Ni de noche ni de día



No saben cuánto les agradezco la compañía. Más aún cuando la lavadora emite su sonido moderno semejando una nave extraterrestre, mientras la familia produce el choque de las tazas de té con los platillos, el tenedor raspando la vajilla, la cerveza cayendo espumosa dentro del vaso, la televisión encendida vuelta zumbido. Como participando yo mismo en esos encuentros, me detengo frente a la pandereta y pego mi oído, sin que me importe su dureza ni la pintura blanca sobre mi cara, intentando abarcar al máximo los aromas del otro lado. Durante el verano, dejo la ventana un poco más abierta para escuchar con claridad sus proyectos y problemas, un canto que me permite alcanzar el sueño tranquilo y mantener alejada la miseria. Mientras esté la luz encendida o sienta el murmullo de sus voces, profundo será mi respiro, equilibrada permanecerá mi alma y las ramas del árbol parecerán detenidas justo frente a mis ojos.

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