Domingo con d de derrota

Si su espíritu ronda durante la semana, finjo no darme cuenta y la dejo salir por la ventana. Si ando inspirado, la agarro con una mano en el aire, la aplasto contra la pared y la refriego con la palma hasta volverla una mancha negruzca, imborrable. El espejismo ejerce su efecto: me siento un triunfador por esta supuesta fuerza física, sino descomunal, al menos hábil. Por si fuera poco, como por arte de magia, mi cuerpo ya no me resulta un extraño.

Desde las primeras horas del viernes, surge como una amenaza apenas divisable en el horizonte. Es la advertencia de que la libertad ad portas jamás será para siempre. Por fuera, creyéndome un roble pre cordillerano, aparento que el asunto me importa poco y nada. Y hasta me lo creo.

Durante el sábado, la sensación ya se perfila como un malestar efectivo, pero que se puede ignorar con libros de aventura, meditación por correspondencia, juegos fantasiosos, medicina natural -y de la otra-, la mirada de una niña en bicicleta. Pero llegado el domingo, desde las primeras horas, el pecho siente la presión gradual de unas tenazas. Más abajo, las entrañas concentran una fuerza única, avasalladora y pesada. Nada sirve de paliativo. No hay desayuno, ilusión, divertimento, caricias ni miradas que valgan la pena. El día se escurre como agua por el cuello de una botella. Me es inútil tomar la forma de una tapa rosca, tapón o corcho. Mis dimensiones no alcanzan a cubrir ni un cuarto del perímetro del orificio y el chorro me arrastra consigo hasta el fondo del recipiente. Sólo queda agitarme lo menos posible para mantenerme a flote. Hasta que el sueño me venza. Si lo logro, dejaré de atormentarme por otra semana que, sí o sí, llegará con su incertidumbre acostumbrada: clases, campanas, maestros y deberes. Quizá no me salve de morir ahogado.

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