La recién llegada

Perteneció a mi madre. Dada la ausencia de juguetes en su infancia, apenas tuvo su primer sueldo de secretaria, se obsequió a sí misma esta muñequita de belleza morenísima. Data del Valparaíso de mediados de los sesentas, de los productos exclusivos obtenidos en tiendas cercanas al puerto. Menuda como la ven, sobrevivió a cambios, traslados, costureros, cajas, cajones, roperos y bolsas plásticas. Mas no así su ropa original por lo que se le adaptaron tiritas brillantes en el cuello y en la falda que le quedaron a la perfección, como si siempre las hubiese llevado consigo. Mi condición de niño no me permitió conocerla en demasía, siempre me correteaban con palmetazos en las manos si me acercaba más de lo debido a contemplarla. De habérmelo permitido, habría recurrido a un respetuoso trato de género con mis otros juguetes. La presencia de una heroína no habría estado mal, tampoco una novia para soldados, vaqueros y astronautas. Mi hermana logró rescatarla de todo ese trajín y guardarla en su departamento. En el último fin de semana, con ojos de poco convencimiento -y los míos de pescado-, me cedió a la belleza morenísima para que ocupara un espacio en el rincón de la nostalgía. Ahí, conservando su hechura primaria, con terminaciones adelantadas a la época, se luce detrás del cristal como la recién llegada que es. 

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