Sanguchote de amanecer


La gran ventana de la casa rodante servía de vitrina y apoyo para codos y frentes cansadas. De mesón, mampara, pasadizo de la exquisitez y gula. También de escenario para un perfecto ejercicio acrobático. Trocitos de carne de corte milimétrico, churrascos o lomitos, subiendo y bajando de la plancha freidora empujados por la espátula. Siempre rugosos e inestables, mutaban de la crudeza a la fritura en escandaloso chirrido. Salpicadas de vez en cuando por una manota con sal, pimienta, comino, ajo molido.


No estábamos solos. Trasnochados, madrugados, perdidos, insomnes, vagos, amantes, reclusos con sólo horas de libertad, reventados, cañeros, resucitados, caza ovnis. Muy seguro de su peculio, todos hacían peticiones específicas a la oferta del delicioso infiernillo. El mismo maestro sanguchero, de delantal blanco dudoso, grasiento, casi plomizo, levantaba la cabeza, saludaba, preguntaba, corroboraba, corregía, volvía a lo suyo. Satisfacía con precisión milimétrica, sin perder ni un solo gramo de insumos (eso lo dejaba para el cliente, cuando ya su responsabilidad fuese otra) y gritaba el precio a una muchacha legañosa, de bufanda, gorra con orejeras y chaleco de mangas más largas que sus brazos, que oficiaba de cajera en un rincón del carro. Concluido el ciclo, el maestro se daba tiempo para revisar, sobre la plancha cocinera, las tapas de pan -una hallulla contundente, pecosa y campesina, alternativa a la marraqueta obesa de la ciudad y a los moldes raquíticos de las fuentes de soda de la competencia, a esas horas cerradas-, vueltas hacia abajo, dejándose empapar, más promiscuas que nosotros, por el aceite de la plancha, la misma grasita de la carne. A un costado, sobresalía un fondo rebosante de palta verdosa, molida, crema pura, rescatada con un cucharón de perímetro abarcador. A su lado, potes de mayonesa casera, mutando de amarilla a blanquecina, aún oyéndose el cacareo dolorido de la gallina, garantía de acidez culposa para cuando amaneciera, que ni toda la sal de fruta de la botica lograría aplacar. Tomate multiplicado en rodajas coloreadas para bodegón del Valle Central, una o dos de acuerdo a la condición de regalón o primerizo para el artista culinario. Chucrut acidito y extranjero para paladares un poco más juguetones. Lonjas de queso listas para fundirse en quien así lo pida, cuando era una cosa u otra, las decisiones se tomaban al segundo. 

Escarbamos en nuestros bolsillos -de mi bluyín y de tu jardinera- para hacer la suma necesaria. Compartir o saltarnos la bebida. Un único sánguche para dos y cortado a la mitad, tal vez. Minutos de duda y desespero. Hasta que el maestro, apiadado y con prisa, acabó por aceptar nuestra oferta. A falta de diez miserables pesos y con una pequeña rebajita, recibimos dos churrascos "con todo" que apenas podíamos sostener entre nuestras manos, bajo un fajo de servilletas transparentes de tanto absorber emanaciones de aceite. Más dos cafecitos con leche relajantes de tanta azúcar para ayudar el descenso desde la boca, la garganta e inclusive más abajo, calentar los huesos y a nuestra piel pecadora de hace un rato. Imposible retener tanto tesoro con nuestro regazo. Pedimos unos segundos al maestro sanguchero antes de quitar los vasitos de plumavit del mesón, mientras movía la espátula con impaciencia, con la atención puesta en quienes nos sucedían en la improvisada fila frente a la casa rodante. Mientras tanto, nos acomodamos en la cuneta, planeando lo que haríamos para cuando los manjares fuesen pura presencia estomacal, un eco interior, un vaho de glorias pasadas apenas respirando hacia adentro. 

Imagen: http://adm.1.cl/galeriasitios/Och/2012/3/22/Och_15220_4550-1213-Fg(2)08.jpg


3 comentarios:

  1. Le agrego el sánguche de uva. Saludos cordiales, amigazo.

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    1. eso sería como una galletita...

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  2. ..con este relato no veo diferencias con la fuente alemana.
    Un abrazo.

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