Chorrillaneadas


Sabemos de Vicente. Se ha movido con maestría en el arte de conjugar parrilla, carbón, carne, aire libre. Sin que le tiemble la mano, ha tomado decisiones precisas que hicieron historia. Una tabla de madera, a modo de bandeja, con trocitos a degustar o una colección de anticuchos al gusto de los amigotes, corroboran mis dichos. Hoy, nuevamente, se pondrá a prueba su talento en materia de cortes, sazón, pinchazo, cocimiento y dorado. El tiempo es reducido, pero el apetito de los comensales se mantiene intacto. Durante el desayuno, con la indiferencia propia de saberse la figura del equipo, Vicente enumeró los ingredientes requeridos por su recetario. Vacuno de buen corte, longaniza, pickle, huevo, queso, aliño, cebolla y papas fritas (sin descartar sus variantes de palta, aceitunas, tomate, de acuerdo a la creatividad de cada rincón del país). Mario, anfitrión por excelencia, toma nota mental de todo lo dicho con una ceja apuntando hacia lo alto, mientras Juan Pablo tamborilea sobre la mesa, previo a su grito de guerra: “¡Cachimbaaaaaa!”.

No intentaremos descubrir la pólvora, sino concretar un festín rápido pero satisfactorio. Tras una mañana lenta y la correspondiente compra en el supermercado, somos recibidos en el ya legendario departamento de Mario. Durante la preparación del almuerzo, como suele ocurrir con frecuencia, divago sin un rumbo fijo. Me veo en una pareja de universitarios porteños de hace unos años, con un apetito inversamente proporcional a su dinero. Piden a la dueña de un local algo contundente, pero barato para almorzar. No podía tratarse del tradicional bistec a lo pobre (carne al sartén, cebolla, papas y huevo fritos), pues aunque se recurriese a un trozo de asiento picana, se encarecería demasiado el precio para la poca capacidad de nuestros bolsillos. Sin embargo, manteniendo las tres cuartas partes de la receta, la carne molida surgió como una excelente solución, más aún tratándose de la económica y nerviuda posta paleta. Un poco de queso derretido no le vino mal a semejante menjunje endemoniado. Tampoco el refuerzo de una marraqueta (pan batido en la jerga del puerto de Valparaíso), ojalá tibiecita y crujiente, para destinarla al placentero sopeo del caldo carnívoro fluyendo por la circularidad del plato. La pareja de universitarios pobretones se dio por satisfecha. Desde entonces, decenas de chorrillanas han pasado por nosotros. De todo tipo. Contundentes o escuetas. Hirvientes o tibionas. Del momento o añejitas. Dedicadas o a la rápida. Ninguna, sí, semejante a lo que promete la criatura que Vicente extrae, siendo las 14.30 horas, de las profundidades del horno de la cocina de Mario. Procede casi en cámara lenta, como si se tratase del responsable de un parto (aunque en rigor lo era: comida nueva, vida nueva). Cuál padres primerizos, coreamos salud alzando nuestros vasos de micheladas picantonas, con el apetito en alza. Necesitamos inmortalizar semejante montaña -colorida y chirriante- coqueteando ahora descarada frente a nuestros ojos. Procede la sesión fotográfica antes de engullir -sentados a la mesa, con fruición, tenedor en mano- infinidad de trocitos de colores, de corte milimétrico. La acidez del pickle le aporta novedad y frescura a los manjares ya reconocidos por cualquier chatarrero de excelencia. Entre mascada, trago, sorbo y conversada, la chorrillana decrece, se derrumba, se dispersa, se va en retirada. Vicente, con los ojos cerrados y brazos cruzados, cual laureado competidor olímpico, se sabe triunfador de la jornada. Paladar ni estómago mienten. La sobremesa se alarga. Anécdotas de los tiempos mozos de Juan Pablo se suceden. Al igual que las risotadas. También la melancolía de zurcir alguna parte rota del corazón que nos pone guardia abajo. De improviso, antes de la sesión de puñaladas, el reloj de Mario indica que el deber nos llama. Si no es por éste, el síndrome de la siesta habría hecho efecto en nosotros. Los ronquidos, oyéndose varias cuadras a la redonda, habrían encendido las alarmas, delatándonos. ¡Qué barbaridad! Impresentable para mitad de semana, se le habría escapado a alguna colega. Pero no, señores, aquí estamos de regreso, de cuerpo presente. Abochornados, pero de cuerpo presente.

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