Padrinote

Lo reencontré en un par de fotografías antiguas. De distintas épocas. En todas mantiene su esencia triple PPP: porteño, pillo y portuario. Además, wanderino. Lo recuerdo preguntándome “¿cómo están las rucias?” y yo contestándole con una sonrisa avergonzada, con infantil sonrojo y balbuceos “ahueonaos”. “¡Puta, ahijao, que la caga!”, exclamaba siempre, simulando contrariedad y dándome, luego, un beso y abrazo de oso. La excesiva caballerosidad y los modales de señorito valían menos que una chaucha en su caserón de tres pisos del cerro Los Placeres. Tardé lo justo y necesario en comprenderlo. Para todos los efectos, era mi padrino. Si no, con gusto le habría llamado abuelo. Aunque en cierta forma, también lo fue. Acogió a un huérfano desconocido, pobretón y más encima viñamarino para que pudiera terminar sus estudios. Le dio techo y abrigo. Y una familia porteña, afectuosa y bullanguera. Hoy, una mata gigante de tíos y primos que diseminan el apellido Arancibia desde Valparaíso al resto del mundo. Salud por todos ellos. 

Él avivó como nadie el espíritu de desbande. La chacota y la celebración. Una suerte de mareo gustoso como los goles caturros que alcanzamos a gritar en el estadio Playa Ancha (en realidad fue sólo uno, del argentino Juan Andrés Sarulyte, de rebote, jugando como el ajo, en contra del eterno verdugo Audax Italiano y que yo multiplico, como una forma de traer de regreso su sombra rechonchita) o los vítores por el triunfo de su caballo favorito en el Sporting Club. De buena gana me habría invitado un vasito de vino con duraznos, apenas se me asomara el bigote de pelusilla adolescente. También a escuchar el taconeo de las “rucias” por callejones porteños. O a recibir el amanecer en caminata de machotes o sorbiendo un caldo enjundioso en pleno barrio chino. Si hubiese sabido que en sus fiestas de año nuevo, cuando nadie me veía, me comía los restos de fruta que quedaban en los vasos, habría soltado una carcajada sin aire, gozosa y de ojos cerrados. Eran horas de algarabía permanente, de generosidad sin medida. Apenas oía el timbre de campanilla, corría lleno de agilidad hacia la puerta para tirar de un cordelito adherido a la pared. Había un par de requisito previos para el ingreso: dejar el fruncimiento afuera, subir una empinada escalera, saludar con un abrazo palmoteado y sentirse lo más cómodo que hay. Durante esas horas, como una suerte de decreto imaginario, reinaba la amnistía general. Mis padres, sumergidos en el sopor, ponían la disciplina en remojo. Ya aclararíamos las cosas en Santiago, habrán pensado. El mundo, de momento, disponible para hacer lo que se viniera en ganas. Vagar por el monolito de Diego Portales. Recorrer piezas vacías del caserón, cruzarse con gatos remolones y encontrar viejas revistas picantes. Comer canapés de unas bandejas infinitas. Gritar piropos y groserías desde un segundo piso hacia la avenida San Luis. Tragarse la pasta de dientes del baño. Recoger colillas de cigarros aplastadas en el lavamanos. Recibir el año nuevo arriba del techo mirando las explosiones coloridas de la bahía, con decenas de tíos, amigos y niños compartiendo toda clase de deseos. Que Pinochet estirara la pata. Que llegaran de verdad las “rucias” por las que él me preguntaba. Que nos mudásemos a Valparaíso mañana mismo. Que se terminara el colegio para siempre. Que la celebración no tuviese fin. Tampoco el bailoteo, el guitarreo subversivo, las vecinas en minifalda, el abrazo del oso... “Puta, ahijao, no me quiere recibir ni un plato de comida”, reclamó la última vez que lo vi, en una visita relámpago, en un paso casual por el puerto. A los pocos meses se fue. Dicen que de pura pena y soledad. Yo creo que todos, hasta los alegrones como él, tienen que despedirse y apagar alguna vez la luz.

2 comentarios:

  1. Gracias Claudio por este regalo.No son lágrimas las que salen de mis ojos, es que cuando leo, mi vista se humedece......a veces.

    Un abrazo.

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  2. gracias primo por esas hermosas palabras que les escribistes a tu padrino, siempre quedan en la memoria las cosas que el nos decia, las bromas, la alegrìa que el nos entregaba y cosas tan importante que tu te recuerdas, siendo un niño muy pequeño.Te quiero y recuerdo, tu tia marcia

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