Carrascal boca abajo (adelanto de la novela de Claudio Rodríguez Morales)



Julio Müller Schmidt
        Aunque a los maquilladores de la funeraria les resultó imposible borrar el último gesto de dolor del periodista, el trabajo de recomposición me pareció bastante correcto. Al contemplar su rostro a través del vidrio del cajón mortuorio, no quedaban rastros de tanto golpe recibido ni del abandono de varias horas en una acequia al norte de Santiago. Sólo unos pocos pudimos acercarnos hasta el ataúd habilitado en el hall del diario La Nación –homenaje póstumo a su condición de ex redactor, editor de provincias y colega caído en servicio- para darle el último adiós al Cíclope y hacer nuestro aporte al jardín de coronas y arreglos florales que cubrían toda la sala.
         Coincidí con Jorge Délano en lo extraño que resultó asociar a la persona de Luis Mesa Bell aquel estilo agresivo, proselitista, parcial y exagerado que lograra imprimirle a Wikén como su director responsable. De principio, pensábamos que de esos dedos largos, prolongaciones de un cuerpo más delgado de lo normal, sólo podían salir poesías amorosas y cuentos con paisajes bucólicos.
Lejos de la imagen de una fina pluma deslizándose suavemente sobre unas cuartillas tan blancas como su rostro, cuando se encontraba frente a su Underwood, el incesante golpeteo de las teclas se asemejaba a una ráfaga de ametralladora que estremecía toda la vieja casona de Amunátegui 85 y las restantes de la cuadra. Leer su trabajo periodístico era como recibir un baño de plomo, sobre todo para quienes no compartíamos su ideología, como ocurría con Délano y conmigo, varias veces sorprendidos por sus disparos.
Sin embargo, este detalle no fue impedimento para que ambos lográramos, curiosamente, el mayor acercamiento que permitía la reservada personalidad del periodista, incluso más que sus supuestos compañeros de causa, quienes no le dieron un recibimiento demasiado cálido a su llegada a Wikén.
Contemplando la obra de los anónimos carniceros, matizada por la luminosidad de los cirios alrededor del ataúd, recordé esa primera aparición de Luis Mesa Bell en la revista. Sus gafas ahumadas le cubrían la mitad de la cara para mantener en reserva su problema ocular, mientras Roque Blaya lo guiaba con una mano sobre la espalda hasta el rincón donde estaban apilados los escritorios. Dado que la casona de Amunátegui se encontraba en permanente reparación, en cualquier momento podía caernos un pedazo de yeso sobre la cabeza, como le había ocurrido a Joaquín Edwards Bello poco tiempo antes, razón para ausentarse de Wikén durante una semana. Para evitar que la ley de la gravedad terminara por arrebatarle al personal de su revista, Roque Blaya nos mandó a refugiarnos en un rincón de la sala de redacción donde estaríamos protegidos del desmoronamiento de tejas y adobe.
Convencí a Jorge Délano de subir al segundo piso de La Nación para tomar un café antes de iniciar el tortuoso peregrinar al cementerio. Allí nos encontramos con varios amigos y colegas que habían tenido la misma idea que nosotros: Jenaro Prieto, Domingo Melfi, Mario Torrealba, Pedro Sienna, Godofredo Christophersen, Renato Ramos, Federico Frederieksen, Bismarck López, Eulalio Serradilla y Pan Van Loc. En cierto momento, me aparté de la conversación y contemplé con asombro desde los ventanales las columnas humanas que se iban sumando al cortejo por las calles de Santiago.
-¡Sorprende! –comentó Délano a mis espaldas-. Parecen hormiguitas.
Había sin duda un toque de sarcasmo en su comentario. Aunque se divisaban personas decentes, predominaban obreros, comunistas, vagabundos y su abultada descendencia. Como ciudadanos amantes del orden, deseábamos que por respeto al difunto se mantuviera la compostura durante la jornada, pese a que en vida el mismo contribuyera al surgimiento de esta violencia política. De las pupilas de los caminantes, brotaba un resplandor de odio que los asemejaba peligrosamente más a lobos hambrientos que a laboriosas hormiguitas.
Abajo, en las escalinatas del edificio, la aglomeración no concedía ni un centímetro para el libre desplazamiento, extendiéndose más allá de la vereda contraria, repletando el frontis de la Casa de Gobierno. Resultaba imposible que el cortejo avanzara por Agustinas, como instruía el volante que un activista pusiera entre mis manos sin que alcanzara a rechazarlo.
Nos abrimos paso con Jorge Délano entre el gentío hasta alcanzar mi automóvil, estacionado a unos metros de La Nación. Quedamos atrapados dentro del vehículo rodeados de brazos, piernas y sombreros anónimos que empujaban la carrocería de un lado a otro, provocándonos la sensación de estar dentro de un bote. Después de media hora, le indiqué a la detective que encendiera el motor, llamándola por error Willy.
-Discúlpeme, ése era el nombre de mi otro muchacho. Fue una mala jugada del inconsciente –dije-. Creo haberle contado su historia. ¿Cómo tengo que llamarla, detective?
-Silvina estará bien, señor Müller.
-Silvita, entonces. No pretendo faltarle al respeto, pero aparte de buenamoza es usted muy joven, hasta podría ser la hija que no tengo.
A ritmo cansino, dejamos atrás el asfalto de Morandé, los jardines de La Moneda y la sombría vereda de Amunátegui donde los restos de Luis Mesa Bell desfilaron por última vez frente a las oficinas que albergaron su fugaz y bullicioso paso por Wikén, acompañado de cientos de pañuelos blancos. De regreso en Agustinas, se sumaron otras columnas humanas provenientes de la Alameda para continuar, luego, la ruta por Ahumada hacia el norte, con dirección al cementerio. La carroza -tirada por un corcel negro con una gota blanca sobre la nariz y conducida por un cochero con sombrero de copa, frac y levita- transportaba, además del ataúd, a la madre y hermanos menores del difunto. Me sentí parte de un ciempiés gigantesco que extendía sus extremidades por las cuadras de la ciudad y cuya cabeza visible correspondía a la carroza de los Mesa Bell.
Durante la víspera, no había necesitado insistirle demasiado a Jorge Délano en lo conveniente de resguardarnos de los probables desbordes que causaría esa muchedumbre, la misma que desde hacía unos años venía poniendo en jaque a las fuerzas del orden. Todo indicaba que dentro del cementerio la ayuda de Silvita resultaría fundamental.
Al pasar el cortejo frente a la carpa de un circo en el barrio Mapocho, nos detuvimos unos minutos para que su bandita ejecutara, vestida con traje de gala, la marcha fúnebre. Fue un homenaje sobrio y de buen gusto que en nada alteró el ánimo colectivo. La columna se engrosó aún más al recorrer la calle Puente, la avenida La Paz y rodear la plaza del Cementerio General, ahora con floristas y cirqueros sumados a hombres de overall, sus mujeres y sus hijos creciendo como callampas desde varias cuadras al sur.
Nunca sospeché un destino como éste para aquel muchacho tímido y silencioso al que las circunstancias obligaron a convertirse en una nueva víctima de las incómodas bromas de Pedro Sienna. En un primer momento, Sienna se mostró demasiado preocupado por su próximo artículo como para distraerse con “un muchachito que parecía volarse con el viento”. Ni siquiera detuvo el golpeteo de su máquina de escribir -un canto de ángeles si se le compara con el estilo del futuro director de la revista- cuando Roque Blaya batió sus palmas como si fuese a anunciar un espectáculo artístico.
-Señores, les presento a Luis Mesa Bell –dijo ceremonioso-. Desde ahora, será nuestro colaborador número uno. Así como ven a este pibe, tiene calle, dedos rápidos y una consciencia insobornable y revolucionaria, justamente lo que necesitamos para los tiempos que se avecinan.
El dueño de Wikén había hecho suya aquella manera de expresarse después de su adhesión a la causa del aviador Marmaduke Grove, desterrado temporalmente en Isla de Pascua al abortarse la revolución socialista que pretendía llevar adelante desde La Moneda junto a sus secuaces Eugenio Matte, Arturo Puga, Wilfredo Ruiz Tagle y Carlos Dávila. En todo caso, el destierro no aseguraba que sus locuras estuviesen bajo control, menos aún si eran azuzadas por publicaciones como Wikén. En semejante clima de belicosidad, yo tenía la certeza de que la amenaza roja brotaría de cualquier lado, más aún en un entierro tan concurrido como el que participaba en esos instantes y que me trajo a la memoria las primeras palabras que le dirigí a Luis Mesa Bell a su llegada a la casona de Amunátegui:
-Bienvenido, estimado amigo.
Mi intención era romper el silencio que ya se estaba volviendo demasiado incómodo para los presentes, salvo para Pedro Sienna que seguía trabajando en su escrito como si nada pasara.
-Como verá, las comodidades no son muchas –agregué-, pero en entusiasmo no nos quedamos.
Con la mano extendida, me limité a mostrar los escritorios apilados en un rincón y distanciados a sólo milímetros unos de otros, con las máquinas de escribir y las hojas desparramadas por diferentes lados, incluidas las sillas, lo que daba una panorámica de la forma de trabajo de la revista Wikén.
-Vos te habrás dado cuenta, Luchito, de lo buenazos que son estos chicos para quejarse –dijo Blaya sin abandonar el semblante de anfitrión-. Pero no te preocupés, que son rebuena gente. Ocupá el escritorio de Edwards que pasa vacío o el que esté disponible. Mirá, acá las cosas funcionan por orden de llegada. Los primeros siempre tendrán una underguó con tinta nuevita, cuartillas blancas y el sueldito al día.
-Perdón, mi estimado Roque –objetó Jorge Délano desde su atril-, pero eso que dices sólo es una verdad a medias. Acuérdate que Topaze ha sido un verdadero salvavidas para varios números de tu revistita. En la imprenta aceptaron trabajar con Wikén porque les dijimos que era un subproducto de nuestra empresa. ¿Se te olvida el espaldarazo que debimos darle? Convéncete de una vez que el socialismo no es tan rentable como pensabas.
-¿Qué decís, che? –intervino sorprendido Blaya.
-Nuestro amigo periodista debe saber en qué lugar se está metiendo –contestó Délano.
Ninguno en la sala de redacción imaginó que este altercado era el comienzo del distanciamiento sin retorno entre los dos empresarios periodísticos, unidos hacía sólo unos meses por una sincera amistad. En aquel momento, Délano se encontraba confeccionando sus últimas caricaturas para nosotros antes de consagrarse a tiempo completo a Topaze, su propia revista satírica, la misma que sirviera de aval a Wikén para aparecer en los kioscos durante los tiempos difíciles. La línea editorial adoptada por Roque Blaya en los últimos números acabó por alejar definitivamente al dibujante de nuestro equipo.
En lo personal, después de la elección de 1920, me había resignado a esperar la recuperación de la democracia por parte de los hombres racionales para alejarla de caudillos demagogos, como el Lobo del Puerto, que tanta popularidad habían adquirido entre el vulgo en los últimos años. Pese a que la convulsión social se extendía por el territorio, mi rol en la revista sólo se alteró parcialmente a medida que Roque Blaya fue dejando en mis manos aquello que al ideario socialista le tenía sin cuidado, como la página literaria, los espectáculos y, una vez emigrado Délano, el cine. Esta modesta colaboración periodística me permitía desahogar mi espíritu de escritor y recibir, además, una pequeña paga por ella, aunque se tratara de algo más bien simbólico, ya que mis ingresos siempre dependieron de los casos que atendía en mi bufete relacionados con la especulación bursátil. Por eso, a pesar del fanatismo ideológico de Roque Blaya, continúo sintiéndome en deuda con él por haberme dejado hacer mis locuras sobre una cuartilla en blanco y una “underguó” de cinta desteñida.
A medida que avanzaba el coche detrás de la carroza, fui constatando con la vista y el olfato la contundente digestión del caballo de la funeraria, detalle del que no alcanzaba a percatarse Jorge Délano. La maraña de pelos en que se habían convertido sus cejas daba cuenta de su intento por buscarle algún sentido a tanta tragedia acumulada en el último tiempo. Para mí la explicación estaba en el cambio en la línea editorial de Wikén, donde los artículos de variedades escritos por Jorge Sanhueza, Carlos Cariola o por su servidor fueron reemplazados por los panfletos políticos de Luis Mesa Bell y de Renato Ramos. A partir de entonces, la revista comenzó a lanzar ataques de artillería pesada a quienes intentaran frenar la materialización del anhelo socialista y a recibir, a modo de respuesta, una avalancha de querellas en los Tribunales de Justicia.    
Pero no todos los afectados por los dardos de la revista reaccionaron de una manera tan civilizada. Luis Mesa Bell, maquillado, rígido y movilizándose en posición horizontal unos pocos metros más adelante, estaba allí para recordárnoslo en cada momento. Ni siquiera el delirante Roque Blaya se lo imaginó en estas condiciones al dar por concluidas las presentaciones de rigor ese nublado día de julio o agosto.
-Bueno, basta de palabras que tenemos mucho qué hacer. Para qué decir el señor Sienna que está más inspirado que nunca. Luchito, –dirigiéndose a Mesa Bell-: ponéte cómodo que estás en tu casa. No tengo para qué recordar el laburo, si vos lo sabés mejor que nadie.
Roque Blaya dio media vuelta y se dirigió a su oficina, tiempo aprovechado por Luis Mesa Bell para obedecer a sus instrucciones en forma diligente. Las tablas del piso crujieron más de lo acostumbrado con las suelas de sus alargados zapatos. Se desprendió de la chaqueta y del sombrero y los ubicó en la parte más alta del colgador, la única que se encontraba desocupada de nuestras respectivas prendas de vestir. Regresó hacia los escritorios y se detuvo junto a Pedro Sienna, sin que éste le hiciera caso alguno, persistiendo en escribir su artículo. Cuando Luis Mesa Bell intentó decirle algo, su voz se perdió por completo detrás del sonido metálico de la Underwood. Tras unos minutos de buscar inútilmente algún contacto verbal, se atrevió a tocar la manga de la camisa del escribiente quien, junto con detener su tecleo, dio un brinco de su silla y cayó con los pies abiertos en actitud de sorpresa.
-¿Quién osa interrumpir al creador más importante de esta revista? -preguntó Sienna con los ojos desorbitados-. ¿Acaso has sido tú, Coke, ilustrador de la miseria humana? ¿O tú, Julito, escritorcillo regalón de las señoritas casaderas? –agregó con sus ojos clavados en mí-. ¿O algún otro reporterillo de esta gaceta que sobrevive a duras penas?
-Disculpe, fui yo –dijo Mesa Bell con angustia-. Sólo le quería pedir permiso para sentarme en el escritorio del fondo.
-¿Pero quién me está hablando que no veo a nadie? –dijo Sienna con los ojos desorbitados-. ¿A quién asociar semejante voz de ultratumba? ¿Acaso será un ánima que se escapó del cementerio y que de pura despistada nos anda penando a estas horas de la mañana?
La mayoría de los presentes festejó la última bufonada de quien era más reconocido por su papel protagónico en la película “El Húsar de la Muerte” que por sus dotes de cronista. Sólo Jorge Délano y yo nos abstuvimos de sumarnos al jolgorio. Lo único que parecía divertir a mi amigo dibujante eran las bromas publicadas en Topaze, sus experimentos cinematográficos, sus sesiones de hipnosis o las visitas a la casa de Marina Villarroel o María Elisa. Yo, por mi parte, sentí lástima del joven colaborador de gafas ahumadas a quien comparé con una avecilla recién salida del cascarón, imagen distante del periodista experimentado que era en realidad, al atribuir las palabras de presentación de Roque Blaya sólo a un cumplido.
-No se preocupe, mi amigo –dijo Délano a Mesa Bell-. A falta de público, le ha dado a nuestro Húsar por hacernos estas representaciones para que nosotros le ayudemos con lo que sea nuestra voluntad.
El dibujante salió de su atril y se acercó a Pedro Sienna que permanecía en actitud expectante, sin imaginar lo que su colega tramaba dentro de su cerebro. Délano introdujo su mano al bolsillo del pantalón y extrajo unas monedas que ofreció al actor y cronista.
-Tome, buen hombre, aquí tiene unos centavos –dijo-. Más de eso no puedo darle. Ahora quítese del paso del amigo periodista. A fin de cuentas, él no está obligado a prestarle atención a sus delirios de grandeza.
Con los ojos hirviendo de rabia, Sienna le arrebató las monedas y las arrojó lo más lejos que pudo, sin percatarse que uno de los ventanales de la casona se encontraba en el curso de su trayectoria. La fuerza del proyectil trizó el cristal y lo transformó en una enorme tela de araña que nos dejó boquiabiertos. Poco a poco, los pedacitos comenzaron a desplomarse en el piso de la oficina y otros descendieron hacia la calle. Con el estruendo, hasta Roque Blaya salió de su oficina alarmado.
-¿Pero qué pasó acá, chicos? –preguntó.
No era necesario indagar en detalles. El daño resaltaba evidente ante nuestros ojos. Mientras Délano y Sienna continuaban frente a frente en la mitad del pasillo, como en una suerte de duelo, Mesa Bell intentaba apoyarse en la pared sumido en el desconcierto.
-Es el costo de una representación de nuestra estrella –dijo Délano conteniendo la risa-. Su arte nos hará, de ahora en adelante, morirnos de frío.
La personalidad de Blaya no era capaz de exigir a él o los responsables el pago de un vidrio nuevo ni de descontar de los sueldos el costo de la reposición. Por eso recurrió a un trozo de polietileno y de tela adhesiva para cubrir el marco en espera de una solución “mágica”. Nada de eso cambiaría después del crimen: en una suerte de homenaje póstumo, la dueña de la propiedad le exigiría al argentino no reponer el cristal como condición para continuar arrendándole la casa, compromiso fácil de respetar por la costumbre nuestra de llamar tradición al simple deterioro.
Confirmé lo relatado en voz de la propia viuda Von Diermissen luego de verla materializarse -espléndida como siempre y de luto riguroso- por uno de los costados del mausoleo de la familia Díaz Mesa. Con un clavel rojo apretado en su mano enguantada, se detuvo a mi lado para confesarme su anhelo post mortem:
-Quiero que las cosas sigan igual que cuando él estaba con nosotros.
Sin mirar a nadie, pero con decenas de ojos puestos sobre ella, lanzó el clavel dentro del orificio de la sepultura con una mano apoyada en el pecho. Decidí invocar lo que quedaba de nuestro nexo de antaño –quizá un poco deteriorado pero aún existente-, a ver si me ayudaba a descifrar este trágico enigma.
-¿Puedo decirte algo? –dije-. ¿Sabías que andan diciendo que tú y Luis tuvieron….? -como siempre ocurre, mi capacidad de decisión se fue atenuando a medida que hablaba.
-No me digas –me interrumpió-. Apuesto a que dicen que fuimos amantes ¿Eso dicen, no es cierto?
-Sí –contesté-. Al menos se desprende de…
-¿Y tú qué crees?
Antes que yo esbozara una respuesta, zanjó el destino de la conversación:
-Quédate tranquilo. A pesar de que soy una loca, con mi marido sólo nos separó la política, nada más.  

Carrascal boca abajo / Claudio Rodríguez Morales
Das Kapital ®, julio de 2016

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