tres, Dámaso Pérez Prado, Boney M. Letras pegajosas y rimas fáciles. Guerreros, superhéroes, mutantes, demonios, ángeles, monstruos, villanos, zombis. Los preferidos, enmascarados, de capa reluciente, torso al aire o embutidos en una malla y botas. Le sigue su propia corte de personajes. Pequeñitos con el mismo traje, a modo de mascotas, para distender el ambiente. Asistentes, también disfrazados, portan toallas, vendas y gasas. Bailarinas que, arriba del ring, muestran y esconden sus muslos en sus cinco minutos de fama. Alegría para los padres, sospechas entre las madres. Esto no se ve tan inocente como parecía. A medio camino entre el cabaré, la boîte y la circo itinerante. Para todo público, señoras y señores, reitera el maestro de ceremonias. Superar el trauma del domingo por la tarde es lo que quisiéramos varios. Narices elitistas se arriscan ante tanto mal gusto. Demasiado obvio los caramelos de opio lanzados a destajo por la milicada. La intelectualidá reclama desde sus poltronas de biblioteca. Se vienen los enmascarados vueltos, de una temporada a otra, villanos. Black Demon, La Momia, Rayo de Jalisco, Rayo Azteca, Ángel Blanco, El Matemático, The Killing. Salvo los identificados, desde siempre, con el buen camino. Batman, El Zorro, El Hombre Araña, el Súper Ratón. Jornadas en vivo con galerías repletas. Cabros chicos fuera de control corriendo escaleras abajo. Aclaman a los nuevos héroes, insufribles muchachones de buen caracho. Míster Chile, Gladiador Romano, Dragón Chino, Tarzán Chileno. Y repudian a sus rivales. Drácula, El Mohicano, El Sheik, Tanque Rudi, Conde Pablosky. La dinámica, aunque siempre la misma, atrapa. Un conflicto de apenas unos minutos. Milimétricas coreografías sobre el ring. Los de antes, los del cincuenta, sí que se golpeaban y desde el suelo. Con los jóvenes, segunda generación del setenta, viene el recambio y las coreografías en el aire igual de riesgosas. Bofetadas, empujones, nudos, llaves, planchas, contorsiones, puntapiés, acrobacias, sobreactuaciones. Saltos dentro y fuera del cuadrilátero. Las fuerzas del bien y del mal en pugna. Pero no de manera unívoca. Puede determinarlo el color de la máscara, la malla o la capa. Salvo el excesivo antagonismo que presente alguno de estos actores. Faltas al reglamento. Malas artes. Oportunismo. Abuso del tiempo fuera del ring. Descalificaciones. Teatralidad. A la Momia, ya en su sarcófago, nadie la supera en estas artimañas. Duelo de máscaras o de cabelleras. Televisión en blanco y negro. La competencia sede al espectáculo. Las apuestas, a la conveniencia. Como parte de un misceláneo o programa propio. Más narices arriscadas. Influencia perniciosa, multiplicándose. Niños violentos, irritados y rebeldes comportándose como salvajes a la hora del recreo. Tamaña sorpresa para mi madre cuando se disponga a lavarme el cuello con un trapo enjabonado. Por más que refriegue, no logrará borrar la mancha. No será piñén, sino un moretón bien ganado emulando a los Titanes del Ring. 

1 comentario:

  1. Rescate necesario, a la altura de la nostalgia. Muy bueno, amigazo.

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