Malestar

Pasan los días y el rumor quejoso se vuelve más evidente. A luz de lo comentado con mis pares, podría definirlo como una neuralgia compartida. Ocurre en cualquier lugar donde uno esté y es posible oírlo desde las más insólitas ubicaciones. Desde la mañana hasta el anochecer, siempre reencarnado, multiplicado, renovado, ubicuo. Ahora se muestra como una voz insolente e invasiva, nacida en el fondo del pasillo del microbús. Son cerca de las siete de la mañana y casi nadie va despierto del todo. Pero la letanía, los celulares y los apretones volverán a cada uno de los pasajeros seres vivaces a la fuerza. Una especie de tapón humano en mitad de la carrocería impide avanzar demasiado, mas no hacer oídos sordos. Diviso a dos tipos sentados delante de la puerta trasera quienes, por sus vestimentas y pertenencias, parecen dedicarse al rubro de la construcción. Uno habla sin detenerse; el otro escucha y asiente con fervor. A pesar de toda la saliva gastada, el mensaje es único y acorde con los tiempos. Los políticos solo velan por ellos mismos, sus parientes y amigos. Para peor sus delitos siempre quedan impunes, recalca. En cambio, ay del pobre que se le ocurra robar alguna cosa, por chica que sea, son años de cárcel, se queja. Una señora, que refregó su trasero en mi bolso, hizo esfuerzos evidentes, un tanto obscenos, por avanzar más al fondo del microbús. A punta de empujones, pellizcos, cabezazos, lo logra. Se detiene frente al par de hombres apoltronados en la carrocería. Hace evidente su cansancio con el rostro y el cuerpo. Los tipos siguen en lo suyo. El monologante reclama que cuando estaba bien económicamente, todos sus amigos lo rodeaban –como la señora, cada vez más encima de él-, pero ahora que está mal, nadie lo ayuda. Que tiene un hijo que quiere estudiar en la universidad, pero es un flojo rematado que no levanta ni un plato de la mesa. Como él su trasero, pienso. La señora flexiona sus rodillas, se carga hacia un lado y luego al otro, hasta que logra pasar a llevar al parlanchín de la orilla, justo en el momento en que sentencia que la juventud va por mal camino. Se interrumpe, mira de arriba hacia abajo a la señora, se muerde el labio y se cruza de brazos. Le pregunta a su compañero en qué estaban y se larga de nuevo al parloteo. Yo me bajo más cansado que cuando subí.    

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