Fatal persiste

Fatal, sí. Fatalista y fatalísima, también. Renovada, ni qué decir. En Tecnicolor, por lo bajo. Ya no requiere arma, puñal, vaso decorado con rouge y uña esmaltada dispuesta al arañazo (¿real o figurado? dependerá de la escena en cuestión). Tampoco vestido ceñido, hombros desnudos, lunar huérfano, taco alto, maquillaje de nena de callejón. Menos el mundo en perspectiva, en blanco y negro. Ni luz, sombras y matices. Adiós al detective privado, al caza recompensa, al policía corrupto, al ladrón piadoso, al dato escondido, al cigarro a mitad de su muerte, al café tibio y al testigo despistado. Se viene el turno de un escritorcillo sorprendido con la cuartilla sin terminar, en ejercicio de su medianía, de su filosofía de retrete, de talento cercenado, de miedo a sucumbir en la nada. También de aquello que carga consigo, aun sin saberlo, más allá del teclado, las ideas, la hoja arrugada, la frustración y el bolígrafo. Tal vez se trate de mi propia incoherencia, estupidez y bestialidad, propiedades que, de vez en cuando, me lanza a la cara (pantalla) despreciativa, soberbia, iracunda, frustrada, jamás resignada. No recurre a ningún aspavientos en su actuar, aunque en momentos puede desatar marejadas, tormentas solares, diluvios ruidosos y decenas de mutilados a orilla del camino. Suman y siguen los cargos que tiene en mi contra: palmoteo infantil entre pares, sobreproducción de semen, promesas incumplidas, vida regalada -sin merecerla o mereciéndola menos que ella-, códigos de gorila, sensibilidad cero.

Pervive, sí, contenida dentro de un envase pequeño. Más bien el justo, preciso. Hueso, fibras, nervio, saliva, piel cobriza, afiebrada, brillosa, motivante. Unas pupilas cegatonas, pestañosas, a veces ennegrecidas, casi siempre cerradas, le advierten, a pesar de este detalle, la marcha de eventuales presas que arrinconar. Femenina a su modo, la gula pantagruélica no le va. Más bien prefiere picotear, mordisquear y ronronear. Tomar una copa, besarla apenas y salir al mundo, nalguitas moldeadas, lo preciso para mantener vigente su mito. Regresa sobre sus pasos, sonriendo leve, para ocuparse de ella y de lo que considera más que suficiente en medio de lo vacuo. La voluptuosidad de su especie no deja de remecerla. Se ríe, estimula y colecciona. La cuida más que este mástil dolorosamente erguido, en soledad, que me provoca insomnio. 

El azar me llevó a su corcoveo. Cierto quejido remolón, a nuestra coincidencia.  Desde entonces, la alimento con letra y carne, cada vez que puedo. Así, ya llevamos sus años. Ella descorre la ventana. Pide trato especial. Quiere delirar con sus inclinaciones, importándole poco y nada que se postergue mi llegada de macho sementero. Hablándole claro, prometo saciarla. Sabrá que una vez hirviente, será ella misma quien vuelva a su condición natural. Clamará por más y por fortuna contaré con mi propia alacena. Mantequilla espesa, rancia y pegote acumulándose por dentro. Me acometeré y dispararé feliz, una y otra vez, gracias a su bailoteo. Fatal, sí, por sobrellevar la ruina del que agoniza. Fatal, sí, contemplando la mueca idiota en mis labios. Fatal sí, en medio de pliegues de sábanas arrugadas por mi puño. Fatal, sí, en la más absoluta pequeñez, los dos. 

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