Berrinche a la Romualdo

Romualdo era histérico, extrovertido, gritón y movedizo. No le prestaba atención a las situaciones más de cinco segundos, a menos que fuesen algo que él considerara relevante. Al confundir mi angustia con seriedad, decidió apodarme "profesor". De vez en cuando, nuestros turnos coincidían en algún reporteo por Talca. 

A diferencia del resto de sus colegas, Romualdo sabía separar la amistad del trabajo y siempre se comportaba de manera profesional: llegaba a la hora convenida, inmortalizaba con precisión la noticia con el lente de su cámara y después revisaba con ojo crítico los negativos en el cuarto oscuro. Cuando la tecnología llegó al diario, este proceso lo hacía frente a la pantalla del computador, alternando el teclado y el mouse con su bandeja de colación. Su permanente neurosis volvía sus movimientos tensos, rígidos y robóticos. “Tranquilo, profesor, tranquilo”, repetía para darse confianza mientras la cámara, los rollos, el chip o los discos compactos temblaban en sus manos, pero sin que se le resbalasen al suelo.

Recuerdo cuando un editor nos envió a última hora a cubrir una noticia sobre la contaminación provocada por una empresa en las afueras de Talca. Llegamos alrededor de las cuatro de la tarde y fuimos obligados a detenernos frente a un oscuro portón de hierro. El chofer del móvil, al percatarse que estaba a cinco minutos de su hora de salida y que la espera se dilataría más de ese tiempo, nos conminó a bajar del vehículo. Movió el embrague, el cambio y el volante, dio media vuelta y aceleró de regreso a la ciudad, dejándonos de recuerdo una gran nube de humo y polvo que no tardó en envolvernos. Romualdo reaccionó dando brincos de mono amaestrado intentando alzarse por sobre la nube y así gritarle maldiciones al chofer del móvil que se perdía en la distancia. Testigos de este berrinche fueron el sol, los cerros, la vegetación silvestre, los insectos, las aves, uno que otro zorro o puma vigilando desde lo alto y las aguas del río coloreadas de verde por los residuos. Mientras tanto, yo usaba mi libreta de apuntes para lanzarme un poco de aire esperando que el gerente de marketing se diera la molestia de recibirnos.

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